• 13/10/2020 00:00

Historia reciente: puntadas y pintadas

“Omar Torrijos fue un dictador confeso y converso, pero un fenómeno irrepetible en América Latina”, Felipe González.

Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.

Agrega La Estrella en Google ↗️

La historia es como río caudaloso y constante que fluye para que se bañen en él las sociedades que actúan como observadores de su recorrido. No obstante, como hoy ocurre con nuestros cauces fluviales, estos se han quedado secos y de sus caudales impresionantes de ayer, hoy apenas quedan corrientes disminuidas, salvo cuando grandes inundaciones les dan fuerza. Llevamos cuatro décadas con aulas silenciadas.

Hace pocos días, leí una entrevista hecha a Aristides Royo; en ella me menciona respecto a su famosa “renuncia como presidente”. Ante la pregunta, “¿quiénes le hicieron renunciar?”, Royo responde: “Paredes y Díaz Herrera”. Esa alusión vale para recrear algo más aquella escena. Ciertamente fui un testigo presencial de dicha renuncia. En lo estrictamente militar y su escalafón, en la Presidencia de ese momento estábamos, por órdenes de Rubén Paredes y en el estricto nivel castrense, Paredes, Armando Contreras, Manuel Antonio Noriega y el suscrito. Ese mismo día, sábado, y primer aniversario del complot criminal contra el general Torrijos -que Royo califica de accidente (él -tan eterno lector- debe husmear en las declaraciones del gringo John Perkins y su obra “Confesiones de un sicario económico”, donde avala lo que mi primo Moisés Torrijos me contó sobre la operación “Para derribar al halcón en pleno vuelo”, basado en informes del expresidente dominicano Juan Bosch, como Moisés y Hugo lo vocearan públicamente). El 31 de julio de 1982, Paredes había llegado del interior y, según versiones de entonces, tuvo como oferente a don Dulcidio González, industrial destacado y conservador de extrema derecha.

Esa fecha programaba una misa de aniversario del atentado contra el general y creí que estaríamos presentes. Paredes se presentó repentinamente a la Comandancia y me dijo: “Avísale a Royo que vamos a Palacio”. Lo hice, mientras simultáneamente nos dirigimos al lugar. Royo nos tenía un sobrio desayuno. En mi caso, desconocía totalmente el móvil de Paredes; solo me enteré cuando, en su manera díscola y sin lubricante de entonces, el que mandaba le dijo casi abruptamente: “Mira Aristides, hemos resuelto que renuncies hoy”. Punto. Yo recibí la orden de Paredes de “quedarme y llevarle la renuncia de Royo”. Él, Contreras y Noriega se fueron. En aquel entierro no tuve ni siquiera una velita pequeña de las usadas en tortas de cumpleaños.

La orden de Paredes tenía un sonido similar a su frase “desde ya”. Con Royo -y él lo sabe- tal vez era yo -en la cúpula militar- quien más afinidad tenía con aquel presidente señalado como tal por Omar ante la Asamblea de los 505 representantes, cuando igualmente bautiza a De La Espriella como vicepresidente, ante un conjunto popular que tenía como único líder y referente al general.

Igual que ocurrió con Jimmy Lakas, ese colegiado popular, aceptaba las recetas que Omar Torrijos le ofrecía, aunque los señalados fuesen para ellos “cuerpos extraños”. En el caso de Lakas, este era un amigo de Omar de muchos años, desde que mi primo era apenas un teniente o capitán. A Royo lo conocí un par de años antes de que se presentara con el general. Me lo presentó, aproximadamente por el año de 1969, un ocasional amigo de ambos, Aníbal González, y me parece que incluso me visitó con su inefable y ya extinta Adela, en mi hogar del primer matrimonio en Nuevo Reparto El Carmen.

En síntesis, no tenía deseos de que Royo saliera de mandatario administrativo -cuando, al decir del maestro César Quintero- “el poder real residía en los cuarteles”. Omar Torrijos preparó con aquellas designaciones el primer capítulo del repliegue de los militares a los cuarteles y el retorno al juego político integral.

Reclutado, con toda razón, por el Lic. Marcelino Jaén, Royo, igual que otros nacionales ilustrados, fue subiendo honrosos peldaños que demostraron sus altas capacidades: capacitación excelente, laboriosidad ordenada, inteligencia especial, y observado por Torrijos de cerca, ello le valió ser un alto ungido.

Aunque todos los uniformados de aquella cúpula compartimos responsabilidades luego del dramático relevo del único avión supersónico del grupo -Omar-, Paredes es el primer señado de ignorar aquel repliegue, compromiso voluntario y moral del general con Jimmy Carter. Al irse por las antípodas, prefirió su accidentado viaje hacia una ilusa presidencia que lo llevó al vacío por la acción de otro uniformado en el cual Paredes -y sé por qué lo digo- jamás confió.

Sirva esta aclaración para ayudar en las tareas investigativas de los pocos estudiosos de la historia.

Abogado, coronel retirado.
Lo Nuevo