• 13/03/2026 00:00

Identidad y legalidad en el aula panameña

Cada inicio de año escolar en Panamá, el debate educativo se aleja de las reformas estructurales y de las carencias tecnológicas que aquejan al sistema y en su lugar, se concentra de manera obsoleta y desproporcionada en lo que ocurre sobre la cabeza de los estudiantes. Así, un rasgo biológico como la textura del cabello se convierte en un campo de batalla innecesario. En un país que se enorgullece de ser el “crisol de razas”, resulta una ironía dolorosa que el sistema educativo reincida en el mismo error histórico: regular la estética afrodescendiente bajo conceptos de “orden” que no son más que ecos de un pasado excluyente.

Panamá ha dado pasos legales significativos, pero la resistencia institucional en los planteles persiste. El Ministerio de Educación, mediante el Resuelto No. 887-AL del 23 de marzo de 2023, ha sido tajante al prohibir que se impida el ingreso a estudiantes que porten su cabello natural o con estilos protectores, tales como afros, trenzas, twists o moños tradicionales. Sin embargo, al sol de hoy, muchas escuelas ignoran este mandato, escudándose en reglamentos internos que parecen estar por encima de la ley nacional.

Es aquí donde surge una hipocresía institucional flagrante: en el mes de mayo, durante las celebraciones de la etnia negra, las escuelas instan a los niños a lucir atuendos y peinados tradicionales para actos culturales y fotos oficiales. Resulta inaceptable que se aplauda la herencia un mes al año y se sancione esa misma identidad durante el resto del calendario escolar.

Este contraste es aún más evidente cuando observamos los avances internacionales en la protección de la identidad física como un derecho humano fundamental. En Estados Unidos, la Ley CROWN (Creating a Respectful and Open World for Natural Hair) ha sido adoptada en más de 20 estados para prohibir la discriminación basada en texturas y peinados en escuelas y trabajos. En Colombia, la Corte Constitucional ha establecido que el cabello es una expresión del libre desarrollo de la personalidad, protegiendo a los estudiantes de sanciones por su apariencia étnica. En Brasil, la legislación federal y el Estatuto de la Igualdad Racial tipifican el racismo institucional.

Mientras la región avanza, en Panamá persisten medidas burocráticas innecesarias, como exigir “certificaciones de afrodescendencia” para permitir el cabello natural, obligando al ciudadano a pedir permiso para ser quien es, ignorando que el Artículo 178 de nuestro Código Penal advierte que el hostigamiento y la discriminación en el ámbito escolar pueden acarrear penas de dos a cuatro años de prisión.

Desde la perspectiva pedagógica, es necesario ser claros: la textura del cabello no guarda relación alguna con la capacidad cognitiva. Resolver una ecuación, comprender las leyes de la física o declamar un poema no depende de si el cabello crece hacia arriba, hacia abajo o se lleva en trenzas. El aprendizaje es un proceso intelectual y emocional. Obligar a un niño o adolescente a modificar su apariencia natural puede deteriorar gravemente su autoestima, afectando directamente su rendimiento académico y su salud mental. En cambio, un estudiante que se siente validado en su identidad y respetado en su esencia tiene una disposición mucho mayor.

Ahora bien, la formación ciudadana también requiere normas y reconocimiento de la autoridad, pues las escuelas son micro-sociedades donde se ensaya la convivencia y la disciplina necesarias para la vida adulta. El desafío no es eliminar los reglamentos de uniformidad, sino actualizarlos para que sean inclusivos y dejen de ser instrumentos de segregación estética. La “buena presencia” debe definirse estrictamente por el aseo, la higiene y el cuidado personal, independientemente de si el cabello es liso, rizado o afro. Es legítimo que los colegios regulen accesorios que obstruyan la visibilidad en el aula, siempre que lo hagan con criterios de equidad y sin castigar una herencia cultural específica. La verdadera disciplina no impone una estética uniforme y eurocéntrica, sino que enseña el respeto mutuo dentro de la diversidad.

Panamá es un país orgullosamente diverso, un punto de encuentro de historias y raíces que nos definen ante el mundo. Exigir que un estudiante esconda su herencia para acceder al conocimiento es negar nuestra esencia nacional y fallar en la misión más básica de la educación: formar seres libres y críticos. Es imperativo reformar los reglamentos escolares para garantizar que la identidad cultural no sea un obstáculo en el aprendizaje. La educación no puede seguir siendo cómplice de la discriminación estética; debe ser la primera en erradicarla. La disciplina debe medirse por la puntualidad, el respeto y el esfuerzo académico, no por la forma en que nace el cabello. Al final, nuestra meta común debe ser cultivar mentes brillantes y corazones seguros, sin importar la textura del peinado que los acompañe.

* La autora es diplomática de carrera
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