El director de la Lotería Nacional de Beneficencia habla de la lotería clandestina, auditorías internas y su plan para modernizar la institución
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Agrega La Estrella en Google ↗️La primera burbuja económica que sufrió Panamá en la era republicana la provocó el Congreso Anfictiónico de 1826, convocado por el Libertador Simón Bolívar para formar una liga de naciones hispanoamericanas en una aldea decadente que pugnaba por salir del marasmo económico con el libre comercio que Bogotá le negaba.
El shock inflacionario fue severo y repentino para la mayoría pobre de los 9.000 habitantes que se calcula que tenía la ciudad amurallada y el arrabal que la rodeaba, pero hubo una élite que deliró con los ingresos que les generó el acontecimiento.
De acuerdo con el historiador Alfredo Castillero Calvo, en su obra El Movimiento Anseatista de 1826, pasado un lustro de la independencia de España y la anexión a la Gran Colombia, el desencanto de la burguesía comercial panameña con el régimen centralista de Bogotá era profundo porque el ansiado libre comercio que proclamaba su Acta de Independencia había quedado en letra muerta.
En 1826 había hambre en Panamá, que luchaba por transformar su economía para salir de la depresión colonial, porque el proteccionismo impuesto desde Bogotá con altos aranceles y fletes hizo prohibitivo adquirir los bienes de consumo básico, que en su mayoría eran importados desde Paita (Perú), Guayaquil (Ecuador), Buenaventura (Colombia), por el Pacífico, y Jamaica, desde el Atlántico.
Para el intendente del Departamento de Panamá, Juan José Argote, el Cabildo, las autoridades eclesiásticas y las militares fue un terrible dolor de cabeza organizar y asumir los costos logísticos de la celebración del Congreso Anfictiónico, al que asistieron plenipotenciarios de la Gran Colombia, Perú, México y la Federación de Repúblicas de Centroamérica, más los observadores de Gran Bretaña y Países Bajos, porque el erario estaba quebrado.
En términos modernos, la crisis fue consecuencia de un choque de demanda agregada entre junio y julio de 1826, que empezó con la demanda interna ya que se saturó la infraestructura de la ciudad de Panamá, donde no había ningún hotel, ni red de acueductos y alcantarillados, para atender el séquito de seis delegaciones de alto nivel.
Panamá tenía una economía de subsistencia agrícola y dependía primordialmente de las importaciones, porque resultaban más baratas y variadas que traerlas del interior, al no existir ningún camino terrestre despejado que cruzara la espesa selva que rodeaba la ciudad, obligando al riesgoso cabotaje.
Al dispararse la demanda de alojamiento, alimentos, transporte y servicios por la llegada de extranjeros con alto poder adquisitivo, la oferta local no pudo adaptarse a tiempo.
La oferta gastronómica decepcionó profundamente a los ilustres visitantes:
La dieta diaria del istmo se basaba de forma casi exclusiva en el tasajo (carne de res salada y secada al sol), maíz (en forma de bollos o chichas) y plátanos o raíces (como la yuca). Para los paladares extranjeros, esta alimentación resultaba tosca, monótona y difícil de digerir.
Para más penurias, conseguir verduras frescas, hortalizas, pan de trigo de buena calidad o lácteos procesados era casi imposible en la ciudad de Panamá. Los pocos productos selectos debían importarse a precios astronómicos.
Como no existían hoteles, restaurantes, ni un cuerpo de cocineros profesionales preparados para banquetes oficiales de alto nivel, los delegados dependían de lo que sus anfitriones locales o esclavizados preparaban en casas particulares adaptadas como posadas.
Paradójicamente se generó una inflación por exceso de circulante, dado que los diplomáticos pagaban con monedas de oro y plata de alta ley, impulsando los precios al alza por la rápida monetización.
El impacto de la inflación por clases sociales
El incremento de los precios generó una transferencia de riqueza asimétrica, afectando de manera muy distinta a la estructura social del Istmo:
Para la oligarquía comerciante (conocida históricamente como los “prohombres” del Istmo), el Congreso de 1826 representó una bonanza económica extraordinaria pero efímera porque los propietarios de inmuebles en el Casco Antiguo multiplicaron los precios de los alquileres de casas y habitaciones para alojar a los diplomáticos.
Además, las familias ricas que controlaban las redes de importación y el transporte interoceánico (mulas y canoas en la ruta transístmica) obtuvieron márgenes de ganancia históricos vendiendo provisiones y servicios de lujo a las delegaciones.
Entre esta élite, de acuerdo con Alfredo Castillero Calvo, se incluyen a los Arosemena, que controlaban casas comerciales, las recuas de mulas, las importaciones y la imprenta; los Fábrega, De la Barrera, Icaza y Hurtado eran familias de terratenientes y altos oficiales militares y políticos que monopolizaban la propiedad inmobiliaria urbana en la capital y grandes fincas de ganadería en el interior del país.
El transporte interoceánico era un monopolio de pocas familias, los Arosemena, los De la Barrera y Cordero (fincas de cría de mulas de carga), los Fábrega (rutas de carga y latifundios en el interior y área transístmica), los Icaza (manejaban las contratas de fletes para el traslado de los equipajes oficiales, el armamento y los suministros de las delegaciones extranjeras que llegaron para el Congreso de 1826).
Los privilegiados dueños de las flotas de canoas que navegaban el río Chagres y de las recuas de mulas que recorrían el Camino de Cruces impusieron tarifas de monopolio a los diplomáticos.
Además, como ocupaban cargos públicos, emitían normativas a su favor e impedían que otros participaran en el negocio.
El historiador panameño Hernán Porras, en su célebre análisis Papel histórico de los grupos humanos de Panamá, detalla cómo el control logístico de la ruta de tránsito permitió a esta élite absorber la plata y el oro extranjero mucho antes de que el dinero tocara la economía del ciudadano común.
Dado que Panamá no producía ni su propia comida en volúmenes suficientes (problema estructural heredado desde la colonia), el abastecimiento dependía de barcos mercantes, por lo que las firmas comerciales de la élite compraban los cargamentos de harina, vino, aceites, textiles de lujo y carne en los puertos para revenderlos con márgenes de ganancia inflados a las delegaciones internacionales.
Por otro lado, los comerciantes extranjeros residentes eran principalmente británicos y judios provenientes de Jamaica, norteamericanos y de la región del Río de la Plata. La apertura del comercio a inicios del siglo XIX atrajo a intermediarios que aprovecharon la inmunidad y el estatus diplomático para dinamizar negocios de consignación y contrabando legalizado.
En tanto, para las clases populares y los sectores vulnerables, el costo de la vida se volvió insostenible, sumiéndolos en una crisis de subsistencia porque el precio de productos básicos como el maíz, el arroz, el tasajo (carne seca) y la leña se elevó a niveles prohibitivos, ya que los productores preferían vender al mejor postor (las delegaciones extranjeras).
Sumado a ello, muchos inquilinos pobres de la ciudad fueron desalojados de sus habitaciones por propietarios que buscaban reconfigurar los espacios para rentarlos a precios de oro a los visitantes.
A diferencia de los comerciantes, los jornaleros y artesanos locales no vieron un incremento equivalente en sus salarios reales, por lo que la inflación absorbió por completo sus limitados ingresos.
A continuación, se presenta la investigación económica y la tabla comparativa sobre la dramática variación del costo de la vida en Panamá durante 1826, impulsada por el shock de demanda del Congreso Anfictiónico.
En la década de 1820, la moneda oficial de la Gran Colombia (a la cual pertenecía Panamá) era el peso de plata. Debido a la escasez de censos económicos y de índices de precios oficiales en el siglo XIX, los historiadores han reconstruido la inflación de 1826 basándose en correspondencia diplomática, actas del cabildo, diarios de viajes y memorias.
Los diplomáticos británicos y mexicanos se quejaron formalmente en sus bitácoras de que los costos de alojamiento en Panamá superaban a los de Londres o Ciudad de México.
Los pocos agricultores locales del interior vendían de forma exclusiva a los delegados internacionales porque estos pagaban en metálico de alta ley. Esto dejó a la población pobre local en una crisis de hambre absoluta al no poder competir con los nuevos precios de mercado.
La Ciudad de Panamá en 1826 presentaba graves deficiencias de salubridad. El hacinamiento y las condiciones climáticas desataron brotes de fiebre amarilla y malaria. En la correspondencia de los delegados del Congreso (como los reportes del ministro peruano Manuel Vidaurre), se documenta que los pocos médicos disponibles cobraban honorarios prohibitivos a los extranjeros. La población local pobre carecía por completo de acceso a la medicina privada y dependía de la precaria asistencia del Hospital San Juan de Dios.
El Camino de Cruces era el único paso transístmico viable en la época húmeda. Tal como explica el historiador Hernán Porras, el transporte de mulas y el correo exprés hacia la terminal de Cruces estaban totalmente cartelizados por la élite militar y política criolla (los Fábrega y los Arosemena). Los fletes postales y el transporte de equipajes oficiales se tasaron a precios de monopolio, enriqueciendo sustancialmente a este cerrado círculo de arrieros aristócratas.
La burbuja económica de 1826 en Panamá cumplió a la perfección el ciclo de toda crisis especulativa: un ascenso meteórico, un pico de codicia desmedida y un colapso devastador, repentino y generalizado.
Tan pronto como el Congreso Anfictiónico clausuró sus sesiones el 15 de julio de 1826, la realidad macroeconómica golpeó al Istmo. Las delegaciones internacionales empacaron sus pertenencias y se marcharon. En cuestión de semanas, la Ciudad de Panamá pasó de ser una capital diplomática global a un pueblo fantasma financiero.
Esta es la historia de la quiebra que sobrevino inmediatamente después.
Los “señores de la tierra” —aquellas familias de la élite (como los Icaza, Hurtado y De la Barrera) que habían invertido fortunas en remodelar caserones, ampliar habitaciones y desalojar a sus inquilinos habituales— se quedaron con las propiedades vacías.
Los alquileres que habían trepado a 100 pesos mensuales se desplomaron a su valor original o incluso menos, porque ya no había quién los pagara.
Muchos propietarios habían solicitado préstamos o comprometido capital futuro esperando que el Congreso durara años (o que Panamá se convirtiera en la capital permanente de una confederación americana, como soñaba Bolívar). Al quedarse sin inquilinos, la élite rentista no pudo recuperar el capital invertido en las costosas reformas de lujo.
Las grandes casas comerciales, lideradas por los Arosemena y comerciantes extranjeros, cometieron un error clásico de cálculo: sobreestimaron la duración del evento y la demanda futura.
Además, pensando que las delegaciones se quedarían por meses para redactar los tratados, los comerciantes ordenaron enormes cargamentos de bienes de lujo desde Jamaica, Europa y los Estados Unidos (vinos caros, telas finas, vajillas, harinas refinadas y aceites).
Cuando los barcos llegaron al puerto de Chagres, los diplomáticos ya se habían ido. El mercado local, compuesto por panameños empobrecidos, no tenía el poder adquisitivo para comprar esos productos de lujo. Los comerciantes se vieron obligados a rematar sus mercancías a una fracción de su costo real o a ver cómo se pudrían los alimentos en las bodegas aduaneras, enfrentando pérdidas absolutas.
Los “dueños de recuas” del Camino de Cruces y los operadores del río Chagres (incluyendo el círculo de los Fábrega y arrieros locales) sufrieron un golpe operativo y financiero letal.
Para satisfacer la demanda del Congreso, estos empresarios habían comprado cientos de mulas adicionales a precios inflados en las provincias del interior y contratado botes extra.
Con la partida de los delegados, el tráfico interoceánico cayó a niveles mínimos. Mantener las recuas de mulas sin carga generaba un costo diario insostenible. Muchos dueños simplemente dejaron morir a los animales por falta de alimento o los vendieron por centavos en el interior del país, desmantelando la infraestructura de transporte que tanto dinero les había dado meses antes.
Para las clases populares y medias que habían sido desplazadas hacia los arrabales (fuera de las murallas, en zonas como Santa Ana), la quiebra de los ricos no trajo un alivio inmediato.
Los precios de los víveres tardaron meses en estabilizarse debido a la distorsión del mercado.
Aunque pudieron volver a alquilar habitaciones en el Casco Antiguo a precios bajos, la economía local entró en una depresión profunda. No había empleo, el dinero en efectivo (oro y plata extranjeros) desapareció de la circulación y el Istmo volvió a caer en el letargo económico.
Una actualización útil para entender el impacto de la burbuja anfictiónica
En aquella época, el peso hispanoamericano y el dólar estadounidense operaban bajo una paridad de 1:1. Aplicando la inflación histórica acumulada, $1 peso/dólar de 1826 equivale a $33.64 dólares en 2026.
La harina de trigo estadounidense, el arroz extranjero y los vinos europeos sufrieron una enorme inflación en el Panamá de 1826 debido a los altos costos de transporte marítimo y los fletes a lomo de mula. Estos bienes de lujo estaban reservados exclusivamente para la élite local y los delegados extranjeros del Congreso.
Utilizando los registros comerciales de la época coloniales/republicana tardía y aplicando exactamente la misma fórmula inflacionaria de la respuesta anterior (factor multiplicador de 33.6384), se desglosan los costos equivalentes para 2026.
El cálculo se rige por la fórmula de ajuste basada en el Índice de Precios al Consumidor (IPC) histórico. Consultar https://www.officialdata.org/us/inflation/1826?amount=1
Además, en 1826, el impacto de los impuestos aduaneros establecidos por la República de la Gran Colombia (bajo la administración de Bogotá) fue un factor determinante en el encarecimiento extremo de la vida en el istmo de Panamá.
Basado en las investigaciones del Dr. Alfredo Castillero Calvo, este régimen fiscal no solo asfixió el consumo local, sino que generó tensiones políticas profundas que distorsionaron la economía del tránsito interoceánico.
El fin del libre comercio y el retorno al proteccionismo
Tras su independencia de España en 1821 y su unión voluntaria a la Gran Colombia, los comerciantes panameños esperaban que el istmo se convirtiera en un puerto libre global. Sin embargo, para 1826, el gobierno de Bogotá impuso un estricto arancel proteccionismo para financiar las deudas de las guerras de emancipación.
Aranceles del 20% al 35%: La mayoría de las mercancías que entraban por Portobelo o Panamá pagaban tasas promedio del 25% sobre el valor del producto.
Doble imposición: Los productos importados no solo pagaban la aduana de entrada (almojarifazgo modificado), sino también impuestos de alcabala (circulación interna) y el derecho de “derecho de puerto” o anclaje para los barcos.
El encarecimiento de la canasta básica importada
Como se evidenció en los precios de los productos importados en 1826 (como la harina de trigo o el aceite), los aranceles actuaban como un multiplicador de precios.
Un barril de harina que en Nueva York costaba $5.00 o $6.00 pesos, llegaba a Panamá costando $16.00 pesos (equivalente a $538.21 dólares de 2026) debido a que el impuesto aduanero se sumaba al ya costoso flete marítimo.
Esto convirtió a los alimentos importados en artículos exclusivos de lujo, afectando severamente a los delegados del Congreso Anfictiónico, quienes no encontraban sustitutos locales económicos de calidad euro-americana.
Incentivo masivo al contrabando
La combinación de aranceles excesivamente altos con una geografía istmeña llena de costas, ríos y selvas despobladas produjo el efecto adverso: el florecimiento del contrabando masivo.
Los comerciantes panameños y los barcos procedentes de Jamaica (ingleses) o Estados Unidos preferían descargar secretamente en las costas de Colón o el Archipiélago de las Perlas para evadir las oficinas de aduana fiscales.
Castillero Calvo destaca que el contrabando era tan común que las cifras oficiales de recaudación de la aduana de Panamá en la década de 1820 eran crónicamente bajas, privando al Estado de recursos y corrompiendo a los funcionarios locales.
El descontento político: La semilla del separatismo
El impacto más profundo de estos impuestos fue político. Los panameños sentían que las leyes fiscales se diseñaban en Bogotá para beneficiar a las industrias manufactureras y agrícolas de las regiones andinas, destruyendo la naturaleza puramente comercial y de tránsito de la economía panameña.
Este descontento por el ahogo aduanero en los años en torno a 1826 sembró las bases ideológicas para los primeros intentos de separación de Panamá de la Gran Colombia (como el liderado por José Domingo Espinar en 1830), bajo la premisa de que el istmo necesitaba libertad comercial absoluta para sobrevivir.
* El autor es periodista y docente