• 05/09/2026 04:19

La modernidad encarnada

El sábado 14 de marzo del año en curso falleció en la ciudad de Starnberg, una ciudad en la región de Baviera, República Federal Alemana, Jurgen Habermas, saludado por muchos como el último filósofo de la modernidad. El 18 de junio habría cumplido los 97 años de una vida pletórica de reflexiones, planteamientos y debates, que desafiaron a las ciencias sociales y humanísticas de su tiempo y ocuparon miles de hojas impresas.

Más allá del ejercicio académico de altos vuelos, hay algo en Habermas que demanda una clarificación: su incansable práctica de generar conversaciones que reclaman la atención del ciudadano común. Sus entrevistas, artículos de opinión, e intervenciones que generan controversia, configuran un abigarrado universo que se expande por 7 décadas. ¿Será que hay dos Habermas, o es uno solo? La reciente obra de Peter Verovsek, profesor en la Universidad de Groningen, es un muy bien fundamentado alegato a favor de la “tesis de continuidad”, que es la manera como Verovsek interpreta la relación entre el académico y el hombre público (Jurgen Habermas. Public intellectual and engaged critical theorist 2026).

Por la amplitud y profundidad de su mirada, Habermas ha significado distintas cosas en distintos momentos. Se presentó primero como un continuador de la filosofía clásica alemana, pues en 1953 presentó su tesis doctoral, “El absoluto y la historia”, sobre la filosofía de F.W.J. Schelling. No obstante, no fue la investigación filosófica la que causó la pronta admiración de Theodor Adorno, uno de los pilares de la llamada Escuela de Frankfurt, que a la sazón se encontraba de regreso en Alemania, tras su exilio californiano mientras duró la aventura nazi. Es que el joven Habermas comenzó muy temprano a escribir en las revistas y periódicos alemanes sobre temas abiertamente políticos, pero con una llamativa densidad argumental, lo que lo convirtió en un referente de la joven intelectualidad de izquierda alemana.

Un primer momento estelar en este proceso fue la crítica que el joven Habermas hizo de la republicación, en 1953, de una conferencia de Heidegger, que originalmente había visto la luz en 1935 en pleno apogeo del gobierno de Adolf Hitler. El recién graduado había criticado lo insensible de una publicación a destiempo sin que se hubieran eliminado del texto las referencias positivas al nazismo, así como la ausencia de una disculpa pública por parte de Heidegger por su admiración y contribución al Tercer Reich. “Pensando con Heidegger contra Heidegger” es un ejercicio político de crear una conversación pública con el propósito de evitar que el pueblo alemán vuelva a caer en la adoración de ídolos falsos. Este artículo y otros que vendrán después fueron publicados en medios liberales progresistas y socialdemócratas que simpatizaban con las motivaciones del joven filósofo.

Como Adorno lo invitó a ser colaborador del Instituto para la Investigación social que colideraba con Max Horkheimer, pronto Habermas comenzó a ser visto como una figura prometedora de la “segunda generación” de la Escuela de Frankfurt. Desafortunadamente, Horkheimer desconfiaba del “radicalismo” del joven Habermas, lo que obligó al joven aspirante a buscar otra universidad para desarrollar la investigación que lo habilitaría para ser docente en el sistema universitario alemán. Así, Habermas logró el apoyo de Wolfgang Abendroth, un reconocido jurista y politólogo alemán de convicciones socialistas.

La investigación que el joven Habermas emprendió llevó por título “La transformación estructural de lo público” y fue publicada en 1962. La historia que cuenta Habermas en esta obra es la de un declive de la esfera pública tal como la conoció Kant, al punto que ya no es posible sostener el mismo discurso ilustrado de aquellos maestros en las cambiadas circunstancias de la segunda mitad del siglo XX. La esfera pública ha sido invadida y adulterada por la propaganda y el marketing, despolitizando al ciudadano y privándolo de un entorno apropiado para defender la institucionalidad democrática y el avance de los derechos. Ante un escenario dominado por la radio y la televisión, Habermas plantea la necesidad de re-politizar la esfera pública, como único curso democrático de acción.

Si bien se trata de una obra de exquisitos estándares académicos, no es difícil ver el esfuerzo de Habermas por mantener una coherencia entre su rol como profesor universitario y sus frecuentes intervenciones en la prensa progresista a favor de una Alemania más democrática. La misma editorial alemana (Suhrkamp), que publicó buena parte de sus obras académicas, también ha publicado una serie de doce volúmenes de colecciones de sus escritos periodísticos, bajo el título “Pequeños escritos políticos”. Esta dualidad de obra académica y obra periodística tiende a perderse en las traducciones al inglés y al español, pues en ambos casos los editores no siguen estrictamente los parámetros de publicaciones alemanas, sino que “crean” publicaciones propias, juntando escritos de menor extensión que desarrollan una temática común y que pueden ser atractivos para el lector promedio.

El punto de llegada de su primera gran investigación recomendaba un “giro lingüístico”, el cual tuvo lugar desde los tempranos años sesenta. Es por esta razón que la lectura de obras como “Conocimiento e interés” (1968), o “Problemas de legitimación en el capitalismo tardío” (1973), o “Reconstrucción del materialismo histórico” (1976) tienen poco en común con el legado adorniano. Los académicos anglosajones siguieron analizando la “teoría crítica” de Jurgen Habermas, pero para los estudiantes alemanes el mensaje era a la inversa. Habermas significó la entrada formal del pragmatismo y la filosofía analítica en la academia alemana, porque esas eran las nuevas herramientas del heredero de la Escuela de Frankfurt.

En 1981 Habermas publicó su monumental “Teoría de la acción comunicativa. Volumen I”, en la que ya de la filosofía clásica alemana, o del marxismo hegeliano, no quedaba casi nada. Gillian Rose (Hegel contra Sociology 1983) identificó más bien un “giro kantiano” en la teoría crítica de Jurgen Habermas y una renuncia a la dialéctica hegeliana que había caracterizado a los maestros Frankfurtianos. El segundo volumen vio la luz en 1984 y confirmó la sospecha de que estábamos asistiendo a una nueva arquitectura del saber político, sociológico y filosófico, con el auxilio de la filosofía del lenguaje, el pragmatismo de Charles Pierce y William James, y la sociología de Max Weber, Emile Durkheim y Talcott Parsons.

Hacia la segunda parte de los ochenta Habermas, de vuelta en Frankfurt -al retirarse Horkheimer, había sido nombrado en su cátedra- se interesó en la filosofía del derecho, desde la cual podía aportar su vena teórica en favor de una más robusta comprensión de la democracia. Así surgió “Facticidad y validez” (1992), nuevamente una obra enjundiosa, compleja, que requiere del estudio pausado de especialistas. Los proponentes de la democracia deliberativa encuentran allí un arsenal de conceptos provenientes de la ética del discurso, que Habermas había desarrollado en sus intercambios con Otto Apel.

El ejercicio teórico de Habermas culmina con una obra en 2 volúmenes, que contienen una especie de historia de la filosofía. Publicada en alemán en 2019, los dos tomos de la versión española vieron la luz en 2023 y 2024, mientras que la traducción al inglés ocupó tres tomos, publicados en 2023, 2024 y 2025. En una entrevista publicada el año pasado (The Nation 7 de julio de 2025), Habermas explica que lo que se propuso hacer en esta obra es un ejercicio de autocomprensión, es decir, trazar el camino recorrido hasta llegar al punto que le permite una comprensión general de la modernidad. Esta magna obra se sirve de Karl Jaspers y su análisis de la era axial. Sí, Jaspers, el maestro de Hannah Arendt, con quien Habermas rehusó establecer una relación cordial en vida de la pensadora alemana. Pero eso es materia de otro artículo.

No se piense que en medio de todo este indómito esfuerzo teórico el profesor alemán hubo abandonado su oficio de tribuno. Por ejemplo, en la llamada “polémica de los historiadores”, que tuvo lugar en 1986-87, Habermas utilizó la prensa para criticar las tesis revisionistas de historiadores neoconservadores que buscaban explicar los hechos que habían conducido a la derrota de Alemania y al Holocausto. Estos a su vez respondieron acremente, con escritos breves, descalificando tanto la seriedad académica de su interlocutor, como el canal escogido para la refriega.

También son muy conocidas sus polémicas con figuras cimeras del mundo académico, como, por ejemplo, John Rawls, Niklas Luhmann, Hans-Georg Gadamer, y los post-estructuralistas franceses Jacques Derrida, Jean-Francois Lyotard y Michel Foucault, a los que etiquetó como jóvenes conservadores por su innoble ataque al proyecto moderno mientras agitaban la bandera de lo postmoderno. Un debate, quizás menos obvio, pero no menos importante, tuvo lugar con el Cardenal Joseph Ratzinger, quien poco después asumiría el manto papal con el título Benedicto XVI. El intercambio tuvo lugar en 2003 y estuvo precedido por una entrevista publicada por un medio italiano bajo el título “Solo la religión podrá salvarnos de los fracasos de la modernidad”, que, como comenta Peter Verovsek, es un mensaje que está mucho más allá de lo que Habermas estaría dispuesto a afirmar en los estrados de la academia.

Quizás la esfera pública, el espacio social donde intercambiamos y debatimos ideas, donde buscamos ilustración y se despliega la mentira y la manipulación, donde los vendedores de humo buscan protagonismo y se descalifica a los que solo ofrecen un saber sin garantías, sea la modernidad misma, esa sustancia evanescente que, por elusiva, requiere el doble esfuerzo de la comprensión y el compromiso de la acción. Más allá de sus limitaciones y equívocos, la vida y obra de Jurgen Habermas es una evidencia en este sentido.

* El autor es miembro del Grupo de Investigación POLITAI
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