• 05/09/2026 01:30

Protocolo Patricia: la brújula que llegó tarde

Los protocolos de actuación poseen una virtud extraordinaria, casi talismánica: hacen sentir que el Estado está haciendo algo. Se imprimen, se encuadernan, se presentan con la solemnidad de quien firma un alto al fuego; se les bautiza con un nombre emotivo, se reparten fotografías para la posteridad y se convocan ruedas de prensa para cerrar filas en torno a la narrativa oficial. Y por unas horas, en efecto, cual placebo, pareciera que basta con redactar cientos de páginas en Times New Roman para convencernos de que el problema ya está resuelto. Lástima que la violencia no lea protocolos.

Recientemente, el Ministerio Público presentó el Protocolo Patricia, una iniciativa que merece reconocimiento por su intención de fortalecer la investigación de los feminicidios. Nadie que haya dedicado años a las ciencias forenses o a la investigación criminal puede oponerse a que las instituciones perfeccionen sus procedimientos; sería como oponerse a que el campesino riegue mejor la tierra —ya quemada—. El problema aparece cuando confundimos una mejor investigación del feminicidio con una prevención efectiva: la primera llega después del cadáver; la segunda es la única que podría haberlo evitado.

No hay peor tragedia que aquella que se pudo evitar. Investigar bien un feminicidio es esencial, de cara a sentar al presunto responsable en el banquillo de los acusados. Pero evitar que ocurra la muerte de una mujer a manos de su pareja sería, a mi juicio y al de los deudos, infinitamente mejor. Prefiero, siempre, la mujer viva a la sentencia justa —o tardía—.

Y es precisamente aquí donde comienza la incomodidad que genera la mirada perdida: la sensación de que el norte ha sido sustituido por la prisa —o la culpa—. Porque, al igual que con los antecesores de este nuevo protocolo, el gran ausente sigue siendo el mismo de hace más de diez años: la evaluación científica del riesgo de violencia contra la pareja.

Resulta curioso que, con más de 15,000 denuncias de violencia doméstica registradas al año y una congestión de casos que golpea sin previo aviso, como un tsunami, tengamos protocolos para investigar los feminicidios, pero sigamos sin contar con un modelo interinstitucional unificado para valorar la probabilidad de que esa muerte ocurra. Su ausencia —o su no aplicación, allí donde exista— es como atender un cuarto de urgencias saturado de pacientes, sin triage.

¿Quién valora el riesgo de violencia contra la pareja? Este nuevo protocolo no lo deja del todo claro. ¿Cuándo y cómo se aplica? Sin duda, será uno de los primeros escollos por resolver. No tengo duda del compromiso —casi pavloviano de tan repetido— de los cientos de funcionarios que, día a día, atienden casos de violencia contra la mujer: largas jornadas laborales, falta de capacitación, sueldos raquíticos, y un largo etcétera de lamentos misericordiosos. Sin embargo, no habrá manera humanamente posible de prevenir los feminicidios si el primer eslabón continúa siendo el más débil —o el más olvidado—: la falta de categorización de los casos según su gravedad y riesgo de violencia.

La violencia rara vez anuncia su desenlace con un letrero luminoso. Al contrario: escala, se transforma, ensaya, amenaza, controla, aísla, doblega, acecha. Alterna entre escaladas de violencia, promesas de cambio y reconciliación —o, al menos, una permanencia forzada—. Y cuando finalmente mata, solemos decir que “nadie podía imaginarlo”, aunque el expediente estuviera lleno de señales que nadie supo leer. Lo evidente terminó siendo invisible, y la víctima lo pagó con la vida.

Quizás la efectividad del Protocolo Patricia no debería medirse en función de juicios ganados o condenas ejemplares —o, al menos, no solo de eso—. Y es que la facilidad para rebautizar heridas institucionales aún abiertas no es sinónimo de capacidad para resolverlas. Si la sola denuncia es ya el reflejo de un sistema que falló —y colapsó sin darse cuenta—, la muerte de una mujer a manos de su pareja no es entonces sino una condena eterna. Porque cuando se combate el feminicidio sin enfoque preventivo, fácilmente se confunde la búsqueda de justicia con una victoria pírrica. Hoy son más de una decena las mujeres que ya no están; mañana, la tragedia podría escribir nuevos nombres, otras patricias.

* El autor es psicólogo forense y clínico
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