• 04/07/2026 00:00

La orientación educativa: el primer escudo antes de que llegue la policía

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Los recientes acontecimientos registrados en varios centros educativos de la provincia de Colón, en los que ha sido necesaria la intervención de la Policía Nacional para controlar hechos de violencia y situaciones que alteraron la convivencia escolar, deben ser interpretados como una señal de alerta para toda la sociedad. Más allá del impacto mediático, estos episodios evidencian que estamos llegando tarde. Cuando una escuela necesita la presencia policial para restablecer el orden, la prevención ya perdió una batalla importante. No se trata de cuestionar la labor de la Policía Nacional. Su intervención es necesaria para proteger la vida y garantizar la seguridad cuando las circunstancias lo exigen.

Sin embargo, la verdadera pregunta es otra: ¿qué dejamos de hacer para que un conflicto escolar termine requiriendo la presencia de los estamentos de seguridad? La respuesta nos conduce inevitablemente a la necesidad de fortalecer la orientación educativa como el principal instrumento preventivo dentro de nuestros centros escolares.

Hoy nuestros adolescentes enfrentan una realidad muy distinta a la de generaciones anteriores. Crecen rodeados de redes sociales, violencia digital, presión de grupo, desinformación y modelos que muchas veces normalizan la agresividad y la intolerancia. Muchos viven en casas, pero no necesariamente en hogares; reciben información de todas partes, pero carecen de espacios donde puedan expresar sus emociones, resolver sus dudas o construir un proyecto de vida con acompañamiento adulto.

La familia sigue siendo el primer espacio de formación. Sin embargo, las exigencias laborales, las dificultades económicas y, en algunos casos, las ausencias de tiempo de calidad han debilitado ese acompañamiento. La escuela ha debido asumir responsabilidades cada vez mayores, pero muchas veces sin los recursos suficientes para responder a una problemática social que supera el ámbito estrictamente académico. En este escenario, la orientación educativa no puede seguir siendo vista como un servicio complementario. Su misión es prevenir, escuchar, orientar y acompañar. El orientador identifica factores de riesgo, fortalece habilidades socioemocionales, media conflictos y construye puentes entre la familia, la escuela y la comunidad. Su trabajo comienza mucho antes de que aparezca la violencia.

La Unesco sostiene que el bienestar emocional forma parte esencial de una educación de calidad y que las escuelas deben promover entornos seguros donde los estudiantes aprendan a gestionar sus emociones y resolver conflictos de manera pacífica. Por su parte, la OCDE reconoce que las competencias socioemocionales influyen directamente en el rendimiento académico, la convivencia y el bienestar futuro de los jóvenes. Como he sostenido en anteriores publicaciones: “ningún proceso de mejora educativa puede sostenerse si ignora la dimensión humana del estudiante. La orientación personal social no es un servicio complementario; constituye uno de los pilares sobre los que descansa una educación verdaderamente transformadora”. Esa convicción adquiere hoy mayor relevancia frente a los desafíos que enfrentan nuestras escuelas. No obstante, muchos departamentos de orientación trabajan con importantes limitaciones. Un solo profesional debe atender a cientos de estudiantes, con horarios reducidos, espacios físicos insuficientes y escasos recursos para desarrollar programas preventivos permanentes. Resulta contradictorio exigir mayores resultados sin ofrecer las condiciones necesarias para alcanzarlos.

Los hechos recientes en Colón deben marcar un punto de inflexión. No podemos seguir actuando únicamente cuando el conflicto ya estalló. Es momento de fortalecer los departamentos de orientación, ampliar la cantidad de profesionales especializados, impulsar escuelas para padres, incorporar la educación socioemocional en todos los niveles y consolidar redes de apoyo entre el Ministerio de Educación, las familias, las universidades, las instituciones públicas y la comunidad. La seguridad de nuestras escuelas no puede depender exclusivamente de la presencia policial. El primer escudo contra la violencia debe ser una orientación educativa fortalecida, una familia comprometida y una comunidad que acompañe a sus jóvenes. Invertir en orientación no es un gasto; es apostar por la prevención, por la salud mental y por el futuro del país. Porque la mejor escuela no es la que reacciona con rapidez ante la crisis, sino aquella que trabaja cada día para evitar que la crisis ocurra.

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