• 12/01/2026 00:00

La restauración de la monarquía: la solución correcta para Irán

En 1979, Panamá acogió, por poco más de 100 días, al Shah Reza I Pahlavi tras su derrocamiento por la revolución islámica. Hoy, más de cuatro décadas después, el país podría convertirse en testigo simbólico de una nueva transición: la instauración de una monarquía parlamentaria en Irán bajo el liderazgo legítimo del príncipe heredero Reza Pahlavi.

El régimen teocrático que rige los destinos de Irán, instalado por el Ayatolá Jomeini tras provocar el derrocamiento del Shah, no solo ha destruido las instituciones democráticas y sociales de ese país, sino que ha convertido a Irán en un foco de inestabilidad regional y mundial. El más que demostrado apoyo al terrorismo internacional, su confrontación constante con Israel, -para el que desea su destrucción-, y su ambición nuclear, representan una amenaza directa para la paz mundial. A nivel interno, se ha impuesto una dictadura que ha destruido su economía, silenciado a la sociedad civil, torturado a disidentes y ejecutado a jóvenes por protestar pacíficamente.

Las recientes protestas, de las que estamos siendo testigos y que han dejado cientos de muertos, no son solo una reacción a la crisis económica, sino un rechazo profundo al sistema político y social que ha gobernado, con violencia extrema, desde hace casi medio siglo. Frente a esta crisis, Occidente ha mostrado una parálisis moral: mientras se condena con tibieza el autoritarismo iraní, se ignoran, otra vez, las voces que claman por una alternativa legítima y democrática. El príncipe heredero, Reza Pahlavi, representa esa alternativa. No es un opositor más, sino el heredero legítimo de una dinastía que modernizó Irán y lo integró al mundo occidental. Su llamado a la resistencia pacífica y su propuesta de una monarquía parlamentaria no son un anacronismo, sino una solución histórica y legalmente fundada. Bajo su liderazgo, Irán podría establecerse como una nación democrática, secular y aliada de Occidente.

Históricamente, la monarquía constitucional en Irán tuvo un papel crucial en la transición hacia la modernidad. La Constitución de 1906 ya establecía un equilibrio entre el poder ejecutivo y representativo, y la figura del monarca como garante de la unidad nacional. La dinastía Pahlavi, especialmente bajo Reza Shah y su hijo Mohammad Reza, profundizó esa modernización. Su legado sigue vivo en la memoria colectiva de millones de iraníes que hoy sueñan con una restauración pacífica del orden constitucional.

Desde el exilio, el príncipe Reza ha llamado a la comunidad internacional a apoyar al pueblo iraní. Pero su mensaje no ha sido solo político, sino ético: defender la dignidad humana, la libertad de culto, la igualdad de género y el respeto por los derechos fundamentales. Su modelo no busca restaurar una monarquía absoluta, sino una institucionalidad parlamentaria donde el Shah actúe como símbolo de unidad y garante de la Constitución. Este modelo sería beneficioso, no solo para Irán, sino para toda la región y, por descontado, para Occidente. Un Irán democrático y secular sería un contrapeso y freno natural al expansionismo chiita, liderado por el régimen de los ayatolás desde Teherán, y sustentado, -no olvidemos-, por Rusia y China. Además, en el marco del Hemisferio Occidental, rompería el eje entre el Irán teocrático y terrorista, la -hasta ahora- Venezuela chavista, la Cuba castrista y la Nicaragua sandinista, debilitando con ello a estos regímenes antidemocráticos, y a los populismos de izquierda internacional que los toleran, y que tanto daño hacen al continente.

Frente a estas realidades, Occidente ha fallado en su responsabilidad. Mientras muchos líderes del, mal llamado, progresismo -incluida la ONU-, se han dedicado a criticar a Estados Unidos por su política exterior hacia Irán, la Unión Europea y otras economías occidentales han actuado frente al régimen con una ceguera estratégica y una cobarde tibieza. Han dado pie a acuerdos políticos y comerciales, -como el nefasto acuerdo nuclear-, y no han respaldado alternativas democráticas como la representada por el príncipe Reza, alimentando así su maquinaria represiva y su agenda desestabilizadora a nivel internacional.

Soy de la opinión que un apoyo explícito de Estados Unidos al príncipe Reza sería un paso decisivo en el camino correcto. No se trata de imponer una monarquía, sino de reconocer una alternativa legítima que ya cuenta con el respaldo de amplios sectores de la sociedad iraní. Apoyar su liderazgo sería respaldar una transición pacífica, democrática y en sintonía con los valores occidentales. Irán no necesita más revoluciones violentas ni más dictaduras teocráticas. Necesita una restauración institucional que le devuelva la dignidad, la libertad y la estabilidad. La monarquía parlamentaria bajo el liderazgo de un futuro Shah Reza II sería esa salida. Es hora de que Occidente, con Estados Unidos y la Unión Europea al frente, la reconozca y la apoye.

Finalmente, Panamá, que una vez fue refugio del Shah derrocado, tiene hoy una oportunidad histórica. Como miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, podría coadyuvar, de la mano con Estados Unidos, para que la crisis y los crímenes del régimen iraní sean tratados con la urgencia que merecen. Panamá puede, y debe, ser un actor clave para impulsar el fin de esa dictadura asesina en Irán. Que su voz en la ONU no se limite a proponer solo temas marítimos, sino también valores universales de libertad y justicia, apoyando la instauración de un sistema de monarquía parlamentaria de corte occidental en Irán, de la mano del príncipe Reza y las fuerzas democráticas.

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