• 29/11/2025 00:00

La urgencia de rescatar a los actores políticos con ideología para proteger la democracia

La democracia atraviesa hoy un momento de tensión silenciosa pero profunda. Sus instituciones, aunque formales y visibles, dependen de un elemento mucho más frágil y menos tangible: la calidad y solidez de quienes las encarnan. Cuando los actores políticos se desdibujan, cuando se vacían de contenido programático y operan sin referentes ideológicos claros, el sistema entero comienza a mostrar grietas. De allí surge la necesidad impostergable de fortalecer a los actores políticos dotados de ideología, visión y responsabilidad histórica, para evitar que la democracia caiga en riesgos institucionales que ya se observan en distintas latitudes.

Durante décadas, las democracias se sostuvieron en partidos y líderes que representaban doctrinas coherentes y reconocibles. La ideología cumplía una función pedagógica: explicaba la visión del Estado, el alcance de las libertades, la relación entre justicia social y economía, y la ruta para enfrentar los desafíos de cada época. Esa brújula doctrinal permitía debatir con claridad, exigir coherencia y mantener las instituciones dentro de un marco de estabilidad y continuidad. Sin embargo, en los últimos años ha surgido un fenómeno de “politización sin política”: discursos vacíos, liderazgos personalistas, promesas fáciles, indignación como bandera y una peligrosa desideologización que convierte la gestión pública en improvisación.

En este contexto, el rescate de las corrientes ideológicas tradicionales resulta indispensable. Las teorías liberales, con su defensa del Estado de derecho, la institucionalidad, las libertades económicas y el respeto estricto por la separación de poderes, ofrecen un antídoto natural contra los populismos y los proyectos que erosionan la autonomía de las instituciones.

Por su parte, la socialdemocracia aporta una dimensión de equilibrio que la región necesita con urgencia: crecimiento con equidad, mercado con responsabilidad, progreso con cohesión social. Su tradición histórica en Europa y América Latina demuestra que es posible combinar eficiencia económica con solidaridad.

La tercera gran corriente, la socialcristiana, subraya el valor de la dignidad humana, la comunidad, la ética, la subsidiariedad y el compromiso con el bien común. Frente a la polarización y al deterioro del debate público, ofrece un puente entre libertad y justicia, entre responsabilidad individual y solidaridad.

En ese horizonte de renovación democrática, el humanismo de la democracia cristiana emerge como la opción más equilibrada y necesaria. Su capacidad para armonizar libertad con responsabilidad, mercado con justicia social, autonomía personal con solidaridad comunitaria y desarrollo con ética pública, ofrece una síntesis que se ajusta a las exigencias del siglo XXI.

Hoy, más que nunca, urge reconstruir la columna vertebral de la democracia: actores políticos con ideología, visión y sentido de responsabilidad. Y entre las doctrinas llamadas a cumplir esa tarea, el humanismo socialcristiano ofrece quizá el camino más armónico, realista y profundamente democrático.

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