• 08/05/2026 23:25

La utopía posdemocrática

El título de este artículo hace referencia a un extraño fenómeno que amenaza con comerse el mundo. El término posdemocracia se usó por primera vez en un opúsculo de poca circulación que Colin Crouch, un politólogo británico, publicó con la Sociedad Fabiana de Londres en el año 2000.

Según un recuento que hace el autor cuatro años después, fueron básicamente tres investigaciones diferentes en las que se había ocupado a fines del siglo pasado que lo hicieron concluir que algo fundamental se había trastocado en las democracias del centro hegemónico del mundo globalizado. La primera tiene que ver con la paradoja de los tardíos años 90, según la cual los partidos socialdemócratas gobernaban en la mayoría de los países industrializados, pero los beneficiados de la política pública eran los más ricos y no los que requerían protección frente al capitalismo avasallador. Era una clara indicación del declive de la relevancia política de la clase obrera industrial.

Luego al profesor Crouch se le invitó a participar en un libro sobre partidos políticos, y al académico le pareció buena la oportunidad para mostrar sus recelos ante una tendencia que emergía discretamente en el comportamiento de los partidos en el fin de siglo, si bien era particularmente visible en el laborismo británico. Prevalecía el interés en escuchar las “opiniones técnicas” de lobistas bien pagados, antes que enfocarse en conversaciones ciudadanas. Un liderazgo político desgastado y desacreditado fue fácilmente desplazado por una “red de asesores” que tuvo mucho éxito en obtener favores gubernamentales para las corporaciones a las que representaban.

Finalmente, Crouch identificó un nuevo actor político en el escenario: la corporación global. Los tres fenómenos estaban conectados. No se trataba de un nuevo tipo de régimen propiamente, era más bien una debilitación estructural de la democracia agravada por cambios en el entorno social y una serie de nuevos negocios del capitalismo global.

Luego de la publicación del opúsculo, Crouch se involucró en unas investigaciones sobre las presiones a las que estaban sometidos los servicios públicos de educación y salud por parte del sector privado. El capital había identificado nuevas áreas para su expansión, según el análisis del profesor. “Comercialización o ciudadanía”, publicada en el 2003, en cierta forma ilustraba la hipótesis del opúsculo que vio la luz con el cambio de siglo.

Cuando un editor italiano se interesó en publicar “Coping with Post-Democracy” (2000), el académico británico se dio a la tarea de preparar una edición ampliada. Adicionalmente, decidió incluir unos nuevos capítulos de la otra investigación que apenas había concluido. Así se publicó en Roma en el 2003 la obra Postdemocrazie. Al año siguiente vio la luz la versión en inglés, Post-democracy. La versión británica fue reimpresa en 18 ocasiones en los siguientes 10 años. En el 2004 se publicó en Madrid una traducción al español que sigue la original italiana. Por esta razón, el prólogo que lleva la edición inglesa no aparece en la versión española.

Si en Europa llueve, en América Latina no escampa. No obstante, el análisis que ha predominado de este lado del mundo tiene un lenguaje diferente. La izquierda contestataria, desde el gobierno y fuera de él, ha utilizado un lenguaje más sencillo para denunciar el debilitamiento de la democracia organizado desde el Estado. Son repetitivas y recurrentes las denuncias contra las llamadas políticas neoliberales, pese a que éstas son implementadas por gobiernos que resultan del triunfo popular en las elecciones, ya sean de izquierda o de derecha, según su autodefinición.

El producto que dichas políticas tratan de vender es, invariablemente, una “mejor” administración de los servicios públicos, especialmente educación y salud. La fórmula incluye un fortalecimiento de la “oferta” por actores privados mediante toda clase de subsidios y exenciones tributarias. Aquí, como allá, el desgaste de los partidos políticos y su desplazamiento por otro tipo de “agencias” completa el cuadro.

En nuestro medio merecen un especial comentario los más recientes textos de Manuel Alcántara Sáez, politólogo español, americanista, de una amplísima trayectoria. Solo comentaré dos obras recientes de quien es, sin lugar a dudas, un autor prolífico. “Huellas de una democracia fatigada” (2024) y “Cuando la política dejó de ser lo que era” (2025) son recopilaciones de artículos breves, ya publicados, que configuran tanto una crónica del debilitamiento de la democracia en América Latina, como un señalamiento de los resortes y las modalidades de dicho fenómeno.

Una primera observación que cabe hacer sobre la primera de estas obras es que el mensaje que nos deja trata de una situación coyuntural, acelerada por el fenómeno de la pandemia. La segunda observación, quizás más importante, es que los fenómenos políticos que comenta están en su mayoría muy ligados a los torneos electorales, y no tanto a la administración pública. No tratan tanto del desempeño institucional, como de las maneras en que se representan y se posicionan los representantes políticos.

De la segunda publicación cabe decir que su título anuncia un diagnóstico menos optimista. Firmada en octubre de 2025, la Introducción menciona que “la digitalización masiva llevada a cabo de manera vertiginosa” ha sido el factor determinante de los cambios agudos que se aprecian en las sociedades contemporáneas y concluye que la posdemocracia llegó para quedarse.

Ni Crouch ni Alcántara celebran la posdemocracia. Sus análisis envuelven una advertencia. Quien sí la celebra es Alexander Karp, por ejemplo. El CEO de Palantir, una de las grandes tecno-corporaciones, publicó el año pasado “La revolución tecnológica” en la que anuncia que ya la democracia no protege las libertades, y que solo la tecnología puede hacerlo. ¿Utopía o distopía?

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