• 30/08/2025 00:00

Malos funcionarios, mala gestión

Los ciudadanos tienen el derecho a exigir a sus autoridades mejores funcionarios, y que a los servidores públicos se les pague por resultados, no por parasitar del Estado

Luego de beber agua directamente de la llave en casa toda mi vida, hoy compro botellitas, aportando a la contaminación de plástico del planeta. Somos un pequeño país que genera demasiada basura, y ahora le añadimos más plástico.

¿Acaso somos malos ciudadanos? Por supuesto que sí. Nos encanta consumir, pero no somos fanáticos del buen disponer de lo consumido. Y luego nos quejamos de los problemas que nos causan nuestras malas decisiones, como en la política.

¿Cómo se explica que por más de 40 años hayamos venido consumiendo un agua contaminada, sin que nadie hiciera nada por corregirlo?

¿Para qué cobraban salarios esos ejércitos de funcionarios que ocupaban, y ocupan puestos gubernamentales?

En un país donde trabajar en el gobierno es sinónimo de cobrar sin hacer algo realmente, la respuesta es obvia. Tenemos un ejército de malos funcionarios, sin el conocimiento mínimo de la gestión por la cual se les paga. Así, cada quinquenio quita aquí y pon allá. Llévate a tu incapaz, que yo traeré los míos, pues la planilla gubernamental jamás se reduce, tan solo crece sin que el resultado se vea reflejado en ningún sentido para el usuario y jefe de esos malos funcionarios.

Es una ecuación simple, y horrorosa. Malos funcionarios = mala gestión.

En un mamotreto tan complicado como ineficiente como es el gobierno, los valores se perdieron. Los funcionarios públicos tienen la mentalidad colectiva de que están allí por derecho propio y son amos y señores de sus feudos, sin tener que rendir cuenta alguna por los desastres que causen, por inacción, desconocimiento, ignorancia, negligencia o corrupción. Encima, se estiman dignos de recibir aumentos anuales, sin que aumenten ni sus capacidades ni sus resultados, así nada más, porque una ley creada por otro colega parásito así lo dice.

Mientras acumulamos décadas de malas gestiones, el país se sigue endeudando, y las autoridades tienen la brillante idea de que para salvar al país que ellos están destruyendo, la solución no es llevar ante la justicia a tanto funcionario y “empresario exitoso” corrupto y plenamente identificado y obligarlos a que devuelvan lo que hurtaron, no. Esa no es la solución.

La solución tampoco es agarrar a tanta empresa y entidad pública morosa, y obligarlos a que paguen lo que le robaron en cuotas, tanto a los trabajadores, como a la CSS para salir del hueco. No señor. Por ahí no es la vaina.

Los genios y figuras de la flamante administración dicen que la solución es endeudar al país aún más, y apretar a los ciudadanos y empresarios que sí cumplen con sus obligaciones y tributos, exigiéndoles más dinero, que generan con esfuerzo y sin apoyo estatal, pues el apoyo estatal está vetado a la gente y empresarios comunes: es sólo para los amigos del poder, que curiosamente son los que han llevado al país a la ruina que vivimos la mayoría de la población.

No se engañen con sus propias cifras, funcionarios. En el país del chenchén, los únicos que lo ven son los magistrados y los políticos de turno. El resto del país no tiene ni agua segura, mucho menos dinero.

Una ciudadanía embrutecida es incapaz de elegir bien. Unas reglas del Estado viejas y corruptas no sin una Carta Magna. Mientras se permita que delincuentes condenados, y/o señalados por diversos delitos lleguen a puestos públicos de elección o designación, las mal llamadas leyes beneficiarán a ese combito de pillos, no así al ciudadano que vive jodido.

Mientras las reglas laborales del sector público no se equiparen a las del sector privado, jamás mejorará el servicio. Si cometo un error en una licitación en la empresa privada, la empresa no solamente pierde la oportunidad de trabajo, sino que yo pierdo mi empleo. Tanto más, si una empresa le dice a un cliente que el proyecto cuesta $10.000, pero a los 6 meses le dice que se necesita una adenda por $500.000 para terminar, no solo te quitan el contrato, sino que te abren un caso legal, y con toda la razón.

En el otro extremo, un ministro decidió cambiar una ruta de una vía, sin explicación alguna, y el país tiene que poner $2.000 millones más. Pero ese ministro no solo sigue libre, sino que felizmente puede aspirar a volver a ocupar ese puesto.

Un expresidente decidió detener obras a las cuales se les invirtió millones y millones, y hoy puede aspirar a volver a correr por un puesto público.

Otro expresidente prófugo hace campaña mientras vive evadido, y acá no solamente se le celebra, sino que se le teme.

Una corte que atrasa casos por décadas, so pretexto de alguna hierba aromática tiene la potestad de subirse al salario, cuando quiera y cuanto quiera.

¿Ve la diferencia, amigo lector? Y para añadir insulto al golpe, al funcionario público se le sube el salario, mientras que al funcionario privado se le reconoce por resultados, no por caprichos corruptos.

Tenemos el derecho a exigir mejores funcionarios, y que a los servidores públicos se les pague por resultados, no por parasitar del Estado.

Dios nos guíe.

*El autor es ingeniero civil, empresario y escritor
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