Integrantes de cuerpos de emergencia buscan víctimas este miércoles, luego de dos fuertes terremotos sacudieron el Caribe venezolano en Caracas (Venezuela)....
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Agrega La Estrella en Google ↗️El martes Panamá quedó oficialmente eliminada del Mundial tras caer por la mínima diferencia ante Croacia. El marcador volvió a ser adverso, pero quienes vimos los partidos sabe que el resultado no cuenta toda la historia. La selección compitió, luchó y nunca dejó de intentar. Sin embargo, en el fútbol, como en la vida, el esfuerzo no siempre alcanza para ganar.
Apenas terminó el partido comenzaron los análisis de expertos. Las redes sociales se llenaron de directores técnicos de ocasión. Había quienes aseguraban que la convocatoria inicial fue un error. Otros cuestionaban los cambios, la alineación, el planteamiento táctico e incluso sentenciaban que el ciclo de Thomas Christiansen había llegado a su fin. En cuestión de minutos aparecieron miles de especialistas, profesionales y aficionados, convencidos de que ellos tenían la formula.
Mientras leía esos comentarios no podía dejar de pensar en la política.
Gobernar un país y dirigir una selección nacional tienen más similitudes de las que parecen. Todo comienza con una convocatoria. En el fútbol se eligen jugadores; en un gobierno se escogen ministros, directores y asesores. En ambos casos las decisiones generan expectativas y también dudas. Siempre habrá quienes consideren que faltó alguien o que sobró otro.
Después viene la conformación del equipo. Un técnico necesita un once capaz de competir; un presidente necesita un gabinete capaz de resolver problemas. Pero cuando las decisiones responden más a compromisos, amistades o intereses particulares que al mérito y a la capacidad, las consecuencias terminan reflejándose en la cancha... o en el país.
En el fútbol la falta de goles cuesta partidos. En la administración pública, la falta de soluciones cuesta oportunidades y confianza ciudadana. Los aficionados reclaman cuando un delantero no anota. Los ciudadanos hacen exactamente lo mismo cuando un ministro no resuelve. Pero, entre tantas reflexiones, hubo un jugador que terminó simbolizando algo mucho más grande que ganar un punto en el mundial, Cristian “Fulo” Martínez.
Cada balón disputado, cada carrera y cada esfuerzo parecían representar a ese otro Panamá que pocas veces ocupa los titulares, el del ciudadano que se levanta a las cuatro de la mañana para ir a trabajar; el que soporta el tranque, la lluvia y las dificultades sin perder la esperanza; el que trabaja jornadas interminables para que sus hijos estudien, tengan más oportunidades y vivan mejor de lo que él pudo vivir.
Ese panameño que no deja de correr, aunque el marcador esté en contra, que no baja los brazos porque sabe que nadie jugará el partido por él.
Alguna vez el técnico argentino Ariel Holan dijo una frase extraordinaria: “El fútbol es un reflejo de nuestra sociedad.”
Quizá por eso la selección despierta tantas emociones. Porque, más allá de los resultados, terminamos viéndonos reflejados en ella. Porque las selecciones también cuentan historias y la nuestra contó la historia de un país que puede perder un partido, pero que se niega a perder la esperanza.
Gracias a cada jugador por defender la camiseta con entrega hasta el último minuto y gracias a los miles de panameños que alentaron durante todo el Mundial, porque el verdadero triunfo nunca empieza con un gol.
Empieza cuando un pueblo decide seguir luchando, aun cuando el marcador parezca siempre estar en contra...