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- 23/03/2010 01:00
La verdad que nadie se atreve a escribir
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Agrega La Estrella en Google ↗️Ni los voceros del Gobierno, y mucho menos la propia población, entienden las razones del porqué a los consumidores no les alcanza el dinero para cubrir los gastos básicos del presupuesto familiar. Y, como es natural, resulta más fácil acusar a alguien y endilgarle su responsabilidad, que analizar el problema desde su origen y buscarle una solución integral.
Es totalmente falso que el costo de la vida haya aumentado en la proporción y la forma en que los detractores del Gobierno vociferan acerca de la inflación, la intermediación, la especulación y el acaparamiento. La verdad es que los precios aumentan, pero también bajan y fluctúan, de acuerdo a las reglas de la oferta y la demanda, tal como se espera en una economía como la nuestra. En el caso de los combustibles, por ejemplo, los precios por galón subieron en el 2008 por encima de los $4, alcanzando así cifras históricas. Pero igualmente es cierto que los precios luego bajaron a niveles muy parecidos a los de hace cinco y siete años.
Lo mismo ocurre en otros mercados, en donde los precios suben y bajan. Por supuesto, los precios reflejan el punto de equilibrio entre la oferta y la demanda y son un indicativo de la propensión al gasto y del deseo de los individuos en adquirir un bien o servicio específico. Si nadie pagara por un producto a un determinado precio, los fabricantes o comerciantes tendrían que bajar el precio o eventualmente regalarlo, pero aún no logro conocer a nadie que, en su sano juicio, haya bajado los precios si los consumidores apuestan a comprarlo a un precio elevado.
Por tanto, la responsabilidad para que los precios bajen es del consumidor y no del Gobierno ni de ningún ente regulador, como pretenden los desconocedores del libre mercado o los ilusos que aún esperan la llegada de las promesas de campaña de la actual administración. Entiéndase bien, ni el Gobierno nacional ni ninguna institución fiscalizadora tiene la fuerza que podrían tener los propios consumidores en la composición de los precios. Y lo cierto es que cada vez que un gobierno se involucra en la tarea de regular precios, no solo termina haciéndolo mal, sino que aprovecha la coyuntura para conspirar contra los consumidores, dividirse las ganancias y atentar contra el bienestar de la mayoría.
Pero la verdad que duele no es esa, sino que los consumidores tenemos la culpa por todo lo que pasa en el mercado. Primeramente, no hemos hecho lo necesario para unirnos como organizaciones y planear coordinadamente nuestras gestiones de compra. Como grupo influyente hemos fracasado, y por eso a las empresas les resulta muy fácil controlarnos a su antojo y conveniencia. Si no nos unimos, estamos perdidos y nunca podremos remontar el marcador.
Lo segundo es que los consumidores gastan su dinero en actividades superfluas. Panamá encabeza la lista de congos; somos líderes en consumo de juegos de azar, alcohol y telefonía celular. Más de 2.5 millones de dólares se malgastan diariamente en casinos, y no por turistas multimillonarios, sino por panameños y residentes en áreas marginadas que empeñan su salario completo, porque desde tempranas horas de la mañana reservan su espacio al lado de tragamonedas y “ maquinitas ”.
Igualmente, las cantinas, bares y toldos se han convertido en los lugares predilectos para la convivencia. Es una barbaridad la forma en que se consume licor en Panamá y lo triste es que las autoridades miran hacia otro lado. Ya no se necesita cédula para libar; solo se requiere el vil dinero. Con el cuento de que la caña genera empleo, la venta de ron y seco ha aumentado. En la mayoría de los supermercados, las botellas y pachas se encuentran en la misma caja registradora y en los primeros y selectos anaqueles, porque es lo que más se vende.
Y algo parecido ocurre con los celulares. Aunque llegamos tarde a la telefonía móvil, hoy nadie nos gana. La penetración es casi perfecta; producto de la competencia, el mercado de celulares es muy concurrido, hasta el punto en que miles de usuarios gastan más del 30% de su salario en equipos y tarjetas de prepago.
Y con respecto a los alimentos, el mismo trágico razonamiento. El panameño prefiere comprar aquello que no aporta nutrientes, produce enfermedades y causa obesidad. El consumo de soda ensombrece al de jugos naturales, el de cerveza al de leche y el de grasas al de vegetales y legumbres. El consumidor no logra comprender la importancia del concepto de productos substitutos y se deja influir fácilmente por la conveniencia de los alimentos procesados, empacados y congelados, rubro que en la actualidad alcanza el de mayor crecimiento en los supermercados del país.
En esencia, lo que está pasando es que los consumidores no están informados y tampoco los medios están atendiendo su obligación de suplir la información sobre las alternativas de consumo. Y mientras el consumidor siga impulsivamente gastando en productos innecesarios y dejándose llevar por las ofertas y la publicidad, los comerciantes seguirán jugando bolsita con nuestro dinero. Es hora entonces de que las autoridades intervengan, no para regular los precios, sino para orientar y educar a la población. No hacerlo promovería a ensanchar la brecha entre los pobres y los ricos, a ampliar el círculo vicioso del malgasto y la desnutrición, y a contribuir a que la gente siga percibiendo que el tema de los precios y la canasta básica es una promesa incumplida, cuando en la realidad, es todo lo contrario: vivimos en un país que ha estado y está privilegiadamente mucho mejor que todos los demás.
*Empresario.lifeblends@cableonda.net