Las afectaciones, provocadas por lluvias inusuales y fuertes vientos que impactaron principalmente el norte y el centro del país, han dejado daños considerables...
¿Qué duda cabe? La creación literaria es una actividad tanto intelectual como vivencial y artística. Su herramienta principal es, por supuesto, el lenguaje. Pero no cualquier lenguaje, sino el más apto y depurado posible, indefectiblemente propicio a las situaciones narradas. Como es sabido, tanto el cuento como la novela y la poesía, en diverso grado y mediante técnicas diferentes, crean un mundo inédito, inesperado, que busca conmover al lector sensible, como primero debió hacerlo a su autor. Si el creador no se emociona con lo que escribe, mucho menos lo hará el lector, ya que uno es el primer lector de sí mismo.
El cuento es el más antiguo de los géneros literarios, si tomamos en cuenta que el ser humano, desde que razona y habla —la escritura es más tardía—, siempre ha sido propenso a contar (a menudo a inventar) historias y, asimismo, a escucharlas. Y para ello echa mano tanto de la experiencia (propia y ajena) como de la imaginación. Casi siempre combinándolas. En este sentido, no hay cuento ni novela —géneros narrativos por excelencia— sin historia. Una historia que debe ser verosímil por más realista o fantasiosa que sea, y tener la necesaria densidad, de tal manera que el lector pueda irse sintiendo inmerso sin remedio en sus coordenadas al descubrir vetas, matices y aristas de diverso tipo sin que decaiga su interés: esa es la segunda gran recompensa del autor; la primera, sentirse indisolublemente identificado con cada aspecto, cada imagen, cada certeza (o acaso solo cada sugerencia) del mundo creado. Ambos aspectos representan la verdadera satisfacción de un escritor, independientemente de si al publicarse como parte de un libro éste termina vendiéndose bien o no.
Por otra parte, si un texto literario —cuento, novela, poesía— termina siendo memorable o no a lo largo del tiempo, depende de una serie de factores cambiantes, pero sin duda sus cualidades intrínsecas —artísticas y humanas— son el factor principal. Lo cual no quiere decir que si un cuento (en este caso) no se considera tan bueno como para llamársele memorable, no por eso deje de ser excelente en fondo y forma... Se puede escribir un cuento sobre temas como la trivialidad e incluso sobre lo cursi, lo importante es que el cuento mismo, como tal, no sea ni una cosa ni la otra, sino un texto manejado con la destreza que dan el humor, la ironía y la autocrítica.
Sobre su forma de entender el cuento ha dicho Julio Cortázar en una memorable conferencia dada en La Habana en 1962: “El cuento perfecto es una síntesis viviente... Algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia... De alguna manera implica una suerte de explosión de energía espiritual... Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige”.
Cada vez se escriben más libros en torno a diversos aspectos de fondo y forma en relación con el cuento como un género literario en plena evolución. Algunos grandes conocedores teóricos del cuento son: el ruso Vladimir Propp (1895-1970); el búlgaro-francés Tvetan Todorov; los norteamericanos Seymour Menton (1927-2014) y Harold Bloom (1930-2019); el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937); los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986), Julio Cortázar (1914-1984) y Enrique Anderson Imbert (1910-2000); los mexicanos Luis Leal (1907-2010), Edmundo Valadés (1915-1994) y Lauro Zavala (1954); el chileno Fernando Burgos, entre otros. Además de ser lúcidos estudiosos del género, los dos últimos se han dado a la tarea de preparar importantes antologías o compilaciones históricas acerca del cuento contemporáneo.
Por otra parte, algunos grandes escritores son sin duda los maestros del cuento, género que cada vez más se escribe en el mundo, y sobre todo en América Latina. Conocer sus obras es comprender las variantes que este tipo de ficción breve entraña, así como su relación con la vida misma y la imaginación. Menciono algunos: El ruso Antón Chéjov (1860-1904); el francés Guy de Maupassant (1850-1893); los norteamericanos Edgar Allan Poe (1809-1849), Nathaniel Hawthorne (1804-1864), Ernest Hemingway (1899-1961), Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), Flannery O`Connor (1925-1964), John Cheever (1912-1982) y Edmund Carver (1938-1988); los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y Julio Cortázar (1914-1984); los uruguayos Horacio Quiroga (1878-1937), Juan Carlos Onetti (1909-1994) y Mario Benedetti (1920-2009); los mexicanos Juan Rulfo (1917-1986), Juan José Arreola (1918-2001) y Edmundo Valadés (1915-1994); el peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994); la brasileña Clarice Lispector (1904-1977); y las canadienses Alice Munro (1931-2024) y Margaret Atwood (1939).
En Panamá la lista es larga, empieza con Darío Herrera y el primer libro de cuentos de un panameño: Horas lejanas (1903); pasando mucho después por Rogelio Sinán (1902-1994), con La boina roja y otros cuentos (1954), Moravia Ochoa López (1939) con Yesca (1961), su primer cuentario, hasta llegar al enorme conglomerado de excelentes cuentistas que surge en el actual siglo XXI, sobre todo mujeres de cinco generaciones.