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- 07/01/2026 00:00
Panamá, enclave de crisol: nuestra mezcla cultural como fortaleza
La hibridación cultural panameña —de barrios, oficios y migraciones— es un activo estratégico para la cohesión y la resiliencia nacional. Cuando se demolió el monumento de la comunidad chino‑panameña junto al puente de las Américas, no solo desapareció esa infraestructura: se encendió una conversación sobre quiénes somos y cómo nos reconocemos. Este hecho mostró que nuestros símbolos públicos pueden fracturarse si no hay diálogo, y que, al mismo tiempo, la convivencia cotidiana —en mercados, panaderías y plazas— sigue siendo el verdadero tejido que nos sostiene en la incertidumbre.
Panamá es un crisol que funciona como ventaja práctica en tiempos de cambio. Esa mezcla —indígenas, afroantillanos, chinos, europeos, asiáticos y migrantes recientes— ha tejido redes sociales y económicas que actúan como amortiguadores frente a crisis. Para que esa ventaja rinda frutos, debemos reconocerla con políticas y memoria pública que la protejan y potencien.
Las huellas de esa hibridación son visibles en lugares concretos: el barrio Chino y sus negocios familiares, las comunidades afroantillanas de Colón y los mercados del Casco Antiguo, donde sabores y oficios se entrelazan. Los aportes materiales —negocios, oficios, gastronomía— conviven con aportes intangibles: formas de organización familiar, redes de ayuda mutua y soluciones prácticas que emergen en barrios y mercados. Políticas públicas sensibles a la diversidad no son concesiones; son inversiones. Aplicar la ley con sensibilidad cultural no implica excepciones injustas, sino diseñar medidas que funcionen en contextos reales.
La memoria pública debe acompañar estas medidas. Rutas culturales, exposiciones sobre la historia de los barrios y archivos comunitarios fortalecen el sentido de pertenencia y la cohesión democrática. Contar la historia de las migraciones y los oficios no es nostalgia: es prevención de conflictos y construcción de capital cívico. Cuando los ciudadanos reconocen su pasado compartido, disminuyen las tensiones y se facilita el diálogo en torno a decisiones urbanas y patrimoniales.
Honrar la diversidad no es solo un gesto simbólico: es una apuesta por la estabilidad y el progreso. Panamá, como economía de servicios, se beneficia de su posición geográfica, su infraestructura logística y, sobre todo, de la convivencia armoniosa de diversas culturas y credos. La pluralidad nos ha permitido ofrecer servicios flexibles, redes comerciales resilientes y soluciones prácticas que nos distinguen en la región.
A los servidores públicos y autoridades del país les corresponde transformar el reconocimiento simbólico en políticas efectivas. Municipalidades, ministerios y organismos estatales deben priorizar la participación comunitaria, adaptar procedimientos administrativos y destinar recursos a iniciativas de memoria y formalización. Solo así la mezcla que somos seguirá siendo fuente de creatividad, resiliencia y prosperidad para las próximas generaciones.