• 14/03/2026 00:00

Panamá: ¿país de paso o país de peso?

Nos hemos acostumbrado a repetir que somos el “puente del mundo” casi como un rezo que nos va a salvar de todos los males. Lo decimos con el pecho afuera, mientras vemos las grúas pórtico de Balboa desde la capital o pensamos en el agitado movimiento de Cristóbal en Colón, ambos sin descanso como piezas de un sistema logístico que nunca duerme. Pero a estas alturas de 2026, la realidad es más que una ubicación privilegiada en el mapa. El reto hoy es otro, mucho más silencioso y quizá más espinoso: la desconexión entre el éxito de nuestra logística y la realidad de la mesa del panameño.

Justo Arosemena, en su obra El Estado Federal de Panamá, ya advertía con esa lucidez que nos hace falta hoy: “La posición geográfica de Panamá es su principal riqueza, pero puede ser también su mayor peligro si no sabemos gobernarla con inteligencia propia”. Arosemena lo escribió en el siglo XIX y todavía hoy nos suena a una verdad que nos quema en las manos. De nada sirve que el Canal avance con proyectos como el de Río Indio para asegurar el agua, si esa “inteligencia propia” no se traduce en empleos que saquen a ese 10 % de la población del congelador de la desocupación.

Esa inteligencia propia también implica saber movernos en el tablero internacional sin que nos manejen los hilos. Estamos en medio de una pulseada de titanes entre Estados Unidos y China, donde ambos miran nuestro istmo como una ficha estratégica en su ajedrez particular. Pero Panamá no puede permitirse ser el mandadero de agendas ajenas ni el escenario de pleitos que no nos pertenecen. Nuestra política exterior debe ser de un pragmatismo valiente: actuar acorde a lo que le conviene a este pedazo de tierra y no a lo que se dicte desde despachos en Washington o Pekín. La soberanía no es solo una bandera izada; es la capacidad de decir “no” cuando el interés foráneo choca con el bienestar nacional.

Lo cierto es que el éxito de los recientes foros económicos suena a cuento chino para el que ve cómo la informalidad se vuelve el único refugio. Hay una distancia enorme entre el Panamá de los rascacielos y el Panamá que suda el día a día para que el salario alcance hasta la quincena. Balboa y Cristóbal son terminales de clase mundial, pero si ese movimiento de carga solo pasa de un océano a otro sin transformar la realidad de un Colón que se cae a pedazos o de una capital que segrega a su gente, entonces solo somos una servidumbre de paso muy bien decorada.

La verdadera elegancia de una nación no está en el vidrio de sus edificios ni en cuántos contenedores movemos por hora, sino en la capacidad de su gente para prosperar en su propia tierra. Ya es hora de que dejemos de ser el pasillo del edificio para convertirnos en los arquitectos de nuestro propio destino. Al final, el mundo no necesita un espectador de lujo en el istmo; necesita un Panamá que se atreva a liderar con la franqueza de quien conoce su valor, pero sobre todo, de quien tiene claras sus prioridades.

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