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Pasadas las fiestas del cristianismo, la muerte y resurrección de Jesucristo y las fiestas judías, a inicios de este mes de abril, reflexiono sobre los profesos de comunicación para promover y presentar a la comunidad, incluso la global, las creencias e historias que sostienen estas celebraciones o conmemoraciones. También se viene dando, a raíz de los conflictos de la guerra en el medio oriente, un intenso proceso comunicativo que pretende definirlo como un asunto de creencias religiosas; el bien contra el mal. Eso ha provocado un aumento significativo en la comunicación sobre estos asuntos, más fácil e invasivos con las redes sociales.
Hace un tiempo relaté lo siguiente: “me ha ocurrido un sinnúmero de veces y seguramente a ustedes también. Por no ser grosero, he dejado que continúe, seguramente ustedes también. Un conocido de muchos años me pidió una opinión sobre un asunto que, por razones profesionales, conozco mejor que él. Dispuesto a colaborar con el amigo, intercambiamos números de teléfonos personales. A la mañana siguiente, por WhatsApp, recibí al amanecer, un mensaje del susodicho: un mensaje bíblico. En principio no rechazo las buenas intenciones de un ser que, en su íntima convicción, desea expresar una consideración de amistad y de bienestar. Después de todo, vivimos en un mundo multicultural, envuelto en una miríada de creencias. Extender la mano y desearle ventura a otro ser humano, en buena fe, desde cualquier perspectiva o creencia personal, es bueno.
El problema inicia cuando el susodicho, y otros tantos, comienzan a enviarte a cada hora del día, un sin número de cadenas de supersticiones, alabanzas, mensajes tomados de la Biblia, supuestas vivencias de otras personas que “no siguieron el mandato” o las leyes supremas, con la intención de causar miedo y en algunas ocasiones pánico. Poco envío mensajes o “estampitas” desde las perspectivas de mi propia visión del mundo y el lugar del humano en su desarrollo, por ese asunto del respeto a las creencias ajenas”.
Desde el punto de vista de la comunicación y el posicionamiento de mensajes en la discusión cotidiana, los ‘creyentes’ no solo ocupan espacio en las pantallas de los medios televisivos como evidentemente se aprecia, sino también, estratégicamente, se han ido posicionando en las redes sociales, condicionando el medio, atentando decididamente contra el desarrollo intelectual de gran parte de la población.
Ese propósito de evangelización (o adoctrinamiento), se sustentan sobre un proceso comunicativo que inicia en el púlpito, o las tarimas de las congregaciones, y se consolida en la última década, mediante el proceso comunicativo intenso y constante en las redes sociales; dirigido a los creyentes y sus círculos inmediatos. La influencia es tan intensa que los envalentona y de cierta forma promueven una actitud agresiva en contra de los que diferimos.
La dominación mental es tan fuerte que la necesidad de expresar ideas y conceptos más elaborados, de presentar un entendimiento sobre los temas, de cuestionar con duda o razón, de plantear alternativas viables o, a considerar por las otras partes, va quedando en entredicho con base en la fe y deidades. Los ha llevado a simplificar situaciones que, en muchos casos, merecen de un ejercicio cerebro—intelectual y de razonamiento más profundo sustentados en la investigación científica.
Cualquier pensador antiguo hubiera lanzado la premisa de que, a mayor población, un más amplio abanico de ideas, más y mejores conceptualizaciones filosóficas, más reflexión sobre los temas, más alternativas de desarrollo y mejoramiento humano.
Esta entrega no es una crítica ni un cuestionamiento a lo que el individuo crea que debe celebrar en la búsqueda de su paz y espiritualidad interna y personal. A la buena voluntad de muchos que a través de la religión desean servir a otros. En todo caso, sí es una crítica a los que sistemáticamente se aprovechan de esa necesidad para controlar y aprovecharse de los temores, debilidades o vacilaciones humanas, alejándolos a toda costa de fortalecer su propia capacidad de pensar.
Se ha desarrollado una conciencia clara sobre la utilidad de las nuevas tecnologías y las redes sociales, su utilidad para desinformar y manipular. Si hay mensajes contrapuestos y cuestionadores, ellos, puntualmente a través de las redes sociales, mantendrán sus rebaños alineados y en orden. Lo experimentamos en estos momentos con los mensajes para muchos sectores alrededor de la guerra. Un segmento importante de la población que no duda ni cuestiona lo presentado. Siguen ciegamente a los que muchas veces lucran de la confianza otorgada. Seducidos por las promesas de una vida mejor en un tiempo, un lugar y un espacio desconocido y de esa manera manipuladores continuarán su intento de detener el desarrollo y mejoramiento de la condición humana.