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- 10/03/2010 01:00
Seguridad pública
Me asombro cada día más sobre este tema de la violencia y en especial de los asesinatos. Estamos abochornados de los constantes homicidios que de seguro hay que separar entre los pasionales y el resto, lo cual nos conlleva a una serie de variables en las que media el poder y la riqueza, mientras que en lo primero oscilan los sentimientos. Por supuesto que una muerte violenta e inducida al final tiene el mismo efecto pernicioso, aparte de la preocupación de los estudiosos en sociología, psicología, psiquiatría y ciencias afines sobre este apasionante tema.
Hay un marcado desprecio por la vida en estos tiempos. Pareciera que los criminales se gradúan al producir la muerte, con lo que alcanzan fama en especial a temprana edad, por la facilidad con la que responden a los hechos criminales, con todo y lo endurecido de las penas para todos, en una equivocada creencia que entre más aprietan menos muertes se producen, pero es que diez años más de cana obligará al gobierno a construir un 30% de recintos más del hacinamiento que existe.
El estupor milita en las constantes peroratas de “ expertos ” en seguridad con enfoque de la represión como salida, mientras descuidan la prevención e ignoran la rehabilitación. Así pasamos de gobierno en gobierno, mientras la criminalidad extrema crece de forma desmedida. Podemos asegurar que la respuesta sobre este laberinto no está en la Policía Nacional, no lo garantiza el portar un arma de fuego; conocer sobre karate, cargar un rociador o repelente, alumbrar las calles de noche o dejar de salir a la calle.
Tenemos que disponer de una alimentada conciencia sobre lo que ocurre, si la falta de libertad está en manos de gente inconsciente, intolerante, delincuente, de ese mal vivir en donde predomina el descrédito, la calumnia, esa acerada envidia o la desmedida competencia por aparentar. No hay dudas sobre los sueños del éxito y del poder alcanzado con el esfuerzo, pero todos los sacrificios, ahorros, esfuerzos vicisitudes para alcanzar una mañana mejor, lo apaga el fogonazo de un disparo, lo trunca una muerte repentina e inducida por alguien sin conciencia y el ayuno de valores.
Nosotros conocemos lo que a diario nos ocurre. Podemos fácilmente identificar el que no trabaja o a quien no goza de finalidad social. Aquellos que tienen una vida regalada de parranda, francachelas, de negocios turbios con pingües ganancias. Tratamos a diario a sujetos agresivos, impertinentes, groseros, intolerantes. Lo más fácil es enfrascar una discusión o acto de violencia, simplemente porque me caes mal y sino que los psicólogos nos digan por qué un carro viene lejos por la avenida y si tratamos de entrar a la vía con suficiente espacio, nos suena la bocina para que lo dejemos pasar primero.
Bueno, todavía no sabemos de qué parte del cerebro sale ese acto agresivo, o lo que han llamado pulsión , que significa para estos avatares, el impulso psíquico característico de los humanos. Wikipedia nos apoya con esta diferencia: “ El instinto es típico de los animales no racionales. Mientras que el instinto responde al circuito “estímulo-respuesta” y posee objetos precisos e inamovibles, las pulsiones carecen de objetos fijos, predeterminados ”. Aparecen como en las películas en las que late el corazón mientras se acerca el momento de la agresión, que desata una mano invisible que obnubila la razón del sujeto agresor. Son tensiones somáticas provocadas en el individuo y derivadas de factores psíquicos. Todavía no sabemos lo que impulsa al agresor. Esta materia es muy compleja por las variables existentes y porque los resultados se tienen a largo plazo. Para la seguridad nos hace falta una gran ración de voluntad social y el empuje político.
*Abogado y docente universitario.cherrera@cwpanama.net