Los familiares de los presos políticos en Venezuela cumplen este lunes, entre la fe y la impaciencia, la quinta noche de espera de nuevas excarcelaciones...
No siempre la vida nos permite ejercer nuestros más genuinos talentos en alguna esfera de las artes, y que esa bendición coincida con la realidad laboral que nos toca buena parte de la vida como modus vivendi. A menudo una cosa nada tiene que ver con la otra, y lo laboral se impone.
Desde joven, tuve la suerte de que convivieron el gusto por la docencia con la necesidad irrenunciable de dedicarle tiempo y esfuerzo a la escritura; y más adelante como investigador, promotor cultural y editor, funciones ejercidas con entusiasmo y vigor irrenunciables durante más de 65 años... No faltarán quienes por razones de amistad conocen la principal experiencia que aquí rescato; pero estoy seguro de que la mayor parte de mis lectores no, ya que la caracteriza un sesgo personalísimo, y en ello estriba para mí su valor histórico.
Lo primero a recordar es que fui profesor, y a la vez recalcitrante físicoculturista, en diversas épocas de mi juventud. Di clases en el Instituto Nacional, La Salle, Colegio Javier, Instituto Panamericano e Instituto Psico-pedagógico. También me ha tocado laborar como docente por periodos cortos en dos universidades norteamericanas: la Universidad de California, en San Bernardino; y la Universidad Estatal de Oregon; en Corvallis. Antes, becado, había obtenido sendas Maestrías en Creación Literaria y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Iowa, en Iowa City.
Pasando el tiempo, fui profesor en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (en su campus de Querétaro); pero sobre todo, durante siete años (1976-1982), me tocó en suerte ser admitido como profesor titular en la mexicana Universidad Autónoma Metropolitana. Ahí conocí a la poeta panameña Diana Morán (1932-1987), exiliada por el primer gobierno de Omar Torrijos, junto a un grupo de intelectuales de extrema izquierda (Dimas Lidio Pitty; Ramón Oviero; Federico Britton; Jorge Turner Morales y José Manuel Bayard Lerma. Con Diana tuve una bella amistad, y como editor incipiente publiqué su poemario “Reflexiones junto a tu piel” (1982). Falleció en el exilio, y sus cenizas fueron esparcidas en aguas del Canal de Panamá, cumpliéndose así su voluntad. Igualmente publiqué ese año el primer poemario de Bayard Lerma: “Los días del incendio”.
Ya antes, en 1971, había publicado “Antología crítica de joven narrativa panameña”, que mereció elogioso artículo en el Excélsior, de la escritora mexicana Rosario Castellanos, y entrevista de la periodista Elena Poniatowska en Novedades. En esa antología di a conocer a los más sobresalientes cuentistas del momento: Moravia Ochoa, Pedro Rivera, Bertalicia Peralta, Enrique Chuez, Griselda López, Dimas Lidio Pitty, Aristeides Turpana, Roberto Mckay y yo mismo. Fue la primera entrada de las nuevas Letras panameñas a México.
Al haber merecido en 1971 el Premio Centroamericano de Literatura, convocado por el Centro Mexicano de Escritores, fueron dos grandes escritores, Juan Rulfo y Salvador Elizondo, quienes evaluarían durante once meses lo que íbamos creando los becarios (cinco jóvenes mexicanos y mi persona). De aquella experiencia habrían de salir los 40 cuentos de mi obra más celebrada internacionalmente: “Duplicaciones” (Joaquín Mortiz, 1973).
Y aquí viene un indispensable flashback: Resulta que la noticia de haber ganado aquella singular beca me fue enviada mediante telegrama al apartado postal que tenía en Calidonia. Ahí quedó varado, ya que sólo revisaba mi correo los sábados. Días después llega otro telegrama, inusualmente extenso, a casa de mis padres en Colón: “Lamentamos comunicarle que al no recibir respuesta aceptando nuestra beca por haber sido Ud. el merecedor de la misma, hemos decidido favorecer al segundo lugar: un talentoso poeta guatemalteco cuyo nombre nos reservamos...”.
Explicado a mi padre lo sucedido, a la sazón buen amigo de Omar Torrijos, por un tiempo director de la Policía Nacional en esa ciudad, al día siguiente fuimos a verlo a la capital muy temprano cuando salía de su casa, para contarle lo sucedido, y ver si de algún modo podía ayudarnos. Logramos hablarle pese a los guardaespaldas que, intrigados, vigilaban. Mostrándole ambos telegramas le explicamos lo ocurrido. ¡Dos días después me habían devuelto la beca!
Torrijos le había ordenado de inmediato a Juan Antonio Tack, entonces ministro de Relaciones Exteriores, resolver el asunto. Recuerdo estas frases suyas hablándole por teléfono desde su casa: “¡Explícales bien el asunto y a ver cómo carajo resuelven pronto esta vaina! ¡No podemos permitir que a un talentoso joven autor panameño se le arrebate su beca ganada en buena lid! ¡Y no me vayas a fallar, coño!”.
Terminada la beca, durante varios años sobreviví publicando en suplementos culturales de periódicos: Excélsior, Novedades, El Heraldo de México y El Nacional. Eran otros tiempos: Se pagaba bien ese tipo de colaboración, solo tenía 24 años y era soltero... Poco después, como ya expliqué, sería contratado por la UAM. Y, en 1983 regresé a Panamá para aceptar la Dirección del Departamento de Letras del Instituto Nacional de Cultura (INAC), antecedente del actual Ministerio de Cultura. ¡Lo demás es historia!
Alguna vez le comenté a mis hijas mexicanas: “¡Aunque no lo crean, en más de un sentido ustedes nacieron gracias a Torrijos!”