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- 31/05/2010 02:00
Seguridad y comunicación
Entre los 14 puntos que los grupos de la sociedad civil le entregaron al gobierno durante la reciente Marcha por la Paz, se solicitó que se pusieran en práctica ‘políticas de prevención primaria’. Estas políticas deben considerar, ante todo, el factor de la conducta humana. Los esquemas de comportamiento del individuo, desde su nacimiento y durante su ascensión en el conglomerado social. Claro está, todo programa debe comenzar con el núcleo familiar, el biológico, el de sangre, no el de los grupos y las pandillas que hoy nos amenazan.
No es secreto que mantener la estructura familiar en estos tiempos es uno de los retos más significativos para toda sociedad. Las amenazas de descomposición social como consecuencia de modelos de comportamientos desfavorables e individualistas hacen casi imposible ejecutar estrategias diseñadas para poner en marcha procesos de cambio que contrarresten las deficiencias sociales. Estás ‘políticas de prevención primaria’ deben enfocarse en diseñar programas que atiendan las desventajas que vive a diario el enorme segmento de la población que está en condiciones de pobreza y retos sociales cotidianos de toda índole.
A mi juicio, esto debe incluir políticas relacionadas a la utilización de los medios masivos de comunicación a nivel nacional. Es crucial la influencia dominante que ejercen los medios en la construcción y reconstrucción del entorno social. Y a nadie debe sorprenderle que esa influencia sea más determinante sobre las capas sociales mencionadas.
El artículo 89 de la Constitución de la República de Panamá señala que: ‘Los medios de comunicación social son instrumentos de información, educación, recreación y difusión cultural y científica. Cuando sean usados para la publicidad o la difusión de propaganda, éstas no deben ser contrarias a la salud, la moral, la educación, formación cultural de la sociedad y la conciencia nacional. La Ley reglamentará su funcionamiento’. Y así debe ser. Existen leyes, reglamentos, decretos ejecutivos, resoluciones, que tratan de reglamentar la prensa, la radiodifusión, la televisión, la publicidad y todos los medios consabidos. Pero con todo esto, los que manejan los medios no parecen entender las repercusiones de sus decisiones sobre la sociedad y en estos momentos en el tema de la seguridad.
Una sociedad en franco desarrollo debe buscar, en otras dimensiones del quehacer humano, la fórmula para rescatarse del analfabetismo funcional, la mediocridad glorificada, la barbarie social, el bajo nivel cultural y la ineptitud oficial por atender estas deficiencias. Rescatarse además del juegavivo y de la politiquería malsana, que mantiene a grandes sectores en clara desventaja ante las capas sociales que tienen los recursos económicos para su desarrollo integral. Si no creen que esta es una de las causas directas del nivel de inseguridad que vivimos, solo encienda los canales locales de televisión a cualquier hora.
Lo que nos corresponde hacer en las aulas de clases debe ir de la mano con lo que debemos hacer en todas las otras esferas del quehacer humano. Eso incluye a los medios de comunicación y lo que le ofrecen a la juventud en formación durante sus ratos de ocio y distracción. No pueden esconderse los medios en subterfugios que no pretenden cumplir como los acuerdos de autorregulación y las advertencias de contenido antes de cada programa.
No se trata de un proceso político, ni se resuelve con publicidad. Es un asunto de cambio social que toca las raíces emocionales de los involucrados y el éxito de un esfuerzo integral por atacar la inseguridad dependerá de las estrategias comunicativas establecidas. Cuando finalmente entendamos que los medios forman parte esencial del aparato de educación informal de la nación y de la sociedad, entonces entenderemos la responsabilidad que les cabe en las políticas y los programas que se diseñen para contrarrestar la inseguridad.
*Comunicador social.ernestoholder@gmail.com