José Javier Rivera, vicepresidente del centro de conciliación y arbitraje de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá, habló en exclusiva...
Estamos siendo testigos históricos y silenciosos de los más grandes cambios del siglo XXI en el mundo hoy, donde la inestabilidad estratégica con dos guerras que, aunque nacieron en regiones y circunstancias diferentes, hoy se unen en sus efectos sobre la economía global, la seguridad energética, la logística marítima y la construcción de posiblemente nuevos actores internacionales en todos los niveles y de todo tipo. La primera comenzó el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia invadió Ucrania, abriendo el mayor conflicto militar en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La segunda, de acuerdo con los hechos que vivimos escaló abiertamente el 28 de febrero de 2026, cuando se desencadenó la guerra entre Estados Unidos de América e Israel contra Irán, con posteriores represalias iraníes sobre infraestructura energética y objetivos regionales hacia sus propios aliados naturales. Ambas guerras, separadas por la geografía, pero se unen en un mismo resultado: “la fragmentación del orden global y el retorno de la geopolítica dura y pura como respuesta rectora de la economía mundial.”
GUERRA RUSIA Y UCRANIA
La guerra entre Rusia y Ucrania golpeó primero el corazón energético y alimentario del sistema internacional. Rusia era uno de los principales proveedores de gas para Europa, mientras Rusia y Ucrania tenían un peso determinante en trigo, maíz, fertilizantes y otras materias primas agrícolas. El resultado fue inmediato: energía más cara, alimentos más costosos, presión inflacionaria, interrupciones en puertos del Mar Negro y una alteración profunda de las cadenas de suministro. El impacto no se limitó a Europa. Se extendió a África, Medio Oriente, Asia y América Latina, porque cuando suben el gas, los fertilizantes y el transporte, sube también el costo de producir, mover y consumir casi todo.
EEUU, ISRAEL E IRÁN
La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán añadió en 2026 una segunda onda expansiva, esta vez sobre el mayor nervio petrolero del planeta. Algunos medios de comunicación reportan que la escalada, iniciada el 28 de febrero, golpeó instalaciones energéticas y disparó otra vez el precio del petróleo y del gas, al tiempo que interrumpió vuelos, elevó el riesgo sobre el Estrecho de Ormuz y alteró rutas comerciales críticas para el comercio internacional.
EL PROBLEMA
Si Ucrania hirió la seguridad alimentaria y la estabilidad energética europea, la guerra con Irán puso en jaque el centro neurálgico del petróleo y del GNL mundial.
Vistas en conjunto, ambas guerras permiten identificar con claridad los sectores más afectados. El primero es el de la energía, porque tanto el gas ruso como el petróleo y el gas del Golfo son piezas esenciales del abastecimiento global; cuando uno falla, sube el costo de generación eléctrica, de la industria y del transporte, y cuando fallan ambos en una misma etapa histórica, el efecto se multiplica. El segundo es el de agricultura y alimentos, ya que la guerra en Ucrania alteró exportaciones de granos y fertilizantes, golpeando directamente la seguridad alimentaria internacional. El tercero es el de transporte marítimo y logística, porque el Mar Negro y el Estrecho de Ormuz son corredores estratégicos; si allí hay guerra, el comercio tarda más, se encarece y se vuelve más incierto. El cuarto es el sector financiero, donde la volatilidad, la inflación y la aversión al riesgo empujan capitales hacia refugios y debilitan la planificación de largo plazo. El quinto es la aviación comercial, particularmente por los cierres, desvíos y cancelaciones en Medio Oriente documentados por Reuters. Y el sexto, paradójicamente beneficiado, es el de defensa y armamento, ya que cada escalada bélica impulsa compras militares, innovación táctica y contratos de seguridad, con estos últimos incluye los alimentos ultra procesados.
En términos de ganadores económicos relativos, la lectura también es clara. Se fortalecen los productores de energía no rusos, se valorizan el petróleo, el gas y el oro, y gana espacio la industria militar. El día de hoy que el petróleo Brent superó los 110 dólares por barril y que el gas europeo acumuló fuertes alzas desde el inicio de la guerra con Irán; por otra parte hay infraestructuras energéticas del Golfo destruidas y nuevas presiones sobre el suministro. Todo ello confirma que, en tiempos de guerra, el mercado premia a quienes controlan energía, minerales estratégicos, rutas seguras o capacidad disuasiva.
OPORTUNIDADES PARA PANAMÁ
Este cuadro no debe leerse solo como una amenaza, sino también como una oportunidad estratégica e histórica. Cuando el comercio global sufre cierres parciales, riesgos por chokepoints, sobrecostos logísticos o desvíos de rutas, nosotros ofrecemos una alternativa segura, estabilidad jurídica, servicios marítimos, infraestructura portuaria, extracción de minerales varios, redistribución de carga y neutralidad operativa adquieren un valor geoeconómico superior. Panamá ya posee ese activo en una escala que ningún otro país latinoamericano, ni del mundo posee, ni pueden replicar con facilidad en menos de 10 años al menos: el Canal, su plataforma portuaria, su conectividad marítima, aérea y financiera, y su vocación histórica de puente del mundo, corazón del universo. La Unión Europea nos llevó con sus listas discriminatorias a ser el país con los estándares más altos del globo terráqueo, nuestras leyes y políticas públicas nos convierten en un hub logístico y de inversión “en” las Américas, mientras que los medios internacionales han reportado nuevos movimientos e inversiones vinculadas al ecosistema portuario del Canal.
La oportunidad panameña está en comprender que la incertidumbre mundial eleva el valor de nuestros beneficios que podemos ofrecer garantizando una continuidad operativa. Si el Mar Negro es incierto, si Ormuz se vuelve riesgoso, si el Mar Rojo sigue tensionado y si muchas economías buscan reducir exposición a conflictos, Panamá puede proyectarse como punto de aseguramiento logístico, arbitraje comercial, reexportación, ensamblaje, producción de tecnologías energéticas, otras tecnologías, abastecimiento regional y atracción de inversiones de nearshoring y friend-shoring. La hipótesis es sencilla, en un mundo fracturado, los enlaces confiables valen más. Y Panamá ya es, por historia, por naturaleza y por geografía, uno de esos nodos.
Esta posición nos hace un llamado histórico, como alguna vez lo escucho Omar Torrijos Herrera al convocar al mundo entero no alineado por una causa internacional, hoy estamos llamados a construir una agenda latinoamericana muy ambiciosa, orientada a construir una gran alianza de cadenas de suministro seguras, puertos interoperables, extracción de minerales, facilitación aduanera, energía complementaria, seguridad marítima, digitalización comercial y promoción conjunta de inversiones. La idea de una “Latinoamérica Unida” deja de ser una consigna romántica y pasa a ser una necesidad práctica ante un comercio mundial cada vez más fragmentado.
Podemos liderar esa convergencia en tres puntos: La primera nuestra neutralidad funcional: no competimos con las grandes economías sudamericanas por escala industrial, pero sí podemos articular a todos. La segunda nuestra capacidad de conectividad: vinculamos océanos, mercados, cables tecnológicos de data y plataformas financieras. La tercera nuestra credibilidad logística: ya operamos como centro de servicios, comercio y tránsito en el continente. Desde esta posición, en Panamá podemos impulsar una integración regional y no una América Latina fragmentada con Estados negociando cada uno, “Lone Wolf”, sino una América Latina coordinada que transforme su ubicación, sus puertos, su agroindustria, su energía, sus minerales y su talento en una red de seguridad estratégica para Occidente y para el comercio global, donde todos en Latinoamérica obtengamos un “quick win” y también un “win win” Latinoamericano.
Ese liderazgo latinoamericano tendría una dimensión diplomática y política. Mientras las grandes potencias usan la fuerza para rediseñar esferas de influencia, Panamá y Latinoamérica estamos defendiendo lo opuesto: la seguridad del siglo XXI no se garantiza solo con misiles, sino también con alimentos, rutas seguras, puertos eficientes, extracción de minerales, energía diversificada, arbitraje confiable y cooperación regional. Allí está el verdadero beneficio estratégico para nosotros. Las guerras de Europa del Este y Medio Oriente han encarecido el comercio y creado desorden; nosotros podemos ofrecer orden y una alternativa económica interesante. Podemos ofrecer espacios seguros, integrar corredores, podemos garantizar neutralidad regional para el comercio, conectividad y concertación continental. Esta es la visión y la oportunidad que tienen los gobernantes y lideres latinoamericanos hoy, sería una arquitectura regional visionaria.
Hablando en lenguaje capitalista cito al gran Barón Nathan Rothschild: “El momento de comprar es cuando hay sangre en las calles”
Hablando con responsabilidad social, según el dos veces presidente de una gran potencia americana, Luiz Inácio Lula Da Silva : “La educación es el único camino para la libertad, el desarrollo y la justicia social.”
Cierro diciendo: “Ni con la izquierda, ni con la Derecha, sino con una integración entre Panamá y Latinoamérica, unidas.