Una botella de cristal con un pequeño mensaje dentro que apenas dice ‘Remember’ da la bienvenida a ‘Ground Zero 360 - Remembrance’, muestra que abrió este...
(Al amigo Rodrigo “Choza” Eisenmann). El 14 de octubre de 2003, hace más de veinte años, asistí en Panamá a una conferencia de Edward O. Wilson, uno de los grandes biólogos de nuestro tiempo y principal proponente de la hipótesis de la biofilia. Wilson había sido invitado por la Fundación Amador y el auditorio de ATLAPA estaba completamente lleno. Al terminar su exposición tuve la oportunidad de hacerle una pregunta que desde entonces me ha acompañado: ¿había llegado la biofilia a convertirse en una teoría científicamente demostrada o seguía siendo una hipótesis? Por una pequeña confusión con el sistema de traducción simultánea —yo hice la pregunta en inglés mientras Wilson esperaba escuchar la traducción por sus audífonos—, mi pregunta no fue comprendida y quedó sin respuesta. Pero mi curiosidad no desapareció.
La hipótesis de la biofilia, popularizada por Wilson en su libro Biophilia en 1984, propone, en términos generales, que el ser humano posee una predisposición innata a relacionarse con la naturaleza y con otros seres vivos. No se trataría solamente de una preferencia cultural o estética. Wilson sugería que millones de años de evolución en estrecho contacto con el mundo natural dejaron una huella profunda en nuestra especie. Esto es así, pues la familia humana existe desde hace 6 millones de años y nuestra especie, Homo sapiens, solo ocupa el 5 % de ese larguísimo proceso evolutivo. ¿Cómo no sentirse atraído por lo que nos ha rodeado durante el 95 % del desarrollo de nuestra familia, la familia humana?
La idea siempre me resultó fascinante, porque además corresponde a algo que experimento cuando camino por el bosque. En esas ocasiones me siento bien, más tranquilo, más consciente, más alegre, más humilde y, de una manera difícil de definir, más conectado con mi entorno. Durante muchos años consideré esa sensación como una experiencia personal. Sin embargo, la pregunta que quise hacerle a Wilson siguió presente: ¿podría la ciencia demostrar que detrás de esa sensación existe algo más profundo? Hace poco llegó a mis manos el libro Nature and the Mind, del psicólogo y neurocientífico ambiental Marc Berman. Su lectura hizo regresar aquella pregunta con una fuerza inesperada y me llevó a investigar cuánto había avanzado la ciencia desde aquella conferencia en Panamá, 23 años atrás.
El trabajo de Berman resulta particularmente interesante porque no se limita a preguntar si las personas dicen sentirse mejor en contacto con la naturaleza. Sus investigaciones intentan medir cambios concretos en funciones como la atención y la memoria. Diversos experimentos han encontrado que personas expuestas a ambientes naturales pueden rendir posteriormente mejor en ciertas tareas cognitivas que aquellas expuestas a entornos urbanos. 1Una explicación propuesta es la llamada “restauración de la atención”. Nuestra vida moderna exige constantemente concentración deliberada: trabajar frente a una pantalla, conducir, responder mensajes, tomar decisiones, bloquear ruidos, resistir innumerables distracciones. Por tanto, nuestro sistema mental inevitablemente se fatiga. La naturaleza, en cambio, capta nuestra atención de una manera menos exigente.
El suave movimiento de las hojas y de las nubes, el sonido del agua cuando se desliza sobre las rocas, el intrigante canto de un pájaro o la profundidad visual de un bosque despiertan nuestro interés sin reclamar el mismo esfuerzo cognitivo. Por otro lado, hay un aspecto de estos estudios que me parece especialmente sugestivo con relación a la hipótesis de Wilson.
Los beneficios de la exposición a la naturaleza no se limitan necesariamente a quienes se consideran amantes de ella. Este punto es fundamental. Si los efectos positivos dependieran exclusivamente de gustos personales, educación o cultura, sería lógico esperar que aparecieran principalmente entre quienes disfrutan conscientemente de los bosques y los espacios naturales.
Ahora bien, si una persona que no siente una particular inclinación por la naturaleza experimenta, aun así, cambios cognitivos o fisiológicos medibles al exponerse a ella, surge una pregunta mucho más interesante: ¿estamos observando una respuesta que se produce a un nivel más profundo que nuestras preferencias conscientes? Si así fuera, esa evidencia sería extraordinariamente consistente con la propuesta evolutiva de Wilson. Berman, además, no está solo.
Una amiga me había hablado anteriormente del trabajo realizado en Japón sobre los efectos de los bosques en la salud humana. Esto me llevó a conocer las investigaciones del médico Qing Li, uno de los principales investigadores del shinrin-yoku, conocido en Occidente como “baño de bosque”. Li y otros investigadores japoneses han estudiado cambios fisiológicos asociados con pasar tiempo en ambientes forestales. Entre los fenómenos investigados se encuentran indicadores del estrés y determinadas respuestas del sistema inmunitario. También se ha estudiado el posible papel de los fitoncidas, compuestos volátiles liberados por árboles y otras plantas.
La posibilidad es fascinante porque amplía enormemente la pregunta original. Nuestra relación con la naturaleza podría no ser únicamente psicológica. Un bosque es simultáneamente un ambiente visual y acústico, pero también químico y biológico. Respiramos su aire, escuchamos sus sonidos, percibimos sus formas y colores y entramos en contacto con sustancias producidas por otros organismos. Nuestra especie no evolucionó durante millones de años observando la naturaleza desde afuera. Evolucionó dentro de ella.
Cuando se consideran juntas estas distintas líneas de investigación aparece la siguiente secuencia: Wilson proporcionó una hipótesis evolutiva según la cual existe en los seres humanos una predisposición biológica hacia el mundo natural. Décadas después, investigadores como Berman estudian efectos de los ambientes naturales sobre la atención y otras funciones cognitivas, mientras Qing Li y otros científicos investigan respuestas fisiológicas asociadas con la exposición a los bosques. ¿Significa esto que la hipótesis de la biofilia ha quedado definitivamente corroborada por la evidencia?
La ciencia obliga a ser prudentes. Que la naturaleza produzca beneficios no demuestra automáticamente que esos beneficios tengan un origen evolutivo. Podrían intervenir muchas variables: menor ruido, aire más puro, reducción de estímulos urbanos, actividad física, patrones visuales particulares o asociaciones aprendidas a lo largo de la vida. Pero tampoco debemos perder de vista la importancia de la evidencia convergente.
Cuando investigaciones realizadas por distintos grupos, utilizando métodos diferentes y estudiando distintos sistemas del organismo comienzan a señalar en una dirección semejante, la hipótesis original adquiere un peso diferente. Y para mí existe un elemento particularmente poderoso: el hecho de que algunos efectos puedan manifestarse incluso en personas que no sienten conscientemente una gran atracción por la naturaleza. Si el organismo responde independientemente de nuestra preferencia, entonces la explicación cultural resulta incompleta. Es razonable preguntarse entonces si estamos observando una expresión de nuestra historia evolutiva.
Hay además una consecuencia mucho más importante que el debate académico. Si Wilson estaba en lo correcto, y si nuestra mente y nuestro cuerpo necesitan cierto contacto con el mundo natural para funcionar de manera óptima, entonces la conservación adquiere una dimensión adicional y trascendental. Proteger los bosques, los parques, la biodiversidad y los espacios naturales no sería solamente proteger otras especies ni preservar paisajes hermosos. Sería también proteger una parte de las condiciones ambientales que necesita nuestra propia especie para su óptimo desarrollo, máxima felicidad y pleno crecimiento.
En ese contexto, los espacios verdes dejan de ser un simple lujo o un adorno adicional del desarrollo. Pueden entenderse como una forma de infraestructura esencial para la salud humana, tan relevante para nuestro bienestar como muchos de los elementos que tradicionalmente consideramos indispensables en una ciudad: sistemas educativos y de transporte público, atracciones culturales, museos, aceras, entre otros elementos.
He dedicado muchos años a la conservación y he experimentado personalmente la sensación de bienestar que produce caminar por un bosque. Eso, naturalmente, no constituye evidencia científica. Pero ahora encuentro fascinante descubrir que la ciencia está comenzando a medir fenómenos que durante décadas muchos hemos sentido de una manera intuitiva.
Más de veinte años después de aquella conferencia en Panamá, sigo sin haber podido escuchar la respuesta de Edward O. Wilson a mi pregunta. Pero quizás hoy la pregunta sea todavía más interesante. Si investigaciones independientes en psicología, neurociencia, fisiología e inmunología continúan encontrando que el contacto con la naturaleza produce beneficios mensurables incluso cuando no existe una preferencia por ella, ¿estamos empezando finalmente a observar la huella biológica que Wilson llamó biofilia? Y, si la respuesta se acerca siquiera a un sí, la conservación de la naturaleza deja de ser únicamente una responsabilidad fundamental hacia el planeta. Se convierte también en una obligación vital hacia nosotros mismos.