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Venezuela se encuentra hoy ante un umbral histórico. Tras años de autoritarismo, desconocimiento electoral y degradación institucional, se abre una oportunidad real, largamente esperada, para restablecer el orden democrático que fue sistemáticamente vulnerado. No se trata únicamente de un cambio político, sino de una reivindicación moral: la recuperación de la dignidad de un pueblo cuya voluntad soberana fue ignorada para sostener un poder sin legitimidad.
Durante demasiado tiempo, la decisión libremente expresada en las urnas fue desconocida, mientras las instituciones republicanas eran erosionadas, el Estado de Derecho debilitado y los derechos humanos convertidos en variables prescindibles. Las consecuencias han sido devastadoras: empobrecimiento generalizado, migración forzada de millones de ciudadanos, fractura social y una profunda pérdida de confianza en lo público.
El principio de autodeterminación de los pueblos no puede seguir siendo una consigna retórica. Hoy exige coherencia y compromiso. La comunidad democrática internacional tiene el deber ético y político de acompañar al pueblo venezolano en su retorno a la democracia, no como un acto de tutela, sino como el reconocimiento de un derecho inalienable. La estabilidad, la paz y la prosperidad de nuestra región están íntimamente ligadas a que Venezuela vuelva a ocupar su lugar natural entre las naciones libres.
Este momento histórico adquiere un significado aún más profundo cuando se lo observa a la luz del legado de Simón Bolívar. El Libertador jamás concibió la república como una fachada del despotismo ni la unidad como excusa para la opresión. Su pensamiento fue claro y exigente: soberanía popular, instituciones republicanas sólidas, separación de poderes y unión entre pueblos libres. Invocar su nombre para justificar el autoritarismo ha sido una de las más graves distorsiones morales de nuestra historia contemporánea.
Panamá, precisamente, se prepara este año para ser anfitrión de la conmemoración del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826, aquel audaz llamado bolivariano a la unión de las repúblicas americanas sobre la base de la libertad, la igualdad entre Estados y el respeto a la autodeterminación. Resultaría inconcebible celebrar ese hito fundacional sin una Venezuela democrática, legítimamente representada, participando plenamente de esos actos. No por simbolismo, sino por coherencia histórica, política y ética.
El Congreso Anfictiónico no fue un proyecto de dominación, sino de cooperación entre repúblicas soberanas; no fue una alianza de caudillos, sino una visión de pueblos libres que se reconocían iguales en dignidad. Celebrar su bicentenario obliga a preguntarnos si estamos siendo fieles a ese espíritu o si hemos tolerado, por conveniencia o indiferencia, su negación más flagrante.
La hora que vive Venezuela es, por tanto, también una hora de definición para la región. Democracia o simulacro; república o caudillismo; derechos humanos o abuso de poder. Honrar a Bolívar hoy no implica repetir su nombre, sino hacer realidad sus principios. Y uno de ellos, quizá el más esencial, es que ningún poder es legítimo si no nace del consentimiento libre de los gobernados.
Que este sea, finalmente, el tiempo del reencuentro de Venezuela con su destino republicano, con su pueblo y con la comunidad democrática de las naciones.