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- 19/09/2026 00:00
Venezuela: ocho millones de razones para dejar de mirar hacia otro lado
La emigración masiva como medida concreta del fracaso venezolano. Alrededor de ocho millones de venezolanos viven hoy fuera de su país. Dicho así parece una estadística. Pero detrás hay familias que quedaron partidas, abuelos que se despidieron de sus nietos, personas que dejaron atrás su casa, su trabajo, su vida, y jóvenes que tuvieron que buscar en otro país lo que Venezuela dejó de ofrecerles. Es también una de las pruebas más difíciles de maquillar del fracaso del llamado socialismo del siglo XXI. Porque Venezuela no era un país condenado a la pobreza. Todo lo contrario. Tiene las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, alrededor de 300,000 millones de barriles.
Entonces la pregunta cae por su propio peso: ¿cómo se arruina un país sentado sobre semejante fortuna? No ocurrió de un día para otro. Y tampoco empezó con las sanciones estadounidenses, convertidas después en la explicación para casi todo.
El deterioro venía de bastante antes. Tras la crisis petrolera de 2002-2003, PDVSA perdió buena parte de su personal técnico y profesional. A la vez, una porción cada vez mayor de sus ingresos fue destinada al gasto público en vez de reinvertirse en producción. Llegaron los controles de cambio y de precios, las expropiaciones, las nacionalizaciones y una economía cada vez más sometida al poder político. El Estado comenzó a decidir qué se producía, cuánto costaba y quién podía hacerlo.
Al principio había dinero. Mucho dinero. El petróleo financiaba la fiesta y, mientras la caja siguiera llena, era fácil repartir, subsidiar, expropiar, robar y convencer a muchos de que aquello podía durar para siempre. No duró. Se gastó como si el precio del crudo jamás fuera a caer. Se castigó la inversión privada, se debilitó la producción nacional y PDVSA, la gallina de los huevos de oro, fue perdiendo capacidad técnica e inversión mientras se convertía cada vez más en una herramienta del proyecto bolivariano.
Después del impresentable de Hugo Chávez llegó otro impresentable: Nicolás Maduro. Maduro recibió una economía que ya llevaba la enfermedad dentro. Cuando el precio internacional del petróleo cayó en 2014, quedó al descubierto lo que los años de abundancia habían permitido esconder. El golpe fue brutal. Y al desastre económico se sumó algo peor: la represión.
Cuando los venezolanos salieron a protestar encontraron gases, golpes, detenciones arbitrarias, torturas y, demasiadas veces, balas. A lo largo de esos años hubo cientos de muertes vinculadas a protestas y operativos de seguridad, denuncias de ejecuciones extrajudiciales y miles de detenciones arbitrarias. Los llamados colectivos armados progubernamentales también hicieron lo suyo. Ya no era solamente un lugar donde vivir se hacía cada vez más difícil. Para muchos, protestar podía significar perder la libertad o incluso la vida.
Después vino el éxodo. Venezolanos cruzaron fronteras a pie, dejaron atrás casas, familias y trabajos, y empezaron otra vez desde cero en Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Panamá, Estados Unidos, España o donde apareciera una oportunidad. Y aquí hay una ironía difícil de ignorar. Venezuela, que durante el siglo XX abrió sus puertas a miles de latinoamericanos que huían de dictaduras y persecuciones políticas, no siempre encontró la misma solidaridad cuando fueron sus propios ciudadanos quienes tuvieron que escapar. En algunos países encontraron oportunidades y una nueva vida; en otros, también rechazo y discriminación.
Fuera de esa injusticia histórica, las sanciones no inventaron los controles de precios. No politizaron PDVSA. No expropiaron empresas ni destruyeron la confianza jurídica. Tampoco explican una represión que ya venía de antes. Fueron posteriores a buena parte del deterioro y no pueden utilizarse como borrador de lo ocurrido. El país también fue saqueado por quienes administraron y se beneficiaron del proyecto del socialismo del siglo XXI.
La batalla cultural también consiste en llamar a las cosas por su nombre. Venezuela tenía petróleo, recursos naturales, talento y dinero. El problema nunca estuvo ahí. El problema fue dejar demasiado poder en pocas manos y prácticamente ningún límite. Un modelo que prometía repartir la riqueza terminó repartiendo venezolanos por el mundo.
Al final, millones de venezolanos hicieron lo único que les quedaba: se fueron. Votaron con los pies, como suele decirse, y ese resultado es bastante difícil de discutir. Pero esta vez parece haber una luz al final del camino. Nicolás Maduro está preso en Estados Unidos y la intervención estadounidense ha cambiado el tablero, abriendo una posibilidad que durante años parecía lejana: que Venezuela pueda finalmente iniciar una transición hacia la democracia. Ahora falta lo más difícil: que Venezuela vuelva de verdad a la democracia. Que salgan todos los presos políticos, que nadie tenga que ir preso por pensar distinto y que se convoquen elecciones libres, limpias y sin trampas. No parece pedir demasiado después de todo lo que ha pasado. Solo entonces podrá empezar a reconstruir lo perdido y, sobre todo, volver a la libertad.