La propuesta del Tribunal Electoral elimina el voto en plancha y permite el voto cruzado en circuitos plurinominales, abriendo el debate entre partidos...
Hace 62 años, el pueblo panameño salió a las calles para exigir el fin del enclave colonial estadounidense en la Zona del Canal y poner término a la presencia militar extranjera en nuestro territorio. Fue el desenlace de décadas de lucha por la soberanía, iniciadas mucho antes de 1903, cuando los intereses de Washington se impusieron sobre las aspiraciones nacionales. La chispa la encendieron los estudiantes del Instituto Nacional y su protesta se propagó como un incendio por todo el país. La respuesta de Estados Unidos fue desproporcionada y violenta: 21 panameños asesinados y más de 500 heridos. El 9 de enero de 1964 se convirtió así en un parteaguas histórico, en un faro que recuerda que la independencia y la soberanía no se conceden, se conquistan. El sacrificio de aquel día abrió el camino a los Tratados Torrijos-Carter y culminó con la salida del último soldado estadounidense el 31 de diciembre de 1999. Con el Canal en manos panameñas comenzó una etapa de crecimiento y estabilidad que confirmó una verdad esencial: la soberanía es la base sobre la cual se construye un país próspero y con futuro. Hoy, cuando en la región resurgen discursos y prácticas que evocan viejas lógicas de influencia y presión externa, Panamá debe recordar el valor de quienes hicieron posible recuperar el Canal. Defender la soberanía no significa aislarse del mundo ni negar las relaciones internacionales, sino ejercerlas desde la dignidad, el respeto mutuo y el interés nacional. Nuestra nación no puede ni debe retroceder a esquemas del pasado. La dirigencia política —en gobierno y oposición—, junto a sindicatos, empresarios y sociedad civil, tiene el deber histórico de honrar el mandato de los mártires de enero. No hay espacio para ambigüedades ni para traiciones. Preservar la soberanía sigue siendo el camino más seguro hacia la libertad y la prosperidad de todos los panameños.