“¿Qué es lo que le impide venirse? ¡Que se venga! ¿Cuál es problema, pues? Lo que tienen es un show para ver cómo generan una campaña de intriga”, dijo...
Brasil llega este domingo a las urnas con una paradoja difícil de ignorar: tiene doce candidatos a la Presidencia, pero la campaña terminó gravitando, una vez más, alrededor de dos nombres. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro concentran la disputa y también el rechazo. La reconocida encuestadora Datafolha registra un 45% de rechazo para cada uno. Esa cifra dice casi tanto de esta elección como las propias intenciones de voto. Brasil exhibe una tasa de desempleo de 5,3% en el trimestre móvil terminado en agosto y una inflación acumulada de 4,22% en doce meses hasta agosto. Son números relevantes, pero el bolsillo, la seguridad, las cuentas públicas y la confianza en las instituciones siguen atravesando la conversación electoral. La polarización, sin embargo, ha vuelto a reducir el espacio para discutirlos. El último debate televisado fue cancelado después de que Lula y Bolsonaro decidieran no participar. La campaña cerró así sin un contraste directo entre los dos candidatos que encabezan las encuestas. Este domingo están convocados 158,7 millones de electores. Si nadie supera la mitad de los votos válidos, Brasil volverá a las urnas el 25 de octubre. Una democracia no se empobrece porque existan diferencias profundas. Se empobrece cuando esas diferencias sustituyen las preguntas que deberían hacerse a quienes aspiran a gobernar. Brasil decidirá su voto. Pero la tarea que quedará después será más difícil: recuperar una conversación pública en la que elegir no signifique únicamente impedir que gane el otro.