El director técnico de la Selección de Fútbol de Panamá, Thomas Christiansen, anunció el grupo de 26 jugadores que viajarán al Mundial 2026
Bajo el gastado escudo de la autonomía, la Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi) asiste a un lamentable secuestro de su institucionalidad. La decisión de Etelvina Medianero de Bonagas de atrincherarse en la rectoría, avalada por un Consejo General a su medida tras amagar con una renuncia, no es una simple anécdota administrativa. Es el reflejo contundente de un sistema donde el poder se perpetúa a costa del futuro del país. El problema de fondo trasciende a una sola figura. Las serias irregularidades señaladas por la Autoridad de Transparencia y Acceso a la Información (Antai) y la intervención de la Contraloría por la retención de descuentos salariales desnudan una gestión que castiga al eslabón más vulnerable: sus propios trabajadores. Jugar con la seguridad social y la estabilidad financiera de quienes sostienen la academia es un acto inaceptable que roza en la violación de derechos fundamentales. Un país que aspira al desarrollo y a la competitividad requiere de una empresa privada pujante, pero esta maquinaria solo puede nutrirse de profesionales formados en instituciones transparentes y de excelencia, no en feudos políticos opacos. La educación superior debe ser el faro cívico de Panamá, no un refugio para la mediocridad y la falta de rendición de cuentas. Frente a la complacencia burocrática, resuena la valentía de los estudiantes que protestan exigiendo decencia. A ellos hay que escucharlos. Exigir la sanidad de nuestras universidades públicas es defender el derecho a una educación digna. La autonomía jamás debe confundirse con impunidad.