Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
Hay quienes desde el pasado 9 de octubre no consiguen dormir una noche entera. Se despiertan sobresaltados, confunden cualquier ruido con una nueva sacudida y miran las paredes de sus casas como si hubiesen dejado de ser un refugio seguro. En el interior del país, donde el terremoto golpeó con mayor fuerza, las réplicas han prolongado una angustia que no desaparece cuando la tierra vuelve a quedarse quieta. Todavía teníamos frescas las imágenes de lo ocurrido en Venezuela y Colombia. Las habíamos visto con esa mezcla de preocupación y distancia que produce una tragedia ajena, hasta que nos tocó a nosotros. Desde entonces, una pregunta recorre los grupos de WhatsApp: “¿Sentiste?”. Y basta leerla para que regrese el sobresalto, incluso cuando nada se ha movido. Porque el terremoto también ha dejado heridas que ninguna fotografía consigue mostrar. Hay insomnio, ansiedad, niños que temen quedarse solos y adultos que procuran disimular su propio miedo. El daño emocional merece atención, especialmente entre quienes han perdido sus viviendas o siguen expuestos a las réplicas. El Ministerio de Salud ha desplegado atención psicológica, pero ese acompañamiento no puede agotarse con la emergencia. Harán falta profesionales en las comunidades, seguimiento y una respuesta que alcance a quienes difícilmente pueden desplazarse para pedir ayuda. Reconstruir las casas será una tarea enorme. Devolverles la tranquilidad a sus habitantes puede llevar mucho más tiempo. Y sería un error imperdonable que, mientras contamos los daños materiales, olvidemos a quienes todavía sienten que la tierra tiembla bajo sus pies.