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La Feria Internacional del Libro cierra hoy y, durante seis días, volvió a demostrar algo que hace no tanto parecía discutirse: el libro sigue aquí. Sobrevivió al anuncio de su muerte, al vértigo tecnológico y a esa velocidad con la que ahora consumimos casi todo. Sigue convocando a niños, padres, escritores y lectores alrededor de una costumbre antigua y profundamente moderna: detenerse a pensar. Eso también es una feria del libro: no solo comprar títulos, sino mirar al autor, discutir una idea, escuchar otras voces y caminar entre historias en momentos en que buena parte de lo que consumimos aparece, nos reclama unos segundos de atención y desaparece enseguida. Y quizá por eso la escena adquiere todavía más sentido cuando se mira a los niños que recorren sus pasillos, porque ellos ya crecen en un ecosistema distinto, donde el cuento convive con TikTok, la tableta, el videojuego y el teléfono. Pretender librar una guerra contra las pantallas sería tan inútil como negar la época en la que viven. La discusión verdadera está en otra parte: en qué hacen con ellas y, sobre todo, en cuánto espacio seguimos reservando para la lectura, la conversación y esa pausa necesaria para sostener una idea más allá de unos cuantos segundos. Leer no es una necesidad instintiva. Se aprende, se acompaña, se contagia. Por eso comprar un libro durante la Feria sirve de poco si mañana queda cerrado sobre una mesa. Un niño necesita historias, pero también adultos que se sienten a leerlas con él, que le permitan escoger, preguntar, aburrirse incluso y descubrir el placer de seguir una idea hasta el final. El libro nos enseñó a nombrar la realidad y, después, a discutirla. Allí reside todavía buena parte de su poder. La Feria termina hoy. La responsabilidad de formar lectores comienza mañana.