Periodismo y literatura: la narrativa que preserva la memoria de Panamá

  • 30/08/2026 00:00
Tres comunicadores reflexionaron sobre investigación, ética, archivos y recursos literarios como herramientas indispensables para documentar las complejidades del país

El periodismo puede nacer para contar el presente, pero su valor no necesariamente termina cuando el día concluye y otro acontecimiento ocupa los titulares. Cuando combina investigación rigurosa, precisión y recursos narrativos, una historia periodística puede superar la inmediatez, convertirse en libro y ayudar a una sociedad a conservar su memoria.

Esa fue una de las principales reflexiones del foro “La permanencia de la narrativa periodística en la literatura”, celebrado este 28 de agosto durante la Feria Internacional del Libro de Panamá. El encuentro reunió a los periodistas José María Torrijos y José Arcia, y al periodista, lingüista y escritor Rafael Candanedo, bajo la moderación de Mario Muñoz.

Durante la conversación, los expositores recorrieron sus inicios profesionales, las lecturas que marcaron su formación y las fronteras entre literatura y periodismo. También plantearon una autocrítica: Panamá posee historias extraordinarias, contradicciones profundas y personajes fascinantes, pero todavía produce pocos libros, pódcast y obras audiovisuales capaces de documentarlos con amplitud.

Muñoz abrió el panel destacando que la vigencia del oficio no ocurre de manera automática. El periodismo, explicó, se construye mediante talento, esfuerzo y adaptación, especialmente en una época dominada por nuevas tecnologías y por personas que emplean herramientas de comunicación sin tener formación periodística.

Caminos distintos hacia un mismo oficio

Las experiencias compartidas mostraron que no existe una única puerta de entrada a la profesión. Candanedo recordó que su vínculo con la escritura comenzó en casa, inspirado por la relación de su padre con las palabras y por una letra que le causaba admiración. Más adelante dirigió actividades de lectura y programas de radio, mientras distintas circunstancias lo acercaban al periodismo y al estudio del idioma.

Una figura decisiva fue la doctora Gabriela Ricord, quien reconoció la calidad de su escritura durante su etapa en la Universidad de Panamá y lo animó a cursar un doctorado. Su tesis examinó lingüísticamente el discurso periodístico en España. Uno de los integrantes del jurado consideró que aquella investigación representaba un “espaldarazo al periodismo”, recordó Candanedo.

Arcia relató una trayectoria muy diferente. Creció en el campo, estudió la primaria en una escuela multigrado y reconoció que terminó la secundaria sin dominar la escritura. Sin embargo, quería ser periodista. En la universidad conoció a Erasmo Reyes, a quien considera uno de sus grandes maestros, y comenzó un proceso sostenido de aprendizaje.

Su ingreso al oficio estuvo vinculado con la cobertura de conflictos sociales, ambientales e indígenas. Cuando todavía no formaba parte de la planilla de La Prensa, recibió la oportunidad de acompañar una gira de la Defensoría del Pueblo al interior del país. Allí presenció una de las primeras protestas indígenas contra el proyecto hidroeléctrico Tabasará, posteriormente conocido como Barro Blanco, y escribió uno de los primeros artículos sobre la controversia.

Torrijos, por su parte, recordó su infancia entre cabinas de radio debido a las actividades profesionales de sus padres y al negocio familiar relacionado con la música. Estudió comunicación, aunque inicialmente quería dedicarse a otra área. Comenzó haciendo periodismo escrito y luego asumió formatos que no imaginaba, entre ellos la televisión. Su recorrido, señaló, fue resultado de decisiones y oportunidades que lo llevaron hacia caminos inesperados.

Investigar como periodista, narrar con literatura

La lectura apareció como un elemento inseparable del aprendizaje. Candanedo recordó su paso por la agencia ACAN-EFE, donde circulaba semanalmente un informe de errores lingüísticos. Esa práctica fortaleció su interés por el idioma. También pudo leer colaboraciones de Gabriel García Márquez, cuyos textos partían de hechos reales y los transformaban mediante una prosa con potencia poética.

Entre las obras examinadas estuvo “Noticia de un secuestro”, de García Márquez, presentada durante el foro como un gran reportaje contemporáneo sobre la época de Pablo Escobar y los llamados extraditables en Colombia. La permanencia del libro, explicó Candanedo, reside en la combinación de datos verificados y una narración capaz de atrapar al lector.

Los participantes también destacaron el trabajo de la cronista argentina Leila Guerriero. Su método se sustenta en una investigación exhaustiva, fuentes sólidas y múltiples revisiones antes de publicar. Arcia recordó una de sus enseñanzas: el autor no debe enamorarse de la primera idea, porque una historia necesita madurar y cambiar hasta encontrar la mejor forma de llegar al público.

Torrijos mencionó las antologías de crónicas de El Faro y subrayó el espacio ganado por los pódcast narrativos de no ficción. En esos formatos, sostuvo, sobreviven recursos literarios que permiten desarrollar personajes, ambientes y conflictos sin abandonar la responsabilidad periodística.

Pese a los puntos de encuentro, los panelistas marcaron una frontera esencial. “El periodismo tiene que ser factual”, enfatizó Torrijos. Los recursos de la literatura pueden enriquecer el relato, pero nunca sustituir la comprobación. Si se pierde el compromiso con los hechos, agregó, el resultado no es periodismo ni necesariamente literatura.

La ética como línea divisoria

Candanedo profundizó en esa diferencia mediante casos de medios que publicaron informaciones fabricadas y después debieron revisar sus controles editoriales. A diferencia de la ficción, el periodismo está sujeto a códigos éticos, verificación de fuentes y rendición de cuentas. Cuando falla, el medio debe reconocerlo, corregirlo y reforzar los procedimientos que protegen su credibilidad.

Arcia abordó el mismo desafío desde su experiencia como editor. Los cierres, la inmediatez y la presión pueden favorecer equivocaciones, pero no las justifican. En una página web existe la posibilidad de corregir rápidamente; en el periódico impreso, el error queda fijado. Por eso, cada fallo debe impulsar una reflexión que evite convertirlo en una práctica habitual.

Torrijos agregó que el periodismo trabaja con el presente, mientras la historia observa el pasado con mayor perspectiva. Una información publicada el lunes puede cambiar el martes no porque fuera falsa, sino porque los acontecimientos continúan desarrollándose. Aun así, los periódicos terminan aportando datos indispensables a los investigadores.

Como ejemplo, contó la búsqueda de la identidad de una persona retratada en una fotografía grupal. Los sobrevivientes no lograron reconocerla y los periódicos solo identificaron a quienes aparecían en la primera fila. Lo irrelevante para la noticia cotidiana adquirió después un enorme valor histórico, pero la información ya se había perdido.

Un país que necesita contarse

En la parte final, el foro dirigió la mirada hacia Panamá. Muñoz mencionó proyectos inmobiliarios nunca construidos, el contraste entre zonas de alto valor y comunidades empobrecidas, los persistentes problemas de agua, la contaminación de la bahía y los efectos de Cerro Patacón. Son realidades insólitas que, afirmó, merecen investigaciones y libros.

Candanedo llamó a comprender a Panamá como corredor biológico y punto geopolítico estratégico. Arcia propuso narrar con mayor constancia la desigualdad, particularmente contradictoria en un país con importantes ingresos. Torrijos advirtió que la deuda no se limita a los textos: también faltan archivos clasificados y producciones sonoras y audiovisuales que permitan escuchar y observar la historia nacional.

La crónica, coincidieron, ofrece una vía para reunir esas piezas dispersas, explicar sus causas, mostrar sus consecuencias y devolver un rostro humano a procesos que suelen reducirse a cifras.

La conclusión dejó una tarea para periodistas y medios: investigar con disciplina, preservar documentos, identificar a todos los protagonistas y explorar nuevos formatos. Frente a la saturación de mensajes, el oficio mantiene su vigencia cuando aporta hechos comprobados, contexto, responsabilidad y una narración que impide que las historias esenciales desaparezcan con el cierre del día.

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