A menudo se piensa que los países pequeños están destinados a ser simples usuarios de la tecnología que otros inventan. Sin embargo, Panamá acaba de romper ese molde. El reciente acuerdo entre la Senacyt y el Ministerio de Ciencia de Chile no es solo un trámite burocrático; es la decisión de dejar de ser clientes para convertirnos en autores de nuestras propias herramientas. Integrarse a LatamGPT significa algo mucho más profundo que usar una plataforma de inteligencia artificial. Significa participar en la creación de un modelo pensado desde nuestro idioma, nuestra cultura y nuestras necesidades productivas. En un mundo donde la tecnología concentra cada vez más poder, desarrollar capacidades propias no es un lujo, sino una necesidad estratégica para no quedar rezagados. El impacto real de este paso se verá cuando la tecnología transforme la vida diaria: hospitales más eficientes, aulas modernas y un Estado que responda con agilidad. Panamá ha comprendido, y debe mantenerse así, que la competitividad actual no solo de sus puertos o su Canal, sino de su capacidad para generar valor a través de la ciencia y el talento humano. Al apostar por la co-creación, el país deja de seguir la ola de la innovación para empezar a dirigirla.

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