Un ajuar funerario de un gran señor enterrado en una tumba de más de mil años de antigüedad en El Caño, un sitio arqueológico situado en la zona central...
Sería injusto negar que Panamá ha dado pasos importantes en la recuperación de espacios públicos. En años recientes, la ciudad ha visto surgir y transformarse áreas que hoy forman parte de la vida cotidiana de miles de ciudadanos. Son avances visibles, valorados y necesarios. Pero también es evidente que el esfuerzo, aunque significativo, sigue siendo insuficiente frente a la magnitud de la deuda urbana acumulada durante décadas. La capital continúa enfrentando las consecuencias de una expansión desordenada, de una relación históricamente conflictiva con su litoral y de una planificación que, demasiadas veces, relegó al ciudadano. La recuperación del espacio público no puede agotarse en proyectos emblemáticos ni en intervenciones aisladas. Requiere una política sostenida, coherente y blindada contra la volatilidad política. Más y mejores parques, aceras transitables, zonas de recreación, accesos al mar y espacios seguros no son caprichos urbanos. Son componentes esenciales de la calidad de vida, de la salud pública, de la convivencia y también de la competitividad turística. Las ciudades que invierten en sus espacios comunes invierten, en realidad, en su estabilidad social y económica. Panamá necesita acelerar, ampliar y dar continuidad a estos procesos. No basta con celebrar lo construido; es imprescindible consolidarlo y expandirlo. Una capital moderna no se mide únicamente por su perfil de rascacielos, sino por la dignidad y vitalidad de los espacios que pertenecen a todos.