El aumento de los homicidios y la creciente sensación de inseguridad reflejan una realidad que ya no admite respuestas improvisadas. Panamá atraviesa un momento complicado, donde muchos ciudadanos viven con miedo mientras la delincuencia parece ganar terreno y la violencia se normaliza en las calles. Basta de discursos. El Ministerio de Seguridad tiene la obligación de ofrecer resultados, pero también de entender que la seguridad no puede reducirse a más operativos, cámaras o presencia policial. Sin duda, se deben revisar los resquicios normativos y administrativos que facilitan el delito y hacen más difícil la labor de la Policía. Pensar que una simple política de mano dura va a resolver las cosas es un error. Sin políticas integrales, fracasará cualquier proceso. Combatir la criminalidad exige inteligencia, prevención, resocialización y oportunidades reales para una juventud atrapada entre el abandono estatal y las redes del crimen organizado. Hablar de seguridad también implica hablar de derechos humanos. Un Estado democrático no puede combatir el crimen sacrificando garantías ciudadanas ni utilizando el miedo como justificación para cercenar libertades. Panamá necesita una política de seguridad seria, moderna e integral: firme contra las estructuras criminales, pero comprometida con la justicia, el empleo, la educación y la protección de la democracia. La paz no se construye únicamente con fuerza; se construye con instituciones legítimas y ciudadanos que vuelvan a sentirse protegidos, no amenazados ni por los criminales ni por la estructura de poder estatal.

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