Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
Panamá es una tierra forjada en la lucha, el sacrificio y la gloria. Noviembre nos recuerda quiénes somos y de qué estamos hechos. Hoy, 4 de noviembre, celebramos el día en que nuestra bandera ondeó por primera vez, anunciando al mundo el nacimiento de una nación libre. Los símbolos patrios no son simples adornos; son la raíz emocional de un pueblo. Nos unen, nos definen, nos recuerdan que compartimos un destino común. Los acordes del himno estremecen el alma y el ondear de la bandera despierta un orgullo que trasciende fronteras. Ver el rojo, el blanco y el azul ondear en tierras lejanas nos reconcilia con lo que somos: panameños. Pero aún nos cuesta transformar ese orgullo en acciones cotidianas que beneficien al país. Con frecuencia, nos refugiamos en un nacionalismo vacío, que se disfraza de amor a la patria mientras alimenta la intolerancia. Rechazamos al extranjero con prejuicios, olvidando que Panamá nació precisamente del encuentro de culturas, del intercambio y la apertura. No se trata de cerrar puertas, sino de exigir respeto mutuo: a quien llega, que abrace nuestra esencia; y a quien pertenece, que la defienda con dignidad. Este país ha sabido levantarse de las sombras. Superó dictaduras, invasiones y heridas profundas. Cada capítulo difícil nos enseñó el valor de la resistencia y el poder de creer en lo nuestro. Por eso, honrar la patria no se trata solo de agitar la bandera o cantar el himno: se trata de actuar con honestidad, de trabajar por el bien común, de preservar lo que nos une.