El hostigamiento dentro del entorno escolar –sea público o privado– está alcanzando dimensiones preocupantes. Si bien, a diferencia del pasado, se habla más del tema, es notorio que existe una falla inmensa tanto en el hogar como en la escuela. Y ahora irrumpe un componente adicional: las redes sociales que se han convertido en una forma de opresión envolvente y sin horario. Hay que tener claro que este tipo de prácticas no son solo ataques físicos, la víctima recibe, al igual que la violencia de género, inicialmente agresiones verbales y psicológicas: bromas, burlas, insultos, desacreditación social, aislamientos y hasta actos xenófobos. Según la Organización Global de Prevención ante el Bullying, Panamá tiene las cifras más altas de denuncias de acoso escolar en Centroamérica con un 48,3%, seguido de Costa Rica con 43,1% y Nicaragua con 39,3%; y si echamos la mirada a nivel global, 1 de cada 4 niños sufre de este tipo de acoso y se producen 200.000 suicidios al año en el mundo. En nuestro país, durante 2023 y por dos semanas consecutivas, se registraron cinco suicidios a consecuencia del ‘bullying’. Lo grave del asunto es que muchos casos no se denuncian, por temor, vergüenza o por resignación. Ante este panorama urge ponerle el foco a quien lo sufre, porque de lo contrario las consecuencias serán irreparables. La ausencia de padres en valores y emociones es condenable. Recordemos que los niños, además, repiten lo que ven en casa, y por ello no nos podemos olvidar de darles el mejor ejemplo. La vigilancia debe ser recurrente ante cualquier señal de nuestros hijos. Es imperativo, además, que los docentes –muchas veces testigos de este flagelo– proporcionen ambientes seguros y den lecciones de convivencia e inclusión. Frenar el acoso es un esfuerzo de todos, mal hacemos cuando nos negamos a creerlo o lo ignoramos.

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