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25 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Anécdotas forenses panameñas

Como en toda profesión siempre nos vamos a encontrar con episodios jocosos que causan hilaridad a todo aquel que las recuerda, y les ha ...

Como en toda profesión siempre nos vamos a encontrar con episodios jocosos que causan hilaridad a todo aquel que las recuerda, y les ha tocado vivirlo, e igualmente a aquellos que de forma indirecta conocen de estas situaciones. Nuestra profesión por sus propias características está plagada de anécdotas que se ventilan normalmente al fragor de las batallas judiciales en las cuales son protagonistas tanto el abogado como su propio cliente.

En este sentido es menester traer a colación algunos episodios de estas situaciones como la del abogado molesto por el resultado del juicio civil y quien al momento de notificarse de la sentencia, en son de burla del juez, anuncia en el sello de notificación apelo y me río. Frente a esta chanza el letrado fue objeto de una severa amonestación de parte del ofendido juzgador.

Igualmente de aquel abogado, quien viendo a su cliente perdido en un proceso de ejecución, asumió un gusto inusitado por las letras de cambios y optó, para ayudar en su causa, por comerse el documento negociable que sustentaba la deuda, demás está decir, que por la comisura de los labios le corrían los delatores hilillos de tinta que comprometía su responsabilidad.

Siendo un joven abogado recuerdo personalmente mi primer proceso, un caso de prescripción adquisitiva de dominio, el cual litigaba con un viejo abogado santeño, un tigre de muchas lides, y quien no había aportado una sola prueba a favor de su cliente, por el contrario, tenía yo todo a favor del mío, sorprendentemente el juzgador falla negando el derecho de mi representando, y al momento de ir a notificarme de la sentencia coincido con el referido colega en la puerta del juzgado y este al verme, con una actitud paternal, coloca su brazo encima de mi hombro y me dice ‘joven colega sepa el Derecho, pero conozca al juez’, demás está decir la cara de perplejidad que solo me quedó poner y esperar entonces ganar, como en efecto ocurrió, en segunda instancia el pleito.

En causas penales recuerdo una anécdota del desaparecido maestro Carlos Iván Zuñiga (Q.E.P.D.), quien defendió a un personaje, por un caso de homicidio, el cual era conocido por tener un sombrero pintado muy particular, que todo el pueblo conocía; en el hecho de sangre justamente se encontró dicho sombrero a los pies de la víctima, por lo que fácilmente se reconoció a su victimario, siendo esta la única prueba directa de la vinculación. Durante el juicio el peculiar sombrero salió a relucir en la audiencia, y el mismo, por el transcurso del tiempo, se había encogido, punto este que fue aprovechado por el hábil penalista para, en mitad de su alegato de defensa, señalar que ese no era el sombrero de su representado y solicitar al mismo, frente al jurado, que se lo pusiera; por supuesto que el sombrero no entro en su cabeza, por lo que el referido fue absuelto del proceso; sin embargo, al final del juicio, y cerca del magistrado que presidió la audiencia, el procesado se acerca al abogado y a viva voz pregunta si el sombrero se lo iban a devolver, porque nada mas tenía ese... háyase visto semejante desparpajo.

*ABOGADO.