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21 de Jan de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Fiestas y disputas

A pesar de ser una época de fiestas y jolgorios, los carnavales han generado sus controversias, algunas muy recientes y otras ya históri...

A pesar de ser una época de fiestas y jolgorios, los carnavales han generado sus controversias, algunas muy recientes y otras ya históricas. Cada sector de la población tiene derecho a organizar sus fiestas carnestolendas de la mejor manera que les parezca, dentro de las normas más flexibles de la decencia. Este año, particularmente en la capital del país, se han organizado los ‘Oficiales’ y los ‘Privados’. Esta separación ha producido algo de malestar por la disputa entre el ministro de Turismo y el joven Carlos Arias, que pretendió organizar los carnavales del año pasado y este año está al frente de los carnavales ‘privados’. Pareciera personal todo lo que se ha hecho para desmeritar el esfuerzo de Arias y hasta desacreditarlo. Pero para disputas irreconciliables solo basta examinar los carnavales de la ciudad de Las Tablas.

Por primera vez en mi vida, en el año 2007 viajé al interior del país para compartir con familiares algunos días del asueto carnavalesco. Estuve en el poblado de Las Tablas: llegué el día sábado en horas de la tarde y partí de regreso a la capital el lunes en la mañana. Casi, casi en huida. Estuve unas 40 horas cuando la mayoría de las personas que asisten, año tras año a estas celebraciones, a Las Tablas o a cualquier otro poblado en el interior, pasan más o menos cinco días.

Acudí al Parque Porras en el centro de Las Tablas una sola vez durante ese viaje, y no estuve más de hora y media. Fue casi a las once de la noche del mismo día que llegué. Me sentí inseguro; claustrofóbico en medio de un mar de personas que ‘disfrutaban’ del desfile y del espectáculo de los fuegos artificiales.

A pesar de mi inquietud por la seguridad propia y la de mis seres queridos, que al igual que yo, vivían esta experiencia por primera vez, debo señalar que el entusiasmo, la entrega y el arte con que se organiza el espectáculo del desfile, las reinas y sus indumentarias exóticas, las murgas y los cantos, llaman la atención y merecen el aplauso de todos. Es un espectáculo que los organizadores realmente toman en serio. Otra cosa que en el poco tiempo que estuve percibí que era en serio, muy en serio’, es la disputa entre las dos calles: la de arriba y la de abajo.

Los que provenimos de otras latitudes, quisiéramos entender que se trata de un asunto meramente cultural que tiene el objetivo de crear la expectativa y estimular las partes para que se esmeren en ofrecer un mejor espectáculo cada año. No es así. De los tantos relatos que amigos y recién conocidos nos contaban sobre la historia y el desarrollo de estos carnavales a través de las décadas; de los comentarios, las anécdotas, los secretos conocidos, los bochinches y las mentiras, la más seria, con la que menos jugaban y con la que más dejaban claro que era asunto que no preveían que se resolvería, por lo menos en este siglo, era una reconciliación entre las dos calles.

Mucho se habían lastimado. Mucho habían expuesto ante la luz de la vida, sobre las intimidades de miembros de ambas comunidades. Sobre las reinas y sus familias. Sobre la esposa de uno y el marido de otra. La hija de aquellos y el sobrino de los de la otra calle. Sobre las preferencias íntimas del esposo de Fulana o de la mujer de Zutano.

Irónicamente, también noté en mi breve estadía —casi al margen de las fiestas— que personas como yo, visitantes temporales que no tienen vela en ese entierro, a través de los años han ido tomando partido en un asunto que ya casi nadie se acuerda cómo comenzó. Se aprenden de memoria las tonadas para insultar a la parte contraria y están dispuestos a fajarse con cualquiera por defender la calle en donde no viven ni ellos ni nadie que conocen. Muchos más entregados a la disputa que los mismos lugareños.

Pero también reafirmé un punto importante que he expuesto en varios escritos sobre estas fiestas. En la capital, en Las Tablas o en el interior: ‘Las grandes empresas, los de entretenimiento, bebidas y los hoteles, se beneficiaban del comercio que provocaba la actividad de celebración’. De los millones que el gobierno dispuso. Las millonarias ganancias que produce la disputa casi centenaria entre Calle Arriba y Calle Abajo ‘irán a algunas cuentas corporativas muy particulares’. Mientras tanto y, mientras los tableños se dicen las cosas más espeluznantes y se siguen ofendiendo, los ejecutivos de estas empresas no pasarán el carnaval aquí, se irán de viaje.

Prefiero extrañar los carnavales de mi juventud, limpio y sin estar en medio de una querella que no termino de entender.

*COMUNICADOR SOCIAL.