25 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Un servidor no es un sirviente

N os hemos acostumbrado a escuchar que Panamá es un país cuyo bienestar se basa en actividades relacionadas con servicios: zonas libres,...

N os hemos acostumbrado a escuchar que Panamá es un país cuyo bienestar se basa en actividades relacionadas con servicios: zonas libres, bancos, seguros, negocios marítimos y jurídicos, turismo extranjero, nuestro Canal. Junto al dólar, la eficiencia en esos servicios se considera nuestro principal atractivo para el mundo, pero, aparte de quienes están directamente involucrados en esos servicios, podríamos ganar mucho si fuéramos todavía mejor de lo que hoy somos.

Afortunadamente hay señales de que la importancia de servir —y de servir bien sin complejos— está calando en otras actividades diarias, habida cuenta de sus evidentes beneficios. No se trata de confundir ‘servicio’ con ‘servidumbre’ ni cortesía con mansedumbre. No es igual ser servidor que ser sirviente; hay una dosis de conocimiento, amor propio y seguridad personal, presente o ausente en cada caso.

Tomemos el caso de los funcionarios; son, propiamente, servidores públicos. Se les designa así porque su función general es servir al país y su función específica es atender y servir al público que acude ante su presencia. Resulta casi imposible eludir contacto con alguna dependencia oficial en algún momento, muchas veces cada día, semana o mes. Un enfermo se acerca a un centro de salud en busca de atención médica o la víctima de un accidente requiere atención urgente en un hospital público; un jubilado pretende cobrar su cheque quincenal de jubilación; un vecino recurre a los cuerpos de policía para solicitar protección; una mujer amenazada por un maltratador pide auxilio a la justicia; un constructor requiere un permiso de construcción o de ocupación; un individuo requiere su licencia de conducir o necesita su cédula de identidad personal; un viajero necesita su pasaporte para salir al exterior; el dueño que compró su nueva vivienda necesita registrar su propiedad; un vecino no recibe agua potable, y también se ahoga en la basura no recogida frente a su residencia, reclama el cobro que le hacen las autoridades; un contribuyente se presenta a la oficina recaudadora a pagar sus impuestos nacionales o municipales.

En fin, la cantidad de ejemplos es tan extensa como las actividades del ser humano en una sociedad, pero en todos los casos el funcionario que atiende al ciudadano tiene la alternativa de servir con el esmero y la cortesía que su función y las buenas maneras le debe exigir o puede escoger ser desatento, displicente o agresivo. Debo testimoniar el hecho de que personalmente he recibido un tratamiento eficiente y amable en algunas dependencias estatales, como el Registro Público y la Dirección de Pasaportes, pero no puedo decir lo mismo de algunos ‘pocos’ miembros de la Policía Nacional.

El tema no se agota, por supuesto, con los servidores públicos. No es infrecuente encontrar tratos displicentes de trabajadores en el sector privado, que confunden servidumbre con servicio de calidad. Quizás se deba en buena medida a que no se ha sabido relacionar adecuadamente un trato esmerado al cliente con el progreso de la empresa y la consiguiente estabilidad laboral que propicia.

Por otro lado, el trato al turista que nos visita es tema significativo si pretendemos hacer del turismo un potente motor de desarrollo. En otros países la cortesía con el visitante extranjero es proverbial, pero también los hay famosos por su hosquedad. ¿Cuál de los dos somos? ¿Tiene el común de los panameños una disposición de cortesía y apoyo al visitante extranjero, sobre todo con aquel que se encuentra perdido en esta maraña de ciudad, aquel necesitado de un consejo o una dirección y lo que menos espera es ser timado o engañado por su falta de familiarización con el entorno local?

Y siempre volvemos a recalar en el mismo tema: la educación, desde el hogar y la escuela. Jamás podríamos claudicar nuestra dignidad personal ni nuestro amor propio, pero bien podemos formar servidores genuinos que sepan valorarse adecuadamente y que inspiren respeto y admiración por su atención y su servicio. Que nunca sean sirvientes sino eficientes servidores en el mejor sentido y orgullosos de serlo sin ningún complejo.

*EX DIPUTADA DE LA REPÚBLICA.