14 de Ago de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

El extraño caso Delgado—Diamante (II)

PERIODISTA. M ientras que la señora Black y su madre se escondían, varias unidades del cuartel, encabezadas por Delgado Diamante, trata...

PERIODISTA

M ientras que la señora Black y su madre se escondían, varias unidades del cuartel, encabezadas por Delgado Diamante, trataban de darle alcance a García. El mismo expediente revela que, al darse cuenta de que lo seguían, García se escondió tras un muro de tierra, y, al ser descubierto por uno de los guardias que acompañaba a Delgado Diamante, ensayó un ardid para quitarle la bayoneta que llevaba. El guardia lo invitó a pelear a mano limpia; García aceptó inicialmente, pero luego partió a correr hacia su casa, bayoneta en mano.

Miguel Fernández Valdés, uno de los guardias que acompañó a Delgado Diamante hasta la casa para el arresto de García, asevera que ‘cuando llegamos a la casa del señor García las puertas estaban abiertas y él buscaba no sé qué en las gavetas de la cómoda. Cuando se percata de que el grupo de los guardias estaba en su casa, se enfrenta a ellos con bayoneta en mano’.

Una declaración crucial, en la que Fernández Valdés difiere de la señora Black de García. Ella afirma que su esposo estaba desarmado, pero admite igualmente que mientras el incidente transcurría ella se encontraba escondida tras unos bultos de madera con sus niños. Dice en su declaración igualmente que oyó cuando Andrés dijo: ‘Hagan lo que quieran, estoy desarmado’, pero Fernández Valdés asevera que García nunca dejó la bayoneta. El sargento Luis Varcacía afirma que vio venir al cabo ‘con una bayoneta en la mano’.

Claro que son dos versiones de las que se podría decir que contienen altas dosis de subjetivismo, porque unos eran militares y la otra era la esposa de la víctima, salvo por un pequeño e importante detalle: Fernández y Varcacía estaban en el lugar de los hechos; la señora Black no, ella admite que estaba escondida.

En lo que sí coinciden ambos, y lo reafirma el propio Delgado Diamante, es en que hubo tres disparos, dos de advertencia y un tercero, con el cual Delgado Diamante hiere a García en la pierna, a la altura de la arteria femoral. Fernández Valdés aseveró, durante la reconstrucción de los hechos, que el tercer disparo fue hecho por Delgado Diamante cuando ya tenía al cabo encima.

‘... éramos cuatro a cinco unidades, yo veo cuando el señor García sale de aquí de la residencia con una bayoneta en la mano y trata de agredir al grupo que estaba fuera de la casa y trata de agredir al subteniente Delgado, luego el subteniente Delgado hace dos (2) disparos, no sé si al aire o al piso, pero sé que el disparo que hizo hacia abajo cuando ya lo tenía encima, ya estábamos afuera de la casa...’, recuerda Fernández Valdés.

La señora Black ha dicho que su esposo murió desangrado en el lugar de los hechos, en medio de un gran charco de sangre. Pero otros informes indican que, tras el desafortunado incidente, Delgado y sus subalternos organizan el traslado de García al Hospital Santo Tomas, a donde este último llega vivo, herido, pero vivo.

Conforme al expediente, las declaraciones de la señora Black al Ministerio Público revelan que unidades del desaparecido Departamento Nacional de Investigaciones (DENI) llegaron hasta el lugar y acordonaron el área. Unidades del cuartel de Panamá Viejo también destacan la presencia en el lugar de los hechos del entonces director de homicidios del DENI, Domitilo Córdoba. Eros Ramiro Cal, capitán encargado por esos años de la zona militar de Veraguas, recuerda que a raíz de ese incidente Delgado Diamante estuvo unos ocho meses detenido en su cuartel, hasta que el desaparecido comandante segundo jefe de la Guardia Nacional, Rodrigo García Ramírez, le anunció que ‘Delgado había sido sobreseído’.

Contexto de una trama

Tras el retorno de la democracia a Panamá en 1990, muchas víctimas del período de los militares aportaron elementos de juicio para el esclarecimiento de crímenes abominables, como los del cura Héctor Gallegos, cuyos restos no han aparecido aun; o el del médico Hugo Spadafora, salvajemente asesinado en septiembre de 1985, o del intento de secuestro del Dr. Mauro Zúñiga, abortado por la rápida movilización de la opinión pública y el movimiento civilista.

Durante todo lo que va del proceso renovador y democrático que ha registrado el país en los últimos veinte años, las víctimas de la dictadura han contado con las garantías para formular denuncias, pedir esclarecimientos o revelar hechos desconocidos. Ni en el Ministerio Público, ni en la Comisión de la Verdad o en la Defensoría del Pueblo existían denuncias sobre este caso hasta su aparición hace tres años.

Es perfectamente comprensible que, por lo humano, cuarenta años después una esposa y una hermana reclamen justicia, pero ¿en qué sentido?

Desde que afloró la trama, pareciera que en este asunto sobreviven otros motivos: quizás el resentimiento que dejó en la sociedad el tema de los militares; el anhelo de condenar a través de cualquiera una época trágica y dolorosa, por lo que se podría pensar que en este caso, en lugar de justicia, se pasa factura por razones inconfesables; una vieja rencilla tal vez o una venganza que esperaba su ocasión. La denuncia aparece cuando Delgado Diamante es ministro de Gobierno y Justicia e implementa un propuesta de seguridad que ahora desarrolla el actual gobierno.

Estudiar a fondo el expediente, deja sin fuerza el crimen alevoso, premeditado, y hace pensar que contra Delgado Diamante puede haber cualquier motivo, menos por el que se le endilga.