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La metáfora, como figura literaria, con su desplazamiento de significado entre dos términos , p. ej., “cabellos y oro”, “dientes y perlas”, “labios y rubies”, etc., donde cada par de elementos comparten una semejanza figurativa para sustituir uno por el otro, convirtiéndolos así en un solo concepto (el cabello se vuelve oro; los dientes perlas y los labios rubies) como en un tipo de analogía lingüística. Vemos así que al conjunto de metáforas en un mismo escrito se le nombra alegoría que en la teoría literaria es un recurso estético pero con un sentido simbólico a la vez.
Para Aristóteles la metáfora era la transferencia del nombre de una cosa a otra, lo que permitía distinguir entre un lenguaje común y otro metafórico y estético con dicha combinación de términos e interacción de significados. Así, la belleza literaria lograda sistematizaba, purificaba y simplificaba nuestro lenguaje tanto escrito como hablado. En este sentido, ese lenguaje culto y poético definió y valoró la belleza, teniendo en cuenta los estándares cambiantes de los ideales que la conforman. Su impacto social relacionó a la belleza con el poder, con el estatus en la comunidad y hasta con las oportunidades de éxito. Por eso, aunque la belleza es una noción abstracta, hoy comúnmente se le aprecia como una cualidad natural o adquirida que distingue a una persona u objeto haciéndolos placenteros de percibir, concepto de belleza que se estudia dentro de la disciplina filosófica de la estética, además de otras disciplinas como la historia, la sociología y la psicología social.
En tanto la cultura es lo que caracteriza a una sociedad, definiendo su identidad, sus valores y su modo de interactuar con el mundo, siendo fundamental para su organización social. Ella conforma todos los fenómenos humanos que no son el resultado de la genética sino más bien de sus medios naturales, los que influyen en su comportamiento social. Es así como los humanos adquirimos nuestra cultura a través de nuestra socialización, que nos sirve como guía de conducta en sociedad, siendo en efecto el mundo creado por nosotros, en contraste con ese otro que existe producto de la naturaleza. De esta forma la humanidad ha ampliado gigantescamente la periferia de su mente y acciones, o sea, la dimensión intelectual de su cultura. Lo peligroso de esto es que no se cultive al mismo tiempo la dimensión sentimental del humano, desatendiendo el cultivo de su corazón, a lo que Ciceron se refería como el cultivo del alma (“cultura animi”).
Muchos creen que el núcleo decisivo de su ser son sus pensamientos, no así sus sentimientos, riqueza que emana del corazón, tal como la apreciación de la belleza en todos sus sentidos. ¿Significa esto que la cabeza precede el corazón? Pues sí y no porque tanto pensamientos como sentimientos se necesitan mutuamente para existir, siendo una preferencia anticipada, igual que la cultura y la belleza, dirigida por un sistema previo de intereses y aficiones. Así, el sentido simbólico de las metáforas que mencioné anteriormente, con su afán de expresar emociones e ideas a través de imágenes, le da a la belleza la representación de verdades ocultas, trascendiendo lo físico, infernal y divina a la vez, como en los poemas de Charles Baudelaire (1821-1867), en particular su “Flores del Mal” que pregunta ¿de dónde viene la belleza? Creo que la cultura, fuese la que fuese, tiene la respuesta.