09 de Dic de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Hombres mediocres

INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.. Las instituciones de por sí deben funcionar según las normas que legalmente las establecen, todas en el...

INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.

Las instituciones de por sí deben funcionar según las normas que legalmente las establecen, todas en el fondo deben ser positivas para el desarrollo de nuestro país. Sin embargo, hemos todos sido testigos del desgaste, desprestigio y pobreza de muchas de ellas, en particular, dos órganos importantes del Estado: los órganos Legislativo y Judicial. Ambas pecan del mismo mal, los hombres encargados de ellas no han estado en la mayoría a la altura de sus cargos.

La Asamblea Nacional de Diputados es un triste espectáculo de negocios, donde diputados buscan partidas circuitales y prebendas del Ejecutivo a cambio de su voto o conciencia. Donde los interés nacionales han quedado supeditados a los partidos políticos y hasta intereses personales. Yo recuerdo mi época de legislador cuando entonces el colega Arnulfo Escalona Ríos nos explicaba el valor de los debates, donde se debía enriquecer el proyecto y aportar las mejores ideas para producir una ley más efectiva y valiosa. Escalona Ríos insistía en el valor que aportaba la bancada opositora para evitar exabruptos del Ejecutivo.

Hoy, la Asamblea parece más bien un apéndice del Ejecutivo, pendiente de los proyectos que emanen del Gabinete y donde poco aporte le añaden los diputados. Los debates, si los sigues, se convierten en meras discusiones de barrio, como dime y diretes y poco fondo en los temas legislativos. Los diputados parecen más interesados en su proyección política electoral que en el proyecto en mesa.

Panamá ha pagado caro la irresponsabilidad legislativa. Todos hemos visto cómo en gobiernos anteriores, en otras Asambleas, se aprobaron leyes, contratos, concesiones, que nos han hecho más difícil el desarrollo. Y yo siempre me he preguntado, ¿cuántos leyeron y estudiaron esos contratos antes de aprobarlos? Contratos como las concesiones de los corredores, como las ventas de las hidroeléctricas y las generadoras de electricidad, como algunas concesiones portuarias, los contratos de las comunicaciones y luego las leyes dando poco control a la ASEP y a ACODECO.

Todo ha pasado por una asamblea, todo fue discutido en tres debates; pero, ¿qué responsabilidad le damos a esos diputados que aprueban con solo golpe de mesa, sin leer, sin medir consecuencias al país? Luego vemos cómo para apoyar a un aliado se aprueba una resolución reconociendo la nacionalidad y ciudadanía al candidato alcalde de la alianza, para posteriormente, rota la alianza, proponer derogar la resolución. Diputados que son electos en un partido y saltan a otro por estar en el poder, diputados que votan contra la línea de su propia bancada, mientras otros disfrazan su traición mandando al suplente.

Si no hay seriedad en los diputados, si no hay palabra ni lealtad, ¿por qué insistir en llamarlos honorables? Quizás el primer paso de los electores deba ser llamarlos por sus nombres, simplemente ‘Señor Diputado’, hasta que retomen la honorabilidad mostrando lo que esperan los electores de ellos, inteligencia, creatividad, aportes al desarrollo y preparación de leyes.

Lamentablemente, no es solo el Órgano Legislativo el desprestigiado. Igual suerte ha corrido el Órgano Judicial, donde la ciudadanía ha percibido un gran grado de corrupción, corrupción que inicia en los propios fiscales, jueces y llega a los magistrados. En los corrillos abogados y clientes comentan con frecuencia la falta de justicia, la coima y la extorsión por quienes deben administrarla. Expedientes duermen mientras otros vuelan en velocidad, depende del interés de las manos tenebrosas que manejan la justicia en Panamá. Razón por la que difícilmente podríamos aceptar penas de muerte, si no creemos en nuestro sistema, mucho menos podríamos aceptar matar posiblemente a un inocente.

Los dos casos anteriores, legisladores y jueces, no pueden ser resueltos por el Ejecutivo, al final del día tocara a los electores elegir mejor a sus diputados, escoger no en base a la beca ni la hoja de zinc sino aquel candidato que muestre mayor capacidad, integridad y honestidad de la lista ofrecida. No preocuparnos por ‘elegir al que me va a ayudar’, elegir al que conviene al país. Si llegásemos a tener una Asamblea Nacional de Diputados real e independiente, podríamos aspirar a mejorar nuestra democracia. Le tocaría a esa Asamblea fiscalizar al Ejecutivo, elegir un contralor general independiente y no sumiso al presidente y velarían por la ejecución de los ministros de Estado, citando a los que falten en su desempeño.

Esa Asamblea Nacional de Diputados no aprobaría candidatos a la Corte Suprema de Justicia que no llenen las expectativas del país, no aprobarían un procurador general de la Nación que no sea el mejor calificado y de esa forma aportarían a fortalecer el Órgano judicial, donde solo con la determinación de quienes hoy lo rigen podríamos ver cambios. Es una verdadera pena que magistrados salgan después de 10 años desprestigiados y en medio de rumores y bochinches, producto de un manejo de la justicia cuestionado.

Panamá tiene muy buenos profesionales, excelentes profesores y académicos, pero cuando analizamos los perfiles de los diputados tenemos que preocuparnos. Por algún motivo dentro del sistema, no llegan los mejores ni los calificados. Son excepciones los buenos diputados. Mejor suerte hemos tenido con la justicia, en manos de juristas reconocidos, pero que por algún motivo se presta el sistema para sembrar dudas de la transparencia y honestidad de los fallos. No podemos culpar al Ejecutivo, pero sí tenemos que reprochar a esos hombres que el destino ha colocado en esos puestos y no han sabido ocuparlos.