Según Díaz-Canel, las conversaciones han sido coordinadas con las principales instancias del Partido, el Gobierno y el Estado cubano
La presentación de la iniciativa “Escudo de las Américas” por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, marca un punto de inflexión en la arquitectura de seguridad hemisférica. Para Panamá, pequeño en territorio, pero grande en importancia geoestratégica, este anuncio no es un mero gesto diplomático: es un mensaje que debe ser leído con claridad, serenidad y visión de Estado. En un hemisferio sometido a presiones simultáneas, como el crimen organizado, narcoterrorismo, inestabilidad en zonas fronterizas y una creciente competencia geopolítica con regímenes antidemocráticos, la iniciativa llega en el momento preciso. Panamá debe interpretarla como una ventana de oportunidad para fortalecer su seguridad y reafirmar su rol como pieza clave del orden regional.
La mención explícita de Panamá, por el presidente Trump durante su discurso, merece reflexión. No todos los países fueron mencionados, y menos aún con el tono empleado hacia el nuestro. Trump habló del Canal con un nivel de énfasis que trasciende lo retórico: señaló, directamente, su importancia para Estados Unidos, para el hemisferio y para el comercio global. Su frase sobre “no permitir influencia extranjera hostil” en la región, - incluyendo expresamente al Canal -, refleja una lectura estratégica que Panamá no debería ignorar, máxime por el tono constructivo de la misma. En lugar de advertencias ásperas, su mensaje fue de aprecio por la vía interoceánica y de valoración del rol panameño como custodio de una infraestructura insustituible para el hemisferio occidental.
Esa cordialidad diplomática destacó la importancia del trasfondo: el Canal está en el centro de la competencia global entre Estados Unidos y China. Esta última no solo ha buscado establecer presencia logística y empresarial alrededor de la vía, sino que ha adoptado posturas preocupantemente hostiles cuando la concesión portuaria, ligada a capital chino, fue anulada por una decisión judicial, o al negarse a suscribir el Tratado de Neutralidad del Canal, un gesto geopolítico, - este último -, que debe interpretarse como un rechazo a las reglas del orden hemisférico vigente. En ese contexto, el mensaje de Trump fue claro: Panamá no está sola y tiene, en Estados Unidos, a un aliado dispuesto a respaldar la defensa estratégica del Canal.
Para comprender la importancia de este respaldo, es necesario aceptar, sin complejos, una realidad: Panamá no tiene ejército. El artículo V del Tratado de Neutralidad reservó a Panamá el derecho exclusivo de mantener “... fuerzas militares, sitios de defensa e instalaciones militares dentro de su territorio ...”; sin embargo, la decisión de abolir las fuerzas armadas, generó un vacío estratégico que los estamentos de seguridad civil existentes no están diseñados para llenar frente a las amenazas transnacionales actuales. Esta condición, - parte de nuestra identidad política desde 1994 -, no debe convertirse en vulnerabilidad permanente. El “Escudo de las Américas” ofrece, precisamente, un mecanismo para fortalecer la seguridad panameña sin contradecir nuestra tradición desmilitarizada.
Panamá enfrenta hoy desafíos que superan su capacidad de respuesta. El narcotráfico en Colombia ha evolucionado hacia redes híbridas que mezclan crimen organizado, estructuras paramilitares y células de alto poder ofensivo. La frontera del Darién, históricamente porosa, se transformó en un corredor utilizado tanto por migración irregular organizada como por organizaciones criminales regionales. La cooperación de Colombia, - cordial en lo diplomático -, ha sido insuficiente en lo operativo. Panamá ha cargado siempre con el peso humanitario, económico y de seguridad de fenómenos que no genera pero que sí recibe. Ante estas realidades, la iniciativa hemisférica presentada por Estados Unidos abre un camino para que Panamá fortalezca sus capacidades sin asumir costos institucionales imposibles ni renunciar a su identidad como nación desmilitarizada.
Trump insistió en que la coalición contempla compartir inteligencia, fortalecer capacidades de defensa, coordinar acciones contra redes criminales y apoyar a los países más expuestos a la influencia de actores hostiles. Panamá, por su importancia logística y simbólica, debería situarse en el centro de ese esfuerzo. No se trata de militarizar el país, sino de protegerlo mediante alianzas que fortalezcan su soberanía efectiva. Entendamos que la soberanía “no se declama”, se garantiza, y garantizarla exige alianzas con socios confiables y comprometidos.
Además, el “Escudo de las Américas” es un instrumento que puede ayudar a Panamá a frenar, definitivamente, la agenda china en torno al Canal. Para mí es claro que el futuro de la estabilidad económica y la seguridad geopolítica del país se juega en la capacidad de evitar que actores enfretados al orden occidental utilicen inversiones, infraestructura o presión política para ganar influencia estratégica en nuestro territorio. Alinearse con Estados Unidos, - con quien compartimos historia, tratados y responsabilidades sobre la neutralidad del Canal -, no es una concesión, sino una decisión racional, responsable y estratégica.
La presencia del presidente José Raúl Mulino en la cumbre ha sido un acierto político que merece reconocimiento. Su aceptación de la invitación y su incorporación a la iniciativa colocan a Panamá en la mesa correcta, en el momento correcto y enviando un mensaje claro al participar: Panamá entiende la magnitud del desafío hemisférico y reconoce que su seguridad y estabilidad dependen de trabajar con aliados comprometidos con la democracia y la libertad. Ojalá su gobierno profundice este camino. Porque no existe mayor ni mejor expresión de soberanía que garantizar la defensa efectiva de la nación, y Panamá solo puede hacerlo, plenamente, de la mano del mejor aliado que ha tenido y puede tener: Estados Unidos de América.