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21 de Jan de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Mentirosos patológicos

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.. Los mentirosos patológicos que conforman el gobierno, con Ricardo Martinelli a la cabeza, se multi...

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

Los mentirosos patológicos que conforman el gobierno, con Ricardo Martinelli a la cabeza, se multiplican cada día. Es una doble cara que lesiona la dignidad de la mayoría ciudadana. Los hechos desnudan los mensajes tras los cuales pretenden esconderse los altos funcionarios del gobierno.

Corrupción e impunidad en el poder no deben convertirse en una moneda corriente que acentúe la desconfianza de los ciudadanos en la política. A pesar de la práctica de Martinelli, no es incompatible gobernar y ser decente.

El vicepresidente Juan Carlos Varela desafió a Martinelli a que diga la verdad sobre quiénes están beneficiándose con las 54 hectáreas de tierras costeras en Juan Hombrón, valoradas en $135 millones y tituladas en forma gratuita por una funcionaria del círculo íntimo de Martinelli y ex empleada de la familia Papadimitriu. Pero en respuesta, un ministro de la Presidencia iracundo mostró que el autoritarismo es el sello que caracteriza la gestión del actual gobierno.

Demetrio Papadimitriu debería separarse del cargo y enfrentar las acusaciones, pues los epítetos lanzados pueden convertirse en un bumerán. Lo documentado por el diario La Prensa se suma, entre otros, a las dudas sobre las concesiones a la empresa griega Aegis, el fallo sobre Ocean Pollution, los negocios pesqueros en la ARAP, los contratos del Metrobús y los intereses griegos detrás del astillero Braswell.

El gobierno desconoció los acuerdos de San Félix, firmados por el propio Papadimitriu, en relación con el Código de Recursos Minerales y busca restablecer las posibilidades de que estados extranjeros participen en la explotación minera, a través de sociedades anónimas y permitir la minería en las comarcas indígenas.

Según reiteradas denuncias, Martinelli y Papadimitriu y sus socios en el poder estaban detrás del terreno de Paitilla. ¿Cómo, entonces, puede alguien creerles sobre la transparencia en Juan Hombrón y en la reforma a la Ley Minera?

Papadimitriu dijo a La Estrella que ‘debemos concentrarnos en lo que sabemos hacer bien’. Lo que mejor saben hacer es mentir a la ciudadanía.

Martinelli faltó a la verdad con la compra del avión presidencial, con dineros de Taiwán, un chantaje que enterró las promesas de relaciones diplomáticas con la República Popular China. No ha sido sincero sobre la compra de diputados con dineros públicos, las reformas electorales y sobre su proyecto de reelección, del cual tiene como alternativa la segunda vuelta.

Tampoco ha revelado los verdaderos intereses detrás de la Asociación Público Privada, que no son otros que repartirse los servicios que actualmente están en manos del Estado.

Martinelli y su ministro de Obras Públicas ocultan la verdad sobre los proyectos llave en mano por $2,300 millones otorgados a la empresa brasileña Odebrecht, la española FCC y la mexicana ICA, sin licitación pública. José Suárez tampoco ha sido honesto acerca de la construcción de la tercera fase de la Cinta Costera, en la que existe una opaca relación entre Odebrecht y altas figuras del gobierno.

También hay sospechas sobre el programa PAN que en dos años ha triplicado su presupuesto que para el 2012 supera los $125 millones y cuyo fin, según denuncias opositoras, no es otro que abonar el proselitismo del partido oficialista.

Los hechos desmienten el mensaje. Los ciudadanos ya no son simples espectadores. Se acabó el tiempo en que Martinelli imponía una versión falsificada de la realidad, plagada de falsedades.

La presidencia imperial está comenzando a tener problemas para sostenerse. De allí la amenaza de que recurra al terrorismo de Estado, del cual ya ha habido ensayos. Pero la realidad histórica —y así lo está confirmando la primavera árabe— es que las sociedades no se someten con represión y terror. El final de sus gobernantes puede asemejarse a los iracundos del infierno dantesco en el que se destrozaban a sí mismos a dentelladas luego de haber despedazado los cimientos de la institucionalidad democrática.