La Estrella de Panamá
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12 de Nov de 2019

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Sospecha

Las corazonadas, que no son más que sensaciones de que algo va a ocurrir sin tener pruebas, hacen mucho daño. Una hipótesis mal plantead...

Las corazonadas, que no son más que sensaciones de que algo va a ocurrir sin tener pruebas, hacen mucho daño. Una hipótesis mal planteada sobre lo que debió ocurrir también es perniciosa. La rampante incapacidad por ignorancia y los cambios caprichosos de la ley, afectan. Desde esta atalaya se han denunciado mayores violaciones a las garantías, que abundan en los primeros estratos por donde transcurre la antorcha de la justicia, que la esfinge desconoce, porque es invidente.

Algunos hablan sobre el beneficio de la duda, frente a un dilema, es una disyuntiva que nos sitúa de inmediato en un mundo dubitativo, sin descontar del lado en que estamos ubicados, entre dos claros opuestos: quien ordena y el que cumple órdenes. Valorar lo que ocurra seguramente nos lleva al plano de los imperativos categóricos, formulado por el filósofo Kant, allá por los años de 1785, y quien, al analizar la ética, centraba en la razón como base de la moral y no a la concepción divina. Esto resulta un mandamiento autónomo y autosuficiente como para regir el comportamiento humano, aunque también Kant habló del imperativo hipotético, el cual no obliga.

En Wikipedia leemos, a manera de ejemplo, la siguiente emisión: ‘si quiero el bien común no debo cometer un asesinato’, de modo que, si a otra persona no le interesa el bien común, se exime de esta clase de imperativos categóricos, si entendemos como tal una exigencia obligante. Un imperativo de esta naturaleza es una obligación absoluta e incondicional.

La Ley trata de imponer reglas de comportamientos, para evitar los extremos e intenta buscar el equilibrio a la hora de establecer los criterios. Otro de los asuntos graves milita en que los asesinos tratan de quedar impunes ante sus deleznables acciones y, entonces, la sociedad trata de evitarlo al montar la serie de procedimientos que nos lleven a lograr que la verdad resplandezca. Pero como todo, es una conjetura la que nos transcurre a dudar si lo que pasa es que sospechamos, le damos vuelo a la imaginación, nos armamos de una suposición a partir de una información o señal antojadiza y, por ello, desconfiamos de una persona determinada, a la que cargamos por intuición una mala acción.

Esto en manos de una persona sin los debidos conocimientos, es como darle un revolver cargado de municiones a un mono.

Esto es ni más ni menos lo que nos pasa a diario, porque es cierto lo que han repetido personas sobre que los presos son los pendejos, los pobres de conocimiento, los raquíticos del poder económico, sí, aquellos que se desviven a diario por subsistir y que no tienen voz para defenderse. Catear a un sujeto por el prurito de hacerlo, es una desventaja para el andrajoso, que se aventura por una barriada de clase media y que de lejos su desajustada presencia despierta sospecha, porque no está en su ambiente y ‘para nada bueno pulula por esos lugares’. Cuando lo cierto es que busca algo que hacer sin encontrarlo, como lavar un carro, botar una basura, recoger algún mueble desechado para repararlo y revenderlo.

Esta es la vida diaria, esta es una realidad tangible que no podemos soslayar, pero que terminamos por ignorar y dejamos que la ignominia gane terreno.

El hombre común termina por adaptarse a la degradación a la que lo someten y, en este mundo preñado de indicios, una ropa sucia es suficiente para que haya que verificar su comportamiento público, ante la bitácora de los registros del comportamiento en los cuarteles, que a lo mejor también están registrados por desconfianzas. Tienes que escoger entre permitir ese manoseo o visitar los recintos y entrar al rigor del sometimiento.

Qué bueno sería si todo se redujera al diálogo, a convencer para vencer, si de la mano del que oprime está simplemente el cumplir con reglas mal interpretadas, porque la libertad se antepone a todo lo que existe, pero es que en las aulas de clase nos han repetido eso de que más allá de la duda razonable se puede encontrar la verdad, o la esencia de la realidad, como lo han soñados los filósofos, de los reos que esperan la sentencia, los que atesoran una respuesta sobre lo ignoto. Aquellos que esperan un indulto o que todo al final sea una pesadilla.

Si se abren los códigos y se puede leer otra cosa que no hay manera de reclamar, porque la Ley es sorda para los que no pueden pagar una buena defensa, si buscamos el apoyo espiritual y chocamos con los misterios interpretativos de la vida y de la muerte, de los otros que sufren lo que nos pasa porque toda la familia pena. Pero es que esa verdad se empaña, porque ni siquiera podemos saber en qué idioma habló JESÚS con PILATOS, si fue en hebreo, arameo, latín o griego, pero éste preguntó al Señor: ‘¿Qué es la verdad?’. Y JESÚS contestó que la verdad venía del cielo. PILATOS argumentó sobre si no había verdad en la tierra, finalmente CRISTO habló que los que se referían a la verdad en la tierra eran juzgados por los que tienen el poder sobre la tierra. Si esto está escrito, significa que son los que gobiernan los que tiene la verdad final que aplican. Espero que disfruten estos pensamientos, luego de pasar toda la Semana Santa envueltos en su cristiana celebración.

ABOGADO Y DOCENTE UNIVERSITARIO.