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29 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Una ciudad atormentada

El Casco Antiguo (Viejo) de la capital panameña se haya situado en una pequeña península en la entrada del Pacífico del Canal de Panamá....

El Casco Antiguo (Viejo) de la capital panameña se haya situado en una pequeña península en la entrada del Pacífico del Canal de Panamá. Imposible perderse. Es un área bulliciosa. Un barrio que puede verse por dentro, ya que sus residentes viven en las aceras. Allí se relacionan, conversan y reciben sus primeros besos. La Corona Española, en el Siglo XVII, la mudó a ese sitio —ahora epicentro de una polémica urbanística—, pues se hallaba rodeada de arrecifes y el mar. Así podría defenderse de los piratas ingleses —intrépidos saqueadores de oro y plata— que, con el patrocinio de la Reina Isabel I, la asediaban desde el Caribe panameño. Marinos, piratas y corsarios satisfacían con crueldad y violencia los apetitos imperiales de las dos potencias marítimas de entonces: España e Inglaterra. Eduardo Galeano documentó este convulso período de la historia latinoamericana en Las Venas Abiertas de América. Hoy otros piratas modernos la siguen asediando.

En 1671, el pirata inglés Henry Morgan asaltó y destruyó el asentamiento original de la ciudad de Panamá. Las ruinas se admiran en Panamá Viejo. Dos años después, 1673, se funda la nueva ciudad en lo que hoy es el Casco Antiguo. Desde esa diminuta península empezó a crecer la población. A finales del siglo XIX se la fuerza a seguir creciendo especialmente hacia el este. La construcción del Canal de Panamá primero, y, más tarde, las mallas de ciclón, con sus letreros de NO TRASPASSING de las bases militares estadounidenses marcaron el destino lineal de la capital panameña que hoy padecemos.

Pero un sitio antiguo y romántico fue quedándose ahí, en San Felipe. Sus balcones (bellamente retratados por la fotógrafa panameña Sandra Eleta), junto a los estrechos portales y clandestinos patios interiores narran el mundo señorial de sus habitantes de la época colonial española y francesa. Eran épocas turbulentas de un Panamá que pocos conocen, porque nunca ha poseído una historia lineal. Somos un país irreverente, que confía poco de la historia oficial. Los textos escolares suelen ocultar las heridas nacionales, el hambre de los pobres y el exilio urbano de los desposeídos que en la periferia de la ciudad cuentan otras historias. Es costumbre borrar de la memoria nacional las innumerables invasiones norteamericanas contra el Istmo y encerrar —con olímpica mojigatería— en templos y conventos las divinidades (no siempre cristianas) de su pueblo. En cambio se exalta, desde el Palacio de las Garzas, sede oficial de la Presidencia, una política cultural que aplasta, petrifica y exilia la verdad de sus verdaderos héroes.

Proteger el Casco Antiguo es salvar la memoria nacional. Allí está presente el lenguaje común que exhibe su arte popular, las iglesias coloniales, las mansiones pseudoparisinas y una arquitectura de época que supo armonizar las vanidades citadinas europeas con la lluvia macondiana en Panamá y la eterna humedad de sus cielos.

Pero el barrio posee nuevos referentes culturales. Rubén Blades es uno de ellos. El cantautor de Pablo Pueblo, Pedro Navajas reinventó el renacimiento del Casco Antiguo con su levedad existencial en San Felipe, precisaría —quizá— Milán Kundera. Este fenómeno realmente empezó luego que la vieja burguesía panameña le diera la espalda al barrio, cuando el Club Unión se muda a Punta Paitilla. Se llevan el club, pero quedan las iglesias, el Teatro Nacional, el paseo de Las Bóvedas, la Plaza de Francia, la Plaza Herrera, la Plaza Bolívar y la Plaza Mayor. Sedes de tertulias en una babel de lenguas y huéspedes imaginarios de espacios con historia que no ocultan su devoción por el sincretismo cultural occidental de un barrio, donde los incendios la fueron transformando hasta convertirla en esa singular amalgama de edificios coloniales, neoclásicos, afroantillanos y los ‘brotes’ art-deco que hoy la visten y que ningún gobierno ha podido ‘mudar’.

Actualmente la ciudad está quebrada por dentro. Atormentada. Al estilo de Frida Khalo. Sufriendo dolores terribles por un terrible accidente urbano. Se fracturó esta genial artista la columna vertebral, el cuello, las costillas, la pelvis. (Una sola pierna sufrió once fracturas.) Una terrorífica vida de dolor. Así estamos. La ciudad entera, como el cuerpo de Khalo, se haya aprisionado por sus dolores. El Casco Antiguo se le ve también quebrado. Una metamorfosis de concreto y ladrillos. Una ciudad torturada por proyectos urbanísticos de dudoso gusto, apoyados por funcionarios depredadores del carácter nacional.

Este canibalismo urbanístico es defendido por monosílabos desarticulados de ministros de carreteras, inocuos funcionarios del INAC y payasadas municipales. La modernidad de una ciudad se hace más cínica, vergonzosa y manipulada. No dudan en privatizar la ‘vista al mar’, como ya ocurrió en la avenida Balboa. Pero al Casco Antiguo lo defienden residentes y visitantes. Quienes, como anarquistas modernos, se movilizan contra los burócratas actuales con las piedras de la memoria que, como dijera Galeano, no prometen nada, pero salvan del olvido.

*PERIODISTA