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02 de Jun de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Las fábulas que soñó Gauguin

Una exposición de arte se acredita por la excelencia de las obras reunidas, una cuestión que, en el caso de la muestra que actualmente s...

Una exposición de arte se acredita por la excelencia de las obras reunidas, una cuestión que, en el caso de la muestra que actualmente se exhibe en nuestro país, queda sólo sugerida. De todas formas, la exposición ‘Paul Gauguin, El sueño de Panamá’, se convierte en una oportunidad histórica para los visitantes del Mueso del Canal Interoceánico, por tratarse de la primera vez que algunas obras de este trascendental pintor francés (1848-1903), una figura crucial del posimpresionismo, pueden ser apreciadas en la tierra que lo acogió por 35 días en el siglo XIX.

La muestra evoca especialmente el país que recibió a Gauguin cuando arribó a la ciudad de Colón en 1887, que contrastaba brutalmente con las fábulas inventadas por el pintor durante su viaje hacia lo exótico en busca de ‘lo salvaje’. El sueño terminó en pesadilla. La realidad panameña se impuso al mundo figurativo de Gauguin. Es imposible gozar de la obra del gran pintor francés sin tener en cuenta o imaginarse al artista inconforme, irreverente y desafiante que deseaba ser, en las entrañas mismas de una nación (trabajó como peón en la construcción del Canal), mientras miles de trabajadores, principalmente jamaiquinos, le abrían el vientre a una tierra que nunca llegó a comprender.

A través de los documentos que se exhiben en el Museo, apreciamos el final de un episodio de vida del artista que derrumba la evocación inexperta de europeos como Gauguin, quien soñaba en pueblos primitivos, atmósferas encantadas, imaginando paraísos perdidos, mujeres dóciles y sexo salvaje, para transformar luego estas geografías idealizadas e irreales en pinceladas de color que conquistan a la burguesía europea maravillada por mundos lejanos.

La huella panameña en la vida artística de Gauguin es inexistente. No así las secuelas que dejó Panamá en la maltrecha salud del pintor. Pronto aquel sueño del paraíso tropical se convierte en un drama por las enfermedades y las fiebres que sufrió. En aquel entonces reinaba en Panamá el paludismo, la disentería, la fiebre amarilla y la malaria. Los mosquitos le hicieron la vida imposible a Gauguin mientras trabajó como simple peón en las obras del Canal de la Compañía Universal. Pasó un tiempo convaleciente en la Isla de Taboga, en el Pacífico panameño, donde la Compañía Universal tenía un centro médico para el personal francés que trabajaba en la construcción del Canal. El mundo fabulatorio de Gauguin empieza a transformarse en delirio.

Desde la óptica estricta de su extraordinaria y fecunda producción artística, especialmente aquella que pintó en la Polinesia, Tahiti o Atuona, la muestra que admiramos en el Museo del Canal Interoceánico resulta de poco impacto visual para el visitante ávido de aquel Gauguin. Sin embargo, es esencialmente significativa, pues están bellamente expuestas y bien ilustradas las 8 pinturas al óleo, los 8 grabados, un dibujo y una cerámica que forman parte del patrimonio artístico de este precursor del modernismo. Sugiero tomarse un tiempo -con genuino interés- en los documentos y cartas de la exposición. Conoceremos a un pintor peregrino que se debate en Panamá entre dos mundos: el que sueña y la realidad que desprecia. La carta que el pintor le escribió a su esposa Mette relata los padecimientos y tormentos físicos sufridos en Panamá. Son evidencias de los laberintos míticos que animaban la vida del artista que inventaba fábulas sobre la naturaleza salvaje del trópico. Por lo demás, una costumbre muy arraigada en el imaginario europeo tan de moda en los salones parisinos de aquella época.

La exposición es una oportunidad única, quizá irrepetible, para quienes intentan comprender las ilusiones que el trópico representaba para los europeos, en particular los franceses, quienes estaban aún bajo el hechizo del ‘síndrome de Suez’, y se empeñaban en el Panamá de entonces, siguiendo los sueños aventureros de Ferdinand de Lesseps, de llevar a cabo otros desafíos, esta vez, imperiales. Gauguin coincidió con esos frenéticos tiempos de una Francia que anhelaba repetir la odisea de Suez en el istmo centroamericano, y que terminó en ‘El escándalo de Panamá’.

Los mosquitos, la lluvia eterna, el trajinar de los ingenieros franceses y los funcionarios colombianos fueron las torturas que no soñó ni imaginó Gauguin en Panamá. La exposición de Gauguin en el Museo del Canal Interoceánico resulta en una paradoja, pues pese a su brevísima estancia aquí y gracias a su turbulenta y errática vida, tocó una pincelada de nuestra memoria histórica y nos colocó en la trascendencia universal de este gran artista.

PERIODISTA