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19 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Demagogia, mediocridad y autocracia

E s un fenómeno de singular interés para el observador equidistante el de la inquietud intelectual de los nacionales panameños (y de otr...

E s un fenómeno de singular interés para el observador equidistante el de la inquietud intelectual de los nacionales panameños (y de otros pueblos latinoamericanos), como simples espectadores del drama politiquero nacional, que no político propiamente dicho. De un lado forman los intelectuales puros, profetas menores y apóstoles oficiosos de la egolátrica excelsitud de la torre de marfil, que se refugian en la elegante serenidad de su indiferencia señorial para no contaminarse con la atmósfera popular que los circunda y asfixia.

De otro bando, el estrabismo mental de los extremos siempre viciosos los teorizantes impenitentes de la cuestión social que entienden que la única misión digna del héroe, dirigente, líder o conductor moderno, se expresa con el puño o la mano abierta en alto como signos imperativos de solidaridad gregaria incondicional y sumisa.

En Panamá (como en el resto de América), pueblo y héroe se dan sin recíproca eliminación. Casi diríamos que son conceptos correlativos. Pero el requisito para esa coexistencia y correlación es que el héroe sea intérprete fiel del sentir, del pensar, del querer de la masa y le ofrezca un paradigma moral. Decimos fiel, con lo que también queremos decir veraz y honrado. Por lo tanto, no podrá entenderse que nos estamos refiriendo al demagogo, que por esencia y definición es el hombre mentiroso y falto de honradez.

Cuando el político (dirigente, guía, paladín), no ha sabido interpretar a la masa o la ha aprovechado para sus fines particulares y la satisfacción de su apetencia de poder, entonces se ha caído en la dictadura, en la tiranía, en los regímenes personalistas, como ha ocurrido en nuestro Panamá desde mediados del año 2009.

También se ha caído en ellos cuando el pueblo no ha sabido distinguir entre el falso y el auténtico paladín y ha rechazado a este último y los puros valores en él encarnados, para dejarse engañar por la adulación, la mentira y la bajeza del primero. En este caso la masa no solo se esclaviza sino que, más allá de lo que degrada toda autocracia por sola privación de la libertad, se envilece por el servilismo hacia del déspota.

La autocracia es en Panamá (como en algunos otros países latinoamericanos y del Caribe), un fruto espurio tanto como letal, un crimen contra el espíritu de la americanidad. Los pueblos más progresistas del continente son aquellos que mejor supieron elegir sus hombres públicos y rehuyeron la aventura con el desconocido, con ese ‘hombre oscuro’, que decía Domingo Faustino Sarmiento, que tan graves estragos ha causado a nuestra civilización política.

Lo tremendamente trágico es que la ‘locura ce sárea’, la megalomanía, el mesianismo o el resentimiento de los autócratas y amos de pueblos, puede llegar, contra la voluntad de éstos, a desencadenar una tercera conflagración que marcaría el fin de la civilización, posiblemente de la vida humana y la desintegración del planeta.

Por desgracia, muchas son las partes del mundo en la que la voz de los pueblos no puede oírse en estos momentos y únicamente se escucha la de sus gobernantes y pretendidos salvadores, hombres poseídos por una idea mesiánica y rebosantes de suficiencia y vanidad, cuando no dominados por un torvo resentimiento, que hace de ellos verdaderos vesánicos, tanto más peligrosos cuanto mayor es el poder que los recientes adelantos tecnológicos han puesto en sus manos.

Y éstos sí que se oponen con su locura, su ambición desatentada y su soberbia de signo satánico a que la humanidad pueda llegar al disfrute de los bienes entrevistos; éstos sí que comprometen, y del modo más grave, la consecución de ese luminoso destino.

Finalmente, la agitación de la vida cotidiana, la predicación de los falsos líderes (mediocres), que halagan a las masas sembrando la semilla de la prepotencia y una proclive inclinación del individuo a despreocuparse de las exigencias impuestas por el orden y la conducta en el mecanismo de la convivencia social, han ido desplazando los buenos modales, las actitudes corteses, las expresiones galanas, las demostraciones gentiles, la amabilidad, la finura en el trato y las formas diversas de la cultura de la deferencia.

PEDAGOGO, ESCRITOR Y DIPLOMÁTICO.