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17 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Un chiquero que fumigar

El escándalo que ha destapado el periódico La Prensa sobre dinero que el Ejecutivo distribuye a una mayoría de diputados, pone en eviden...

El escándalo que ha destapado el periódico La Prensa sobre dinero que el Ejecutivo distribuye a una mayoría de diputados, pone en evidencia lo que hace tiempo ha sido práctica corrupta en la Asamblea Nacional. Ha quedado al desnudo el uso de recursos del Estado para garantizar lealtades, para impulsar el transfuguismo y la traición a los colectivos políticos y para que colaboren abierta y subrepticiamente impulsando leyes impopulares a cambio de esas prebendas. Ha sido imposible tapar la corrupción del sector público y privado y la descomposición moral por la que atraviesa la sociedad panameña.

Ya lo denunció el diputado José Luis Fábrega en el programa dominical Debate Abierto: el dinero que asignan a diputados se lo embolsan descaradamente. El mecanismo ya se había dado a conocer en un ‘audito’ mandado a hacer por Ricardo Martinelli a principio de su gestión a los legisladores del periodo anterior, para extorsionarlos y doblegarlos a favor de sus corruptos intereses. Ese proceso destapó el proceso mediante el cual el gobierno asigna los montos y éstos son procesados a través de la Dirección de Presupuesto del Ministerio de Economía y Finanzas (MEF). El dinero llega a manos de comerciantes bribones o representantes de corregimientos, éstos cobran su comisión, entregan parte en mercancías y un alto porcentaje del dinero es devuelto directamente al diputado, sin la fiscalización que exige la ley a la Contraloría General de la República (CGR).

Se trata de un proceso obsceno que pone en acción una serie de mecanismos públicos conscientemente incontrolados, calculados para que estén fuera de la fiscalización oficial y que la ley tipifica, entre otros, como delitos de peculado, corrupción de servidores públicos. La denuncia periodística implica a instituciones como la Asamblea Nacional, la Presidencia de la República, la Dirección de Planificación del MEF, a la CGR y a servidores públicos, diputados, representantes y juntas comunales, así como a empresas y empresarios inescrupulosos ligados al actual régimen mafioso.

Con ello quedan claras las razones de los comportamientos desleales de diputados que cambiaron de toldas llevados de la mano por la avaricia y la corrupción. Aquellos que acusaban a la dirección de sus partidos de arbitrarios, impositivos, de antidemocráticos y otras estupideces más, han quedado al descubierto por esas oportunas publicaciones, al igual que han quedado al descubierto otros diputados, supuestamente opositores, que recibieron hasta millón y medio de balboas, como si fueran diputados oficialistas.

La codicia y la corrupción son antivalores que han destruido imperios, civilizaciones y hasta religiones en la historia de la Humanidad. Introducen el libertinaje, propenden a la violencia y afectan el alma de las naciones. Esos mismos antivalores aparecieron descarnadamente en la actual crisis económica en Estados Unidos y Europa donde las excesivas ‘gratificaciones’ fueron realmente robos y atracos descarados a los ciudadanos de esa parte del planeta. No escaparon de estos actos corruptos los bancos centrales, las calificadoras de riesgo, los organismos financieros internacionales, los bancos comerciales y de inversión, las empresas aseguradoras y los directivos de esas instituciones.

De estas lacras no se ha salvado, lamentablemente, ni el mismo centro de la cristiandad, envuelto en escándalos de blanqueos de capitales, corrupción y hasta asesinatos. Todas esas instituciones del mundo occidental luchan contra esos flagelos tratando de frenar la avaricia que recorre el mundo, con reformas y medidas que minimicen esas miserias humanas.

En Panamá parece que nuestros líderes, salvo algunas excepciones, no se percatan —o no les conviene percatarse— de la necesidad que tiene nuestra Patria de impulsar cambios que saquen a nuestras instituciones políticas de esos marasmos, signos de nuestros tiempos. En el caso particular de los diputados poco puede hacerse. Esos corruptos no cambiarán. Pero puede legislarse sobre la institución a través de una Asamblea Constituyente paralela que permita llegar al Hemiciclo Legislativo a hombres y mujeres preparados, honrados, decentes y con experiencia política —como planteó Eusebio A. Morales en 1922— con sentido de deber cívico y no con alma de mercachifles. Diputados que realmente respondan a sus partidos, a los intereses políticos y sociales de sus asociados y no a una democracia patronal que solo piensa en el sonido de sus cajas registradoras.

Esos cambios pudieran ser parte de un proyecto electoral que acabe con el cinismo y con las burlas que insultan la pobreza y a todo nuestro pueblo.

EXSECRETARIO GENERAL DEL PRD.