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25 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Pueblo mártir

El pueblo panameño es mártir y opino que el martirio va en aumento haciéndose evidente en la crisis del transporte.

El pueblo panameño es mártir y opino que el martirio va en aumento haciéndose evidente en la crisis del transporte.

Las compañías encargadas del transporte nos han obligado —con anuencia de las autoridades— a donarles obligatoriamente $2 para una tarjeta sin valor para pagar luego extra para ‘recargarla’. Ganancia absoluta y total para ellas ¿y el pueblo? martirizado. Los medios informan que la ‘recarga’ frecuentemente no funciona.

El deficiente servicio de taxi es harto conocido: los taxis no van a ninguna parte, aunque sea a pocos metros de distancia por razones inexplicables, y cuando se conduelen de algún pasajero a punto de insolación o suicidio, éste tiene que resignarse a compartir el servicio con tres personas más y pagar igual que si fuera para una sola persona.

Nuestros gobernantes inventan cada día nuevos impuestitos, como para que no nos demos cuenta. Por ejemplo, mi cuenta de teléfono muestra carguitos misteriosos que no sé qué son. Mi celular mensualmente pierde 3 centavitos por ‘portabilidad numérica’ y no entiendo por qué las compañías no los pagan: para ellas todo es ganancia gracias a los mártires.

El impuesto de soterramiento de cables eléctricos para las áreas bancarias lo asume hasta el panameño más alejado, que no tiene siquiera idea de lo que es ‘soterramiento’.

El antiguo ‘papel sellado’ ahora es otra cosa y tres veces más caro. Converse con el notario o abogado que tramite una escritura para que se entere.

Este pueblo mártir también ha cedido mansamente a extranjeros sus playas, ríos, manglares y montañas: aquí no hay patriotismo ni patrimonio que valga sino Don Dinero (money). Los exmanglares de Juan Díaz se tornaron en campo de golf para los ricos practicantes de ese deporte que para el pueblo mártir no es. Las exselvas (frente al ‘Centennial’) se inmolaron para otro centro comercial. Las playas, hasta hace poco patrimonio sagrado, hoy tienen otros dueños foráneos; al panameño común le está vedado hasta humedecer sus martirizados pies en el agua salada. Los ríos ni se diga: si tienen una corrientita, hay que convertirlos en ‘hidroeléctricas’, cuya energía barata no será para nosotros, mientras que de paso perjudicamos aún más a nuestros indígenas que nada tienen. O menos que nada.

Nuestras montañas, otrora verdes, ahora pertenecen a compañías extranjeras multimillonarias que inmisericordemente destruyen su verdor para extraer minerales preciosos y no tan preciosos, y así cosechar pingües beneficios a costilla de nuestra mansa (mensa) aceptación. A nosotros los mártires solo nos queda resignación.

Este pueblo mártir también perdió tranquilidad y paz: el violento ‘progreso’, el hampa, el crimen organizado y desorganizado lo acosa, aunque la fuerza pública actual es mayor que durante las dictaduras, como para dormir sin puertas ni ventanas y las llaves del auto pegadas al encendido. ¿Dónde se esconde esta fuerza pública? Cuando manejo mi asmático cachivache quinceañero para transportarme a las cercanías —evitando ‘tranques’—, los agentes del orden público brillan por su ausencia mientras los motoristas hacen impunemente toda clase de desastres —bloqueando vías, irrespetando señales de todo tipo— y si acaso hay algún uniformado visible, está concentrado con el ‘chateo’ de su aparatito ‘blackberry’.

Hace poco nos asfixiaron en humo mugroso de quemas del Cerro Patacón, pero, para disimular su evidente ineptitud, nos aseguraron que este humo era prácticamente inofensivo. Después vino el de las llantas quemadas, supongo que igualmente saludable...

¿Nos merecemos semejante tratamiento? aunque seamos un pueblo alegre, amante de fiestas y jolgorios, esto no constituye crimen alguno para este castigo.

Ay, pueblo mártir que todo lo aceptas mansamente como mujer maltratada. ¿Cuándo acabará tanto sufrimiento?

PROFESORA JUBILADA.