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26 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Un viernes para no olvidar

A principios del mes de julio de 1987, los dirigentes de la Cruzada Civilista Nacional anunciaron una gran marcha para repudiar los acto...

A principios del mes de julio de 1987, los dirigentes de la Cruzada Civilista Nacional anunciaron una gran marcha para repudiar los actos criminales del Partido Revolucionario Democrático y Manuel Antonio Noriega. Este movimiento surgió días después de aquellas impactantes relevaciones que hiciera el coronel Roberto Díaz Herrera el 6 de junio de ese mismo año.

El militar retirado habló de los crímenes cometidos por la dictadura; el robo de las elecciones de 1984; la repartidera de millones de dólares entre el círculo pequeño del Estado Mayor de las mal llamadas Fuerzas de Defensa, producto de las visas a los cubanos y los 12 millones que dio el Sha de Irán para que le dieran asilo en nuestro territorio.

La población estaba indignada; la intención de ir a la marcha crecía y crecía. El país lo gobernaba un presidente que salió de ese fraude de mayo de 1984. Me refiero a Eric Arturo Delvalle, quien fue el que reemplazó a Nicolás Ardito Barletta, luego de que éste fuera obligado a dimitir por anunciar la conformación de una comisión independiente que se encargaría de investigar la decapitación del doctor Hugo Spadafora, hecho ocurrido el 13 de septiembre de 1985.

Los medios de comunicación al servicio del espía, torturador, capo, robador de elecciones y artífice del hurto al erario público, Noriega, anunciaban el traslado de los presos de la Modelo hacia Coiba. La estrategia consistía en hacerle ver a los civilistas que vaciaban las cárceles para ‘hospedar’ a quien osara desafiar las órdenes presidenciales.

Y es que los grupos adictos a Noriega planearon una marcha para el 9 de julio, es decir, un día antes del ‘Viernes Negro’. El presidente Delvalle intervino para cancelarla y de paso también prohibía la del 10. Pese a esa estratagema, miles de civilistas se tomaron las calles para llegar al punto central, los predios de la Iglesia del Carmen, ubicada en vía España.

Los actos de represión fueron encabezados por el coronel Eduardo Herrera, quien fue traído desde Israel para que se encargara de sofocar el levantamiento. En pleno apogeo, Eduardo Herrera confesó que le dieron esa misión para quemarlo, recuerden que Torrijos, en vida, indicó que él podría ser su sucesor. Y comenzó la masacre.

Los militares se ensañaron contra mujeres, ancianos, jóvenes, niños. Todo lo que se moviera era atacado por ellos. Incluso, me tocó ver cómo reventaban los parabrisas de los autos estacionados frente a edificios y locales comerciales. A ellos no les importó quiénes eran los dueños; es más, se dijo en aquella ocasión que algunos vehículos de los propios torturadores fueron destruidos por los uniformados.

Me contaron que en los momentos en que apaleaban a un joven este gritó: ‘soy el hijo del coronel…, (fulano de tal), y esto para nada lo ayudó. Ellos estaban actuando como bestias, no como hombres que le deben respeto y honor al cargo. El resultado de esa marcha fue positivo a juzgar por la cobertura de los medios internacionales. A las cárceles fueron a parar más de 600 civilistas. A muchos de ellos les aplicaron el arte de la guerra sicológica y otros recibieron una golpiza que jamás olvidarán.

Es lamentable que el presidente, producto del fraude, Eric Arturo Delvalle, haya salido en cadena de radio y televisión felicitando y alabando la manera profesional de los miembros de las mal llamadas Fuerzas de Defensa. Este 10 de julio debemos recordarlo para que cada ciudadano sepa que aquí se levantó un pueblo con pañuelos blancos, con cacerolas, pailas, pitos y con mucha dignidad, para repudiar a los militares y los serviles del Partido Revolucionario Democrático, quienes llevaron a la nación por caminos sumamente peligrosos.

*DIPUTADO DEL 8-7.