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15 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Balacera

‘Anoche ¿escuchaste?, hubo una balacera en la barriada. Yo ni salí, no fuera que me dieran un ‘plomazo’ por andar de curioso’. Es una co...

‘Anoche ¿escuchaste?, hubo una balacera en la barriada. Yo ni salí, no fuera que me dieran un ‘plomazo’ por andar de curioso’. Es una conversación común en esta época en un autobús mañanero y su referente expone la condición obligada en que vive mucha gente en su cotidianidad.

La violencia parece incrementarse a niveles insostenibles en la sociedad panameña. En el primer semestre del año hubo 331 homicidios; siete más que en similar periodo de 2012, según la Policía Nacional. Y aunque han disminuido los casos en otros rubros como hurtos, robos y heridos por armas blancas y de fuego, la inseguridad parece tomar por la solapa a algunos y hacerles víctimas, incluso sin estar en situaciones de riesgo.

Un delito como el secuestro, que por mucho tiempo no tenía fuerza en el país, ahora ocupa un lugar cimero en esta lista del crimen. En el primer semestre de 2013, hubo 15 casos reportados, que pusieron en estado de alerta a los núcleos familiares de los involucrados.

Las escenas que eran comunes en las series de televisión donde policías y bandidos se batían a tiro limpio en calles de urbes como Nueva York, Chicago y otras; acá son ahora, el espectáculo cotidiano de cualquier urbanización, lugar público o vehículo de transporte colectivo.

Esta situación es paradójica, pues los estudiosos y analistas plantean que estos hechos suelen invadir a una sociedad cuando decrecen los indicadores socioeconómicos y se agudiza la pobreza. Pero en el caso panameño, esta tesis funciona al revés, pues la pujanza de la economía y la disminución de las cifras de desempleo, pudieran ser argumentos para reconocer que el desarrollo humano anda sobre patines.

Pero, saber que recientemente se ha calculado más de 200 bandas que operan en los barrios del país y que incluso, existe este tipo de colectividades criminales en provincias, echa por los suelos estas conclusiones de los expertos en materia de seguridad.

Cuando se mira la cantidad de armas, celulares y equipamiento sofisticado que se incauta en las cárceles, se percibe entonces que la corrupción y la conducta delictiva son compañeras de faena. ¿Cómo puede comprenderse que con cierta regularidad haya tiroteos en las celdas de los reclusorios y heridos de bala?

El término ‘corrupción’ es definido como el vicio o abuso introducido en las cosas no materiales. Una sociedad, sus instituciones, funcionarios y políticas pueden corromperse en la medida que una causa suficientemente poderosa, pueda horadar sus estructuras y generar fatiga como en el metal y hacer que ella se doble, quiebre o desmorone su fortaleza.

Durante los años cincuentas del siglo pasado, en Colombia empezó a crecer el caos político paralelamente al incremento de desenfrenos como el trasiego de drogas. Pero como esto no afectaba directamente a los sectores más representativos del Estado, hubo una apatía hacia este tipo de acciones punibles, que minaron paulatinamente la realidad de esa nación hasta los niveles que conocemos ahora.

Es un empeoramiento de la situación en que se vive. Se ha dirigido la atención hacia condiciones materiales, pero se descuidan los factores morales y éstos tienen todo tipo de influencias que se perciben en la atmósfera e impregnan las conductas de manera masiva para crear niveles de intolerancia, de irrespeto y que terminan por contaminar a importantes sectores; entre ellos a la juventud.

No puede enfrentarse esta organizada maledicencia con solitarios disparos. Ni operativos y aisladas medidas cosméticas, constituyen la solución. Es un trabajo integral mucho más profundo, que implica estrategias de mayor eficiencia para hacer coherente el desarrollo y dar modelos diferentes a la necrológica ruta de las balaceras.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.